¿Mourinho o Guardiola? ¿Ángel o Diablo? Malas personas IV



Seguimos nuestro “estudio sobre la maldad” empleando la metáfora tan manida del Fútbol. No lo hacemos con menosprecio, todo lo contrario, creemos que el fútbol es, sin duda, el evento deportivo y cultural de masas más importante de los dos últimos siglos. Y como este blog es de estudios históricos, algo que tiene solera centenaria, que proporciona perspectiva histórica no puede ser malo y nos es útil para nuestro principal propósito: analizar las raíces, conceptos y formas del mal en el seno de la sociedad actual.

   En los últimos tiempos en España, el país desde donde escribo, resido y nací, el fútbol ha tenido gran protagonismo: campeones del Mundo en 2010, de Europa en 2008; el F.C. Barcelona acumulando títulos y contando con los mejores jugadores del planeta y con el genio Messi, con la rivalidad eterna con el Real Madrid, declarado el mejor equipo del Mundo del siglo XX. Todo eso ha venido en el último año aderezado con una salsa picante, un enfrentamiento ideológico, filosófico y moral sobre la concepción del Fútbol, protagonizado por cada entrenador de estos dos grandes clubes de fútbol. Pero el debate de formas de juego y de visión de fútbol ha transcendido y ahora asociamos a cada entrenador con un personaje: Guardiola representa al ángel, al tipo que actúa con corrección y juego limpio; Mourinho adquiere el papel de “tipo malo”, de prepotente, chulo y con maneras alejadas del “buen hacer”, de la limpieza de actos.

 
  Lo normal es que los que dicen amar el fútbol como deporte sólo ven al ángel, al chico bueno lleno de sentido común y bondad, que sabe motivar a sus jugadores para que saquen su talento y muestren un juego tan bello como imbatible. En cambio, no aprecian las aptitudes ganadoras, casi infalibles, del método Mourinho. Unas formas duras, unas maneras de estratega maquiavélico al que los medios poco le importan si se logran los únicos objetivos posibles: la victoria propia y la derrota del otro.

   Matizaciones, para explicar la hipótesis. Parece que el juego magistral, de fútbol en estado de gracia, con los sistemas de toque y ataque del Barcelona, genera el triunfo, lógicamente, del equipo catalán, pero no la derrota de sus oponentes. Es como si la imposibilidad de ganarles hace de la derrota un hecho menor, olvidándose que toda victoria plena, todo triunfo real, significa la anulación del contrario. Por eso, para los hinchas del Real Madrid y para todo estratega a lo largo de la Historia, evitar la derrota previsible a manos del triunfador, truncar la victoria a toda costa del “poderoso”, con los medios que hagan falta, será el objetivo y por eso han tenido que elegir al demonio, a Mourinho, un hombre sin escrúpulos, que hará todo lo necesario para no ser derrotado, hasta aquello que estuviese en el borde de lo legítimo.

   Las figuras del ángel y del demonio, del bien y del mal como personajes, son culturalmente anteriores a la “creación del Hombre”. En las religiones comparten existencia con los dioses, muchas veces son dioses menores o entes que ayudan al dios principal en sus tareas de creación, organización y mantenimiento del Universo. En la cristiana, la que tenemos más cercana, el diablo es considerado un “ángel caído”; es decir, una vuelta de tuerca al concepto principal de “desviarse” del buen camino, de la ley de Dios. Este ente no humano, el ángel, es criatura de Dios también, un hijo de Dios que comparte hogar, el Cielo, con su padre y que contiene en su ser “rasgos divinos”, unos rasgos a los que los mortales quieren aspirar y por eso, en la Tierra, algunos hombres y mujeres, por sus actos “divinos” son comparados con ángeles; Messi juega como los ángeles y Guardiola es un “pan bendito”, un entrenador que ha devuelto al fútbol su “divinidad”, su pureza.

   Sin embargo, recordemos que estos entes, espíritus, que gozan de características divinas, pueden (porque Dios les deja) “bajar”, caer a la Tierra. Allí tientan, seducen, engañan, envidian, sufren, gozan, ayudan, sanan, animan… conviviendo con los humanos. Es como los seres intermedios, entre lo divino y lo humano, que ya aparecen en la mitología griega. Para los griegos todos estos espíritus o entes que convivían con los dioses y los hombres eran “dáimones”. De esa palabra derivó demonios, ángeles caídos en la tradición judía y luego cristiana.

   Mourinho habría bajado (o subido de los infiernos para muchos) de la Cúpula Celeste y dotado de cierta divinidad la habría puesto, sin escrúpulos, al servicio de todo mortal que desease una cosa: la victoria a cualquier precio, la victoria con el dulce sabor de la derrota total, de la aniquilación y humillación total del enemigo; sin importar si ese enemigo ha batallado con honor, ha jugado limpiamente o, incluso, ha merecido ganar porque ha desarrollado mejor juego. El honor, la pureza, la excelencia, todo eso son “bondades”, ideas puras platónicas. Las sombras de esas ideas pueden vencer, muchas veces en la historia del hombre lo han hecho. La maldad, dicen los ángeles, sabe ganar pero no perder. Al final sólo quedan los vencedores, da igual que fueran ángeles buenos o dáimones malignos.

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