Estudio sobre la maldad. Malas personas I : "eres una mala persona"







  Cuando descuelgo el teléfono de casa, algunas veces, al otro lado del aparato una voz me increpa: “¡¿Qué tal mala persona?!”. Se trata de mi mejor amigo, una amistad a prueba de bombas, con más de treinta años de vida (los dos somos cuarentones, así que echen cuentas). Lo de llamarnos malas personas creo que lo comencé yo, fue una noche que le llamé tras pasar mucho tiempo sin saber nada de él y de su familia, no habíamos podido tener nuestros habituales encuentros, citas sociales y de ocio, en al menos seis meses. Consideré que era muy mala persona, pues a un amigo íntimo no se le hace eso. En el fondo, él que me conoce, sabía perfectamente que estaba bromeando, ironizando. El concepto de maldad es, como casi todos, relativo. Quizás pensemos en Occidente, por nuestra cultura judeocristiana, que lo tenemos más claro, que existe una nítida separación y definición de conceptos entre bien y mal, entre lo que es bueno y lo que es malo. El cristianismo exculpa la maldad tras arrepentirse de sus pecados, porque unos mandamientos con pretensión de universales nos dictan la conducta y si reconocemos que los hemos infringido y prometemos rectificar volvemos al camino del bien.

  Mi amigo y yo volvimos al camino del bien y procuramos llamarnos regularmente, si no podemos vernos, para expiar nuestra culpa de malas personas. Eso sí, nos seguimos saludando reconociéndonos: ¿Qué pasa contigo, mala persona?

  Con esta introducción pretendo hacer en estos días, en el mejor blog sobre “la paz mundial” (que sólo desea la miss), un estudio sobre la MALDAD. ¿Cómo el ser humano pudo llegar a barbaries como los campos de concentración nazis? ¿Cómo alguien es capaz de idear estrellar unos aviones comerciales sobre unos rascacielos?

  Será un estudio sobre usted, sobre mí. Porque somos malas personas.

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