Agua para regar el odio



El mundo se despierta muchas semanas tan sobresaltado por el terror que parece empezar a acostumbrarse. Cuando el joven francés de origen argelino, Mohamed Merah, se confiesa autor de los asesinatos de los militares franceses y de las personas del colegio judío de Toulouse parece que todo encaja y que el horror y dolor provocados es comprensible ya que el tal Merah se autoproclama miembro de Al Qaeda. ¡Ah!, ya lo entendemos. Dos días antes se buscaba a un motorista neonazi, en plena campaña electoral, como el posible autor de los crímenes contra tres soldados galos de origen musulmán y del asesinato de tres escolares (niños menores de 7 años) y un profesor en la escuela judía. Se criticó en la prensa y en la política francesa el excesivo juego sucio con los ases de las barajas de la emigración e integración racial y cultural que muchos políticos, sobre todo los conservadores, estaban realizando para remover el nauseabundo voto de la extrema derecha. Cuando los musulmanes formaban parte de las víctimas no se pensó en que podrían ser los malvados de esta “película de terror”.


Pero es debilidad humana y siempre insistimos en saber con qué se riega el odio, conocer de qué está compuesto el abono que ha permitido germinar tan terrible horror y crueldad. Parece que necesitamos racionalizar algo que borda la sinrazón. Sin embargo, es tan inútil como el querer analizar los componentes del agua para averiguar por qué es necesario regar con ella. Regando el odio racista se empezó a podar la planta del auge y vigencia del fenómeno neonazi, un problema político y social que sufre la vieja Europa. No está mal que la sociedad europea se plantee por qué crece tanto esa mala planta en suelo europeo.  Aunque…

Aunque apareció la planta de Oriente conocida como “Al Qaedus orquideus maligna musalmanis” originaria de la santa Arabia, pero trasplantada y que crece con abundancia y fuerza en las pedregosas montañas de Afganistán y Pakistán. Allí, en lugares donde el agua escasea tanto como el conocido bienestar occidental, se riega en abundancia con odio religioso a esta mala hierba. Por mucho que le demos la vuelta al tiesto el agua con el que lo regamos será siempre la misma. El agua del odio, del loco odio.

Esos mismos políticos que fueron criticados (casi todos, los de extrema derecha han aprovechado para quitarse la etiqueta de “asesinos” y colocársela a su enemigo preferido) por jugar con “fuego” en asuntos delicados para la paz social (emigración, racismo, rivalidad religiosa), se han apresurado a pedir calma y cordura cuando el terrorista se mostró como muyahidín. Nos recuerdan, con razón, que el agua bendita (la religión) no tiene nada que ver con el riego de este odio.


Comentarios