Sarajevo 1914, en una esquina de Europa



En una esquina de una perdida ciudad de los Balcanes se decidió a golpe de balazos todo el destino de Europa. Era una mañana, según cuentan todas las fuentes, calurosa y radiante en la capital de Bosnia. La casualidad hizo que uno de los terroristas más famosos de la historia contemporánea se encontrase con su víctima. El archiduque Francisco Fernando, pieza secundaria en el juego de roles y estrategias que caracterizó la entrada de Europa y sus grandes potencias en el siglo XX, estaba llamado a convertirse en pilar fundamental sobre el que se sustentaba todo el débil régimen de paz armada de una Europa más que resignada a sufrir una guerra futura que parecía que nadie quería evitar. De nuevo, el asesinato de un solo hombre, abanderado de las soluciones pacíficas para el inestable problema nacional que carcomía desde su interior al obsoleto Imperio austro – húngaro, significaba el triunfo de las tesis radicales que entendían la violencia como la única estrategia posible. 


El final del siglo XIX y principios del XX había dejado una Europa convulsa preparada a estallar ante la más mínima provocación. Un complicado entramado de alianzas dirigidas desde Berlín había llegado a crear un poroso sistema de dos bloques en el que se repartían las potencias del continente. Mientras, en el sur, en la península balcánica, el agotamiento del Imperio turco se zanjaba con la intervención de las cancillerías europeas dispuestas a tomar parte en el saco de Constantinopla, atentos a no perder puestos privilegiados en el reparto de las cuantiosas ganancias que se suponían iban a generar las regiones balcánicas tras el abandono otomano. En este contexto, la apertura al mar de dos de los imperios más antiguos y arcaicos de Europa, el ruso y el austro – húngaro, provocaría un juego de graves tensiones diplomáticas que acabaría con el resultado nefasto de la muerte de casi treinta y un millones de personas en la llamada Primera Guerra Mundial. 

El complicado juego de relaciones internacionales había permitido la entrada triunfal de las tropas austriacas en los Balcanes a principios del siglo XX. Bosnia – Herzegovina se convirtió en un protectorado de Viena aunque su control, al menos nominalmente, continuase en manos de un Imperio turco abocado a una interminable agonía. El archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador austriaco Francisco José I, acudió a Bosnia en 1914 con la intención de supervisar unas maniobras militares. El viaje representaba una ocasión perfecta para poder visitar la capital del país, Sarajevo, con su querida esposa, Sofía Chotek. Por cuestiones derivadas de la rígida etiqueta imperial no se permitía la presencia en actos oficiales celebrados en Austria de la pareja junta. Por fin, Francisco Fernando podría estar acompañada por su esposa en un acto oficial, lo que supondría la muerte del matrimonio. 

Francisco Fernando era un firme defensor del federalismo austriaco basado en la creación de un estado de base eslava con un alto grado de autonomía aunque dependiente en última instancia de Viena. Esta solución de compromiso se traducía en la satisfacción de muchos eslavos del sur que veían en este posible compromiso una adecuada tercera vía, entre la total sumisión a Austria o a Serbia. De nuevo, las opciones extremistas más radicales pro – serbias debían actuar tratando de frenar cualquier solución negociada que no implicase la independencia total y la creación de una “Gran Serbia”. La única opción que se barajó fue el asesinato del archiduque. 

El momento escogido por los conspiradores serbios no podía ser el más adecuado. El 28 de junio, día de la visita del archiduque a Sarajevo, se celebraba San Vitus, patrón serbio, fecha que también recordaba la batalla del Campo de los Mirlos que en 1389 supuso la derrota del príncipe serbio Lázaro frente a los otomanos. De hecho, la visita de Francisco Fernando y su esposa se consideraba una provocación. Los terroristas, organizados en dos grupos, consiguieron arrojar sobre el descapotable en el que la pareja imperial visitaba la ciudad bosnia una primera bomba que el archiduque pudo rechazar, explotando debajo del coche que le seguía. Después de una tensa recepción en el Ayuntamiento de la ciudad, Francisco Fernando y su esposa volvieron al coche con la intención de visitar a los heridos en la explosión. El chófer, sin embargo, se equivocó en la ruta que debía seguir hasta el hospital de Sarajevo. Al rectificar, mientras estaba maniobrando, la casualidad quiso que Gavrilo Princip se encontrase allí cerca, refugiado en una tienda. Esta era su oportunidad. Sin dudar, se acercó hasta el coche y abrió fuego sobre el Archiduque hiriéndole de muerte en el cuello; en el tiroteo se interpuso Sofía Chotek, esposa del archiduque, que también moriría a causa de un disparo recibido en el abdomen. Poco después, Princip era detenido.


La muerte del archiduque Francisco Fernando encendió la mecha de todos los dispositivos diplomáticos ideados en las cancillerías europeas. Se ponían en marcha todos los resortes del complicado sistema de alianzas poniendo a casi toda Europa en pie de guerra, con sus tropas movilizadas y las industrias dispuestas a armar a todos los hombres posibles para enviarlos al frente. El atentado tan sólo fue la excusa que forzó la declaración de guerra de Viena a Belgrado bajo las presiones de Berlín. Lo que facilitó la entrada de Rusia en la contienda y, por tanto, de la aliada Francia. Después vendría Gran Bretaña, Italia, Estados Unidos, Japón…

Un atentado en una esquina de una ciudad perdida en las recónditas montañas de los Balcanes sería el aliciente que muchos esperaban para poner en marcha toda la crueldad de la primera guerra mundial. Se inauguraba a escala global la industrialización de la guerra y de la muerte. 

Luis Pérez Armiño©



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