Inmolación o suicidio


El suicidio es pecado grave para el cristianismo. Los suicidas no son perdonados porque destruyen lo más preciado que Dios ha dado al hombre, su vida; según la doctrina cristiana y católica sobre todo. La inmolación, una forma de suicidio muy empleada en el Islam, no solamente no es pecado sino que supone para el creyente (estricto) musulmán una vía rápida de llegar a Alá y de alcanzar su salvación en el paraíso. Hay que puntualizar que el Islam no promociona el suicidio, pero no le considera estrictamente pecado si se realiza por una causa religiosa. Son los líderes religiosos extremistas quienes lo promocionan. 

Esta introducción me sirve para recordar dos hechos en los que quiero buscar una simbólica relación. Que hechos tan luctuosos como la muerte de dos hombres perpetrada por sí mismos como protesta por su situación existencial me sirva de metáfora me causa gran desazón, aunque merece la pena para recordarlos con dignidad. 

Se trata del jubilado griego, un ex boticario, Dimitris Christoulas, que hace unas semana se suicidó en la plaza Sintagma de Atenas, bajo un árbol, de un tiro en la cabeza y dejando una nota desgarradora. Se mataba para no dejar más deudas a sus hijos y para acabar de una forma “decente” su vida, no deseaba escarbar en los cubos de basura en busca de comida. El otro suicida es ya un mito, un personaje histórico que quedará ligado al surgimiento de los movimientos sociales en busca de la democracia que se han dado en los países árabes, la llamada “Primavera Árabe”. El joven frutero Mohamed Bouazizi de Túnez. Se quemó a lo “bonzo” desesperado, sin futuro, sin poder comprarse siquiera una furgoneta para mejorar su negocio de vendedor de frutas ambulante. Bouazizi, sin pretenderlo se convirtió en un héroe nacional, luego en un hito histórico de esperanza para todos los pueblos árabes que deseaban alcanzar ese mejor porvenir que el frutero no consiguió. 

Ambas muertes tienen un significado cruel. Espantoso. Optar por la muerte ante la mayor de las desesperaciones, cuando ves chocar tu futuro contra el muro de la pobreza, con la imposibilidad de tener la más mínima esperanza de progreso, de prosperar, de tener una vida digna… y morir con dignidad, que es un propósito siempre ligado al inevitable hecho de la muerte. El guerrero quiere morir con honor, combatiendo. El soldado alcanzado quiere morir llamando a su madre. La madre quiere morir rodeada de sus hijos. El rey quiere morir en volandas del amor de sus súbditos. El caballero Don quijote quiere morir como el hidalgo Quijano. El pobre quiere morir en un hospital. El rico quiere alargar la vida y morirse durmiendo. En realidad, todos queremos vivir bien y por ende, morir bien. 

El farmacéutico Dimitris Christoulas y el frutero Mohamed Bouazizi provocaron con sus inmolaciones “cívicas” un ardor en el estómago de cada una de sus sociedades que salieron a la calle a protestar, a rabiar porque esos hombres se mataron buscando una dignidad que habían perdido por las crisis económicas, las carencias de derechos sociales que azotaban a sus países. El vendedor de frutas ya es “alguien” en el mundo árabe; el farmacéutico jubilado es ya para los griegos un nuevo Odiseo.

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