Catarsis del minuto 116




El 11 de julio de 2010 en el minuto 116 de juego (tiempo extra) la selección de fútbol de España se proclamaba Campeona del Mundo. Fue la catarsis.

Catarsis: "Entre los antiguos griegos, purificación ritual de personas o cosas afectadas de alguna impureza". “Eliminación de recuerdos que perturban la conciencia o el equilibrio nervioso". Son dos de las acepciones que el término catarsis tiene en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Las dos definiciones se ajustan perfectamente a la descripción del instante vivido por todo un país esa noche (hora local) del 11 de julio de 2010. Curiosamente, la segunda que señalamos, la que hace referencia a la eliminación de recuerdos perturbadores ha sido eliminada (¿?) en la edición del diccionario más actualizada.

El trauma de los cuartos de final

Resulta curioso porque la victoria española en el campeonato del Mundo de fútbol llenó los medios de comunicación deportivos y de información general de titulares y reflexiones que hacían, sobre todo, referencia a la tan deseada superación de una conciencia nacional perturbada: la idea de que España era incapaz de superar los cuartos de final, no sólo en un Mundial, en cualquier evento deportivo.

Habíamos tenido a los pioneros del Baloncesto; Pau Gasol y sus compañeros, la llamada “Generación de Oro”, habían conseguido en un Mundial de Baloncesto no sólo pasar de cuartos, sino el triunfo más rotundo: la victoria total, el campeonato del Mundo. Sin embargo, no era fútbol. La purificación no estaba completa si no se ganaba en balompié (véase fútbol, que el término anglosajón arrinconó al “arcaico” castellano). Incluso, la propia selección de fútbol había sido pionera en superar el trauma de los cuartos, ganando la Eurocopa de naciones, dos años antes, en 2008.


Los héroes del Olimpo

Pero, insistimos, la impureza seguía ahí, intacta como una mancha de vino en un traje de novia. España no pasaba de cuartos en un Mundial de Fútbol. Sudáfrica, 2010, los guerreros van llegando al campo de batalla. El líder achaparrado pero bravo igual que un Hércules tocado por los dioses, Diego Armando Maradona, jefe de la nación  argentina, se burlaba de esos hispanos que se decían invencibles, dotados de la gracia de Zeus de la que él, en inmemorables tiempos, gozó como elegido.

Las atronadoras trompetas de los nativos anunciaban que la guerra iba a ser dura. El incansable zumbido de las vuvuzelas animaba a extranjeros y nacionales a dejarse el alma en el combate. Porque el fútbol se ha ido convirtiendo en el espejo simbólico de una realidad humana: los hombres acaban guerreando, luchando por derrotar al enemigo, porque siempre hay un contrario.

La gloria esta vez fue para los mortales

La primera batalla pareció dar la razón al líder de los argentinos, los “elegidos” no ganaban y su forma de pelear no recordaba a ninguna de las gestas que hasta allí les había llevado. Pero pronto todo eso iba a cambiar, las vuvuzelas enmudecieron por un instante en el que el firmamento se abrió.

Asomado desde la cima etérea del monte Olimpo, Zeus contemplaba, entre enojado y orgulloso, como unos mortales hechos a su imagen y semejanza, comenzaban a derrotar uno tras otro a sus rivales, con un juego considerado divino, aunque en sus botas sólo hubiese sangre mortal de aguerridos atletas.

Llegaron a la batalla final de la mano de mortales de tan insignificantes apariencias que nadie diría que el mismísimo Dios les había hecho a su imagen. Un chaparro, como el semidios Maradona, disparó su arco dejándose el espíritu clavado en la tierra, el dardo entró con furia, atravesando el ojo blanco del cíclope cancerbero. La purificación estaba hecha, una nación entera clamaba a sus héroes.

Fenómeno de masas, catarsis sociológica

En esta semana que se cumplía un año de aquel triunfo, la prensa española volvía a recordar la hazaña. Muchos medios de comunicación estudiaban el hecho ya desde un punto de vista sociológico. Se hablaron de cosas que forman parte de la idiosincrasia cultural española y de sus particularidades políticas. Esa victoria fue un momento de alegría profunda, dentro de unos años de gran malestar e incertidumbre por la crisis económica mundial.

Pero sólo eso, un momento. La vida continua, aunque ese fenómeno de purificación de los fantasmas nacionales se seguirá dando y se da siempre en los grandes eventos futbolísticos. Como muestra lo que está ocurriendo en la actual competición de la Copa América, celebrada estos días. Países como Brasil o Argentina viven el fútbol como una auténtica catarsis nacional.

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