Día Mundial contra el trabajo infantil


Este día me duele y no es teatro o demagogia de saldo desde mi cómoda butaca de occidental acomodado (bueno, si siguen las cosas por donde siguen estaremos menos cómodos), es por una amarga experiencia en una reunión de alto nivel como ejecutivo publicitario. En una mañana de la época dorada del capitalismo, principios de los años 90 del pasado siglo, mi jefa de producción removía su café de máquina con cara de sueño. Era una mujer madura, atractiva a pesar de llevar encima tantas capas de maquillaje caro como para restaurar la Capilla Sixtina. Serían las ocho de la mañana, muy temprano para los cerebros de la joven empresa de comunicación y marketing que empezaba a despuntar en el mercado publicitario. Ella esperaba a que llegasen los últimos ejecutivos, entre los que me encontraba, pues la puntualidad no es una de mis facetas germanas, en realidad creo que la única es el gusto por la cerveza. 

Por fin estábamos todos sentados en la mesa de juntas, una preciosa mesa de un material parecido a la madera que reflejaba nuestros rostros somnolientos de lo pulida que estaba. La jefa comenzó su discurso, previsible y corporativo. Ese día se alegraba porque era muy probable que consiguiéramos, gracias al eficaz trabajo del equipo, la cuenta de una célebre marca de zapatillas deportivas norteamericanas para el mercado español. Ni es la super famosa en la que están pensando ni en la “otra”, era una que pretendió lanzar en Europa un ex jugador de la NBA muy célebre. No puedo contar más. En un momento de la charla la jefa de producción hizo una pausa reflexiva. “Quizás deberíamos tocar el tema de la imagen, para que no sea otra marca más acusada de explotación infantil. No entiendo a esa gente que critica el trabajo que dan estas empresas en esos países pobres, esos niños si no estuviesen cosiendo zapatillas estarían muertos de hambre; seguro que es el único sueldo que llega a su casa porque el padre será un borracho y la madre una analfabeta” (sic). 

No lo pude evitar, me levanté y de pié (ya, estarán pensando que ahora sí que hay teatro; bueno, había que dramatizar…) enfrenté la mirada con esa mujer llena de joyas y desde la que me llegaba un estupendo olor a Coco Chanel Nº 5. “¿Trabajo? Llamas trabajo a cobrar un dólar por 12 horas de “esclavitud laboral”… un niño tiene que estar en el colegio, ¡aquí y en Tombuctú!” El silencio fue… a ver qué tópico va mejor, sí, ya sé… fue como una losa de mármol sobre un enterrado vivo. Duró lo que tienen que durar estos incómodos silencios. Luego creo recordar que hubo risas y gritos desaprobatorios. Recuerdo que las mujeres se pusieron de mi lado (muchas eran, son, madres; lo malo es que la jefa lo era también) y los hombres en su mayoría del lado de la directora. El poder que masculiniza, pensé. Mi comentario se correspondía con mi forma de ser y de pensar y por eso no se “tomó” en cuenta (al comentario y a mí, que fui apartado de forma discreta de la cuenta); conocían mi perfil de “progre” y enrollado, la reunión concluyó con el planning de la semana y todo quedó en una anécdota. 

Desde ese día de 1992 (y antes) hemos seguido comprando, consumiendo productos realizados con mano de obra infantil y esclava (es algo casi imposible de evitar, porque los etiquetados engañan y cada vez son más complejos de interpretar). Compradores “ciegos” a esta injusticia entre los que me incluyo, claro. Pero necesitaba contar el por qué cada vez que llega este “Día Mundial contra el Trabajo Infantil”, auspiciado por la OIT (Organización Internacional del Trabajo), me “duele” la conciencia más de lo habitual.

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