Asesinos masivos



La falta del denominador común. Asesinos masivos

Los especialistas no son capaces de establecer un modelo ideal que caracterice lo que se entiende como un “asesino de masas”. Dos casos relativamente recientes demuestran la incertidumbre ante este tipo de criminal: Anders Breivik, responsable de la muerte de más de setenta personas en Oslo en un atentado el pasado 22 de julio de 2011, desafiaba a las autoridades judiciales noruegas con una actitud altanera exigiendo su condena como asesino y evitando a toda costa cualquier declaración que hiciese referencia a una posible enfermedad mental; sin embargo, las primeras imágenes de James Holmes, quien perpetró su crimen en un cine de Denver, en Colorado (Estados Unidos) el 19 de julio de 2012, asesinando a doce personas en el estreno de la última versión de Batman, nos mostraban a un personaje adormilado, de mirada perdida y sin ningún tipo de rasgo, expresión o mueca que mostrase la más mínima preocupación.


Conviene establecer unas diferencias básicas a la hora de abordar una cuestión tan delicada como los “asesinatos de masas”. Es preciso no confundir al “asesino de masas” o “masivo” con el “asesino en serie”. El primero suele realizar sus crímenes en un mismo lugar y momento, frente al segundo que suele espaciar más sus crímenes; es decir, entre los asesinatos hay un tiempo de reflexión considerable.




La definición de un patrón psicológico del “asesino masivo” es una tarea ardua a la que nadie ha llegado hasta el momento. La escritora Ines Geipel publicó El síndrome de Amok o la escuela de la muerte (2012), impresionada por la matanza de la escuela secundaria alemana de Erfurt. En abril de 2002 un joven estudiante provocó dieciséis muertes en el instituto del que poco antes había sido expulsado. En este estudio, Geipel sí que considera una serie de comunes denominadores: cierto grado de excentricidad, un origen acomodado, normalmente de ciudades pequeñas, y algunas ocasiones víctimas de acoso escolar. Otro rasgo común hace referencia a una recurrente insatisfacción por no cumplir unos objetivos demasiado exigentes. Pese a las opiniones tan tajantes de esta autora, todos los especialistas consideran la falta de un guión normalizado que permita dibujar un perfil de estos sujetos (es muy interesante un artículo de Pilar Pérez publicado en LaRazón el 30 de julio de 2011).

El síndrome de Amok es una de esas enfermedades psicológicas consideradas raras. Durante mucho tiempo se considero una patología cultural (es decir, asociada a un determinado grupo cultural) que, dependiendo de las fuentes consultadas, puede relacionarse con el consumo de determinadas sustancias alucinógenas. Quienes padecen este extraño síndrome tienen un acceso de locura irracional que les lleva a huir apresuradamente, normalmente portando armas, y atacando indiscriminadamente a quien se interpone en su camino. Sin embargo, es necesario no asimilar necesariamente una patología psicológica con la conducta de los asesinos masivos. Algunos autores han tratado de describir la fisiología de estos individuos, asociándolos con alguna lesión cerebral, sin llegar a ningún resultado positivo.



La publicidad de estas acciones, la búsqueda de un cierto protagonismo, sí parece un hecho identificable del asesinato masivo. Aspecto que gracias a Internet ha alcanzado una dimensión desconocida. Los psiquiatras insisten en la repetición de comportamientos por parte de estos individuos y son muchos los casos en los que los investigadores han constatado que un asesino masivo había imitado a otro en alguna acción anterior. Este apetito de notoriedad pública contrasta con otra de las características que dominan en este tipo de homicidios: el perpetrador suele buscar el suicidio. A pesar de los últimos ejemplos en que los asesinos han sido capturados por fuerzas policiales, el final más habitual implica su muerte, ya sea mediante suicidio o mediante la acción de las fuerzas policiales.

Este tipo de actos, ya sean los atentados de Oslo, el caso del cine de Denver o el famoso asalto al instituto Columbine de 1999, siguen alarmando a una sociedad incapaz de comprender el proceso mental que domina estos acontecimientos. Muchos especialistas insisten en la necesidad de atenuar el efecto mediático de estos crímenes y evitar así el efecto imitación. Mientras, la psicología trata de dilucidar los complejos mecanismos mentales del asesino masivo o en masa y la legislación pretende regular de forma restrictiva el acceso a armas, cada vez de mayor capacidad destructiva. Quizás, vivamos en una sociedad en la que la violencia es un factor cotidiano y excesivamente familiar, demasiado cercano y común a nuestro día a día.

Luis Pérez Armiño©



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