Las dificultades de la ONU ante la definición del terrorismo



Sede de las Naciones Unidas en Bagdag (Irak) después del atentado suicida del 21 de agosto de 2003. Foto: MSGT JAMES M. BOWMAN, USAF

La inoperancia de la ONU para articular medidas serias que impidan la propagación actual del terrorismo en todo el planeta es un hecho evidente. En parte, esta falta de eficacia del organismo internacional reside en su propia estructura, cuya evidente torpeza se ha mostrado en numerosas ocasiones desde su creación; pero, por otra parte, el problema reside en la ausencia, incluso, de una definición operativa del término terrorismo. A día de hoy, ha sido imposible articular una definición universal de este fenómeno que goce de aceptación por parte de la comunidad internacional. Esa ambigüedad provoca todo tipo de interpretaciones políticas y jurídicas interesadas.

Si hacemos un poco de Historia, hemos de remitirnos a 1937. En ese año, la Sociedad de Naciones (organismo internacional surgido tras la I Guerra Mundial y lógicamente finiquitado tras el desastre de la Segunda Gran Guerra) define el terrorismo de la siguiente manera:

Cualquier acto criminal dirigido contra un estado y encaminado a -o calculado- para crear un estado de terror en las mentes de personas particulares, de un grupo de personas o del público en general”.

Se puede hacer una extensa lectura en torno a esta definición. Sin embargo, me centraré tan sólo en destacar unos determinados aspectos. En primer lugar, la criminalización del acto terrorista de forma evidente, sin dejar lugar a dudas; en segundo lugar, la intencionalidad del acto terrorista que se dirige contra “estados”, con el fin de generar un ambiente de terror. Este punto es crucial ya que todas las definiciones del terrorismo insisten en la importancia fundamental del componente psicológico del terror entre la población del estado en cuestión atacado.

                         Bandera de la ONU

Desde su creación, la ONU no se ha planteado de forma seria la creación de un comité que estudie la cuestión del terrorismo. Así, a lo largo de los años, la ONU ha ido emanando diferentes documentos en los que se trataba de forma particular sobre determinados actos considerados terroristas. Por ejemplo, el secuestro de aviones. Sin embargo, se trataba de documentos puntuales, surgidos por las necesidades determinadas por momentos específicos.

En principio, si no existe una definición precisa del terrorismo es por el tinte político que este término tiene. Son muchos los países miembros de la ONU que se niegan a adoptar una definición universal ya que cualquier elemento de la misma pueda ser utilizado en su contra. Los casos más evidentes son los de Estados Unidos e Israel. Si la ONU aprobase una definición universal y amplia de terrorismo muchas de las acciones de los gobiernos de estos países podrían ser calificadas como terroristas. Para ser justos, también deberíamos citar el caso de Cuba. La constitución socialista de Cuba recoge en su artículo 12 “la legitimidad de las luchas por la liberación nacional, así como la resistencia armada a la agresión, y considera su deber internacionalista solidarizarse con el agredido y con los pueblos que combaten por su liberación y autodeterminación”. Es evidente la complejidad de la definición de este término. Muchos grupos pueden defenderse haciendo hincapié en que su lucha es una cuestión de “liberación nacional”. Sin embargo, los grupos atacados por estos movimientos de “liberación nacional” pueden acusarles de terrorismo. Y se puede comprender las dificultades del organismo internacional para consensuar una definición operativa. Más todavía cuando la ONU defiende el derecho de los pueblos a su libertad y autodeterminación.


La última definición, 1 de diciembre de 2004, aportada desde la ONU es la siguiente:

Cualquier acto, además de los ya especificados en los convenios y convenciones vigentes sobre determinados aspectos del terrorismo, los Convenios de Ginebra y la Resolución 1566 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (2004) destinado a causar la muerte o lesiones corporales graves a un civil o a un no combatiente, cuando el propósito de dicho acto, por su naturaleza o contexto, sea intimidar a una población u obligar a un gobierno o a una organización internacional a realizar una acción o abstenerse de hacerla”.

El año 2005 es fundamental en la lucha contra el terrorismo desde la ONU. Ese año, el entonces secretario general de la organización, Kofi Annan, realizó una solemne declaración que condenaba cualquier forma de terrorismo. A partir de ese momento, el Comité contra el Terrorismo de las Naciones Unidas encaminaba su trabajo a la obtención de una definición operativa del término y las medidas adecuadas para desarrollar una lucha antiterrorista efectiva.

La definición de la ONU insiste en tres aspectos fundamentales:

  1. cualquier acto violento que no se encuentre regulado por la legislación internacional. Es decir, los actos de guerra, dentro de lo establecido por el Convenio de Ginebra, no puede considerarse terrorismo;
  2. el objetivo del acto terrorista es el “no combatiente”, personal civil. Un dato importante ya que, por ejemplo, el Gobierno de Estados Unidos incluye entre las víctimas del terrorismo a personal militar que no esté en servicio;
  3. por último, el objetivo es forzar una determinada situación política. 



Kofi Annan, Secretario General de la ONU desde 1996 hasta 2007. Foto: Ricardo Stuckert/ABr

Como señala Dara Borojorovich (Agenda Internacional, nº.3), la ONU trataba de responder a la nueva situación del terrorismo internacional, ejemplificado en Al Qaeda. Un terrorismo mucho más letal y que ha tomado como escenario de sus actuaciones todo el ámbito internacional. Las Naciones Unidas, conscientes del ataque a los derechos y libertades fundamentales que supone el terrorismo, ha decidido crear un grupo que aborde específicamente esta cuestión. Por el momento, desde el año 2005 ha sido imposible definir qué es el terrorismo. Los intereses particulares de los gobiernos de muchos países se han interpuesto, y la simple definición de un término, por desgracia, tan común y cotidiano, sigue siendo una misión imposible. 

Luis Pérez Armiño ©

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