Sobre las torpezas políticas o como no dejarse dominar por las pasiones



Ficha y fuente del grabado:
Descripción    Orozco-carpio.JPG
Español: Bartolome de la Iglesia, Sangre Triunfal de la Iglesia, Marcus Orozco Presbiter Delineata & Sculp. Madrid, 1670. Imprenta Real. Gaspar de Haro y Guzmán, Marqués del Carpio. Biblioteca Nacional, Iconografía Hispana 4229-5
Fecha: 1670(1670)
Fuente:                 http://bibliotecadigitalhispanica.bne.es:1801/view/action/singleViewer.do?dvs=1269043011853~691&locale=es&DELIVERY_RULE_ID=10&frameId=1&usePid1=true&usePid2=true&side_by_side=false&show_metadata=true&metadata_object_ratio=25
Autor: Marcos Orozco


Amante de las artes y de las mujeres quizás en la misma medida y uno de los mayores coleccionistas de su tiempo; era también un apasionado bibliófilo, degustador refinado del teatro más contemporáneo a su época y un hábil político. La historia de España se encuentra jalonada por miles de personajes y personajillos que podrían describirse bajo estas premisas. Sin embargo, hay uno que campó a sus anchas allá por la segunda mitad del siglo XVII y que reunió todas estas características. Aunque habría que añadir una que le definiría respecto a muchos de sus contemporáneos: era un auténtico patán, un niño mimado que se dejaba dominar por sus impulso más pueriles y que sólo la protección familiar salvó de un triste destino: es el VII marqués de Heliche y del Carpio, don Gaspar de Haro y Guzmán (1629 – 1687).

Don Gaspar era hijo de don Luis Méndez de Haro, el nuevo valido del rey de España Felipe IV (1605 – 1665), una vez que el conde - duque de Olivares (1587 – 1645), anterior favorito del monarca, hubiese caído en desgracia y fuese apartado del poder. Fue precisamente la posición paterna la que hizo que el niño fuese acumulando cargos y sus consabidos poderes, en posiciones que le acercaban cada vez más al rey. Y de todo es sabido, que en aquella rígida y etiquetada corte de los Austrias, la cercanía al rey, aun en los cargos más inverosímiles o absurdos, era tenida muy en estima por toda la nobleza arribista que ocupaba las grandezas de la aristocracia hispana.

De todos los cargos obtenidos por el bueno de don Gaspar, uno era de su especial predilección. Había sido agraciado con el puesto de Alcaide del Buen Retiro en el año 1658 cuando su padre le cedió el honor. Este cargo era de especial relevancia, ya que entre otras muchas funciones, Gaspar tenía encomendada la organización de los festejos celebrados en el Buen Retiro. Y justo es decir que precisamente Felipe IV era un gran amante de todo aquello que significase diversión y entretenimiento lúdico, incluso a costa de sus obligaciones como gobernante que, normalmente, solía delegar en el valido correspondiente.

El palacio del Buen Retiro en 1637, atribuido a Jusepe Leonardo (1601 – 1653)

La construcción del palacio del Buen Retiro constituyó uno de los programas constructivos más ambiciosos de toda la historia moderna española. En las afueras de Madrid, se proyectó un complejo palaciego para precisamente eso: el retiro de la Corte y del rey. No es de extrañar que entre las propuestas de ocio diseñadas para el monarca se encontrase el teatro. Felipe IV era un amante de las representaciones teatrales, y conocidos son sus devaneos y flirteos con las actrices estrellas del momento. Es tal la importancia del espectáculo teatral en la Corte española, que el organizador de tales festejos era persona cercana al rey y, por lo tanto, favorecida. O al menos así debería serlo.

Hasta el nombramiento de don Gaspar como alcaide del Buen Retiro, cargo que conllevaba la obligación de organizar los actos teatrales en el Coliseo, esta tarea era asumida por el mismísimo valido del rey. Y don Gaspar esperaba al menos el nombramiento como tal. Sin embargo, los acontecimientos se precipitan en el año 1661 cuando el duque de Medina de las Torres es nombrado como nuevo alcaide del Buen Retiro. Son muchos los historiadores que en base a la documentación de la época atestiguan el fuerte temperamento de don Gaspar. Y es precisamente este carácter, así como una cierta prepotencia, lo que facilitó su caída en desgracia dentro del mundo cortesano. Sin embargo, y como ya habíamos indicado, don Gaspar mostraba un espíritu tendente al fácil enfado y la pataleta. Sin la protección de su padre recientemente fallecido, don Gaspar fue apartado a puestos “secundarios”. Así, en 1662 planeó volar con pólvora el Coliseo del Buen Retiro durante una representación teatral a la que había de acudir el propio Felipe IV. El complot fue descubierto a tiempo y el atentado no tuvo ningún éxito.

Son muchas las interpretaciones dadas a este hecho en base a los estudios documentales realizados en torno al proceso que se siguió contra el marqués de Heliche (Asunción Torres, Mª.A., 2010: “El Marqués de Heliche: Alcaide del Buen Retiro y Superintendente de los Festejos Reales”. Anales de Historia del Arte, 20. UCM. Pp. 145 – 182). Unas conclusiones apuestan por el simple arrebato, por el deseo de don Gaspar de prender fuego a todo el montaje escénico que él había costeado y que otro iba a disfrutar. Por su parte, son muchos los que consideran que el verdadero objetivo del ataque era la propia persona del rey, un ataque infantil y sin sentido llamado a fracasar ostensiblemente. Pero su torpeza fue aún más allá. Su criado había sido hecho preso. Don Gaspar, temiendo el chivatazo de su lacayo, decidió envenenarlo. Para  ello escribió de su puño y letra las instrucciones precisas que debía seguir el carcelero encargado de su ajusticiamiento “fuera de la ley”. De nuevo, fracasó en sus intenciones; el carcelero reveló el plan, lo que se sumó a los cargos que ya había contra el desafortunado marqués de Heliche.

Menos mal que la familia, el padrino o quien sea con un mínimo de posición, juega un papel fundamental en el desarrollo del acontecer histórico español. La situación familiar del Marqués sirvió como llave para abrir la puerta a la libertad. Atentado tan grave como el regicidio frustrado apenas se saldó con una pena de dos años de prisión y ocho de destierro. Ni siquiera cumplió este castigo. Incluso, con el tiempo, no sólo fue rehabilitado a ojos de la monarquía, sino que ocupó sucesivamente el cargo de embajador español ante la Santa Sede en Roma y, posteriormente, virrey en Nápoles. Así pudo dar rienda suelta a su voraz apetito de sabio coleccionista de arte. Reunió una formidable colección de pinturas y esculturas, quizás una de las mejores de todo su tiempo, siendo uno de los pilares sobre los que se sustentaría el coleccionismo artístico tal y como hoy lo conocemos.

Fotos con acceso público de Wikimedia 

Texto de Luis Pérez Armiño ©

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