Tipos malos. Malas personas II


Es un campo de estudio muy amplio el que nos hemos acotado, tan inmenso como que la maldad (estarán conmigo en ello) impera y campea por el Mundo como “Pedro por su casa”. Aprovechemos que mencionamos al apóstol preferido de Cristo para abrir nuestro ensayo. San Pedro fue también malvado, tentado por la maldad. En la gran historia del Nuevo Testamento (además de libro sagrado, todos también apreciaremos su valor literario) Pedro fue durante unos momentos un tipo malo. La religión, todas, se han planteado el origen de la maldad. Sin quererlo, también, todas se han decidido por dotar a la maldad de un “componente psicológico” individual, propio del sujeto, más que una cualidad otorgada por Dios o de una deformación del individuo por influencias de su entorno (explicación socioeducativa).

Sin saberlo, la religión daba a la maldad un carácter individualista, una opción no determinista que el hombre (o la mujer) tomaba y desde la que actuaba causando el mal. En el Antiguo Testamento el tipo más malo es ella. La mujer que (opta por hacerlo) muerde la manzana y desencadena el pecado original en el mundo, u otra forma de decir que Pandora abre la caja de los “malos vientos”, de los males. ¿Pero sufrir desgracias y males hace al hombre malvado? Pues habría que decir que sí; aunque suene horrible el tipo malo siempre justifica sus acciones por ser víctima de una desgracia o de una injusticia. Hitler justificó su plan de exterminio, “la solución final”, de toda una nación-etnia (los judíos) porque la consideraba culpable de la injusticia histórica en la que vivía Alemania, desde su sometimiento al resto de Europa tras acabar la I Guerra Mundial. ¿Espantoso, verdad? Pues así podríamos seguir con todos los tipos malos. ¿Bin Laden? Ya sabemos su justificación para destruir las torres gemelas, el mundo occidental estaba, injustamente, subyugando al otrora glorioso Islam, verdadera fe (según sus convicciones) que debía ser el auténtico y único imperio moral regidor del Mundo. 

Cuando historiadores, sociólogos, teólogos, psicólogos, antropólogos, filósofos y moralistas se han puesto a intentar entender por qué alguien actúa mal, comete maldades, han descubierto esas justificaciones. Incluso, cuando la cuestión dejó las hipótesis de orden espiritual y moralista (Teología), en las explicaciones científicas se ha introducido el componente de la enfermedad para justificar esas acciones. Los asesinos en serie son enfermos, por ejemplo. Los tipos más malos que la Humanidad ha dado pudieron tener un factor patológico en sus acciones perversas. Entonces, ¿perdonamos o justificamos por qué eran enfermos? A un enfermo se le debe curar, además, se le disculpan según qué cosas en su comportamiento, "pobrecillo, es que está enfermo". Al hilo de este razonamiento surgen otras cuestiones asociadas al mal: el perdón y el olvido.

San Pedro negó hasta tres veces a Jesús; fue por miedo, según la justificación del fundador de la Santa Iglesia. Miedo a que el Poder establecido, los que determinaban qué estaba bien y que estaba mal, le relacionara con ese “rebelde” que tenía un nuevo pensamiento sobre lo que es el bien y dictaba cómo los hombres debían comportarse. Justificado o no, ese temor, esa debilidad a reconocerse como discípulo de Cristo, le llevó a cometer un mal acto. ¿Un error? Todos cometemos errores, ergo todos hacemos malos actos. ¿Eso nos convierte en malos? La respuesta vuelve a ser que sí. La ignorancia, el temor, la envidia, la soberbia… pecados o males que Pandora esparció por el mundo cuando abrió el ánfora (caja) que le regalaron los dioses.

Qué consuelo nos queda. El perdón, que nunca el olvido, desde el punto de vista ético, moral más bien. Desde una moral más alejada del alma tendríamos a la ética cívica, la moral social que intentamos convertir en árbitro de las acciones humanas en orden a su bondad o a su malicia. San Pedro fue perdonado porque de esa malicia obtuvo una respuesta: el arrepentimiento. Actitud, opción que le sirvió de camino para rectificar, para reparar su mal y ponerse, de nuevo, de lado de Dios (del Bien).

Sin embargo, Pedro obtuvo el perdón divino, algo fácil para Dios, por lo visto, acostumbrado a perdonar; el hombre y la mujer, en cambio no están habituados a perdonar, les cuesta demasiado, incluso muchas veces se dice que es imposible perdonar un mal recibido. La gravedad de esta premisa se pone aún más en evidencia cuando la llevamos al terreno de lo social. Como también todos estaremos de acuerdo, el hombre es un ser social, por encima, incluso de su condición espiritual. Lo que nos ha convertido en lo que somos es por nuestra constante interrelación con el otro, la otra. Por eso los eremitas buscaban en la soledad la “pureza espiritual”. En fin, volviendo al argumento que exponemos: a la sociedad, al conjunto de hombres y mujeres, le cuesta perdonar, es más, a veces le es imposible perdonar, de la misma forma que individualmente nos cuesta, aunque nuestra creencia religiosa (si la tiene) nos diga que hay que perdonar, el hombre no lo hace con esa “facilidad divina”; por lo que debe inventarse, idearse, ciertas fórmulas para enfrentarse a la maldad, a las acciones de malicia.

En el caso de los criminales, de los que cometen delitos contra las personas o la ley, los malos del día a día, el ser humano hace lo mismo que hacía desde tiempos inmemoriales. O les ejecuta o les encierra. Al menos, en estos tiempos, y en parte del mundo “más desarrollado”, cuando se les encierra se hace con el bondadoso (siempre a la maldad se le adversa la bondad) propósito de que rectifiquen, se arrepientan y se reinserten en la sociedad. Si ellos-los malos- “negaron tres veces” a la sociedad, ésta (el Hombre y la Mujer, Adán y Eva) les perdonará tras pasar una temporada fuera del paraíso celestial, purgando sus pecados y así volver a alcanzarlo. Es lo más parecido al perdón divino que el hombre es capaz de hacer. Sin embargo, su efectividad, la reinserción social, daría para otro debate –blog-. 

Más complicada se pone la cosa cuando se trata de entender y perdonar acontecimientos históricos realizados por el ser humano. En la actualidad, procesos de conciencia histórica, de memoria histórica, en el seno de las sociedades, países, naciones…es lo más parecido a un intento de “reinserción” del ser humano.

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