Venezuela, Chávez y... ¿el triunfo de la lucha de clases?



El presidente Chávez seguirá siendo el líder latinoamericano más genuino por otros seis años. Decimos lo de genuino porque en Occidente se considera a Hugo Chávez paradigma del populismo propio de América Latina. La prensa de la vieja Europa, esa señora que da lecciones de moral pero que ha sido la causante de todos los conflictos sangrantes del mundo, califica a Chávez como líder personalista y con carencias democráticas en su uso del poder. La verdad es que sus maneras no “casan” bien con los entendimientos o costumbres europeas. Un líder democrático se debe a la ley suprema de la soberanía que representa, que es la del pueblo. Esa ley suele configurarse en Ley de leyes que denominamos Constitución. Por eso, Chávez en estos últimos catorce años de gobierno ha ido cambiando la Constitución venezolana para encajar en ella, de la manera más legítima, a su proyecto de “Revolución socialista bolivariana”.


La última victoria de Chávez no solo es legítima y clara en las urnas, sino que es significativa de cambios; o mejor habría que decir  es demostrativa de los desarrollos de ciertas tendencias en la política latinoamericana de estas dos últimas décadas. La misma Venezuela, con su historia, es la más representativa de estos cambios. Desde que en la década de los 90 del pasado siglo se produjese la ruptura de la sociedad con la “democracia representativa” (de partidos) y surgieran disturbios populares que llevaron a las crisis institucionales de dos golpes de estado (en febrero de 1992 el entonces teniente coronel Chávez protagonizó uno) y del enjuiciamiento constitucional del presidente Pérez y su salida del poder en 1993.

Esta crisis profunda en la relación del Estado venezolano con la sociedad del país facilitó la llegada al gobierno de la nación de un representante considerado (sin rubor, por el mismo) como “candidato antipartido tradicional y antisistema”. Desde poco después de alcanzar el poder vía urnas (ya sin las “aventuras golpistas”) en 1998, el ahora presidente Chávez se propuso plantear un nuevo sistema político, alternativo y revolucionario según su pensamiento, pero que no rompía, en la práctica, con la base fundamental del Estado de derecho. Nos referimos al referéndum que planteó y que ganó en 1999 para cambiar la Constitución y otorgar a las estructuras democráticas del Estado de Venezuela de un ordenamiento más participativo y social. Unas formas que acercasen a las clases más bajas, a los más pobres, al ordenamiento del poder.

Los analistas europeos y estadounidenses en general han valorado estas reformas constitucionales del proyecto del presidente Chávez como actuaciones de “doble moral”, meras estratagemas para ir sustituyendo a las esencias del Estado de derecho que deben, según ellos, sustentarse en las estructuras de una democracia liberal, por andamiajes más propios de un sistema personalista, corporativista y autoritario, del tipo cubano, por poner un ejemplo más realista. Sin embargo, el presidente Chávez nunca ha roto o “desintegrado” los fundamentos democráticos basados en la soberanía popular a través del voto en las urnas. Eso es lo que le ha dado mayor respaldo o legitimidad frente a cualquier detractor o crítica profunda.

Ahora vemos que esa legitimidad se enraíza más y podría facilitar el desarrollo de esa singular y genuina revolución social, que ya desde el articulado de la Nueva Constitución de 1999 se apuntaba: “refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural” (Artículo 1, de la Constitución de Venezuela).

Gobiernos de todo signo y de todas partes del mundo se han apresurado a felicitar al reelegido presidente Chávez, sabedores de la importancia que América Latina está tomando en el curso de la actualidad internacional. Uno de los primeros el gobierno español (tan opuesto en la actualidad ideológicamente), que ha felicitado a Hugo Chávez y a Venezuela por esa gran demostración de madurez democrática, esperando que también se valore el ascenso político de la oposición a Chávez. Y Venezuela, a través de su embajador en España, ha agradecido rápido ese gesto, afirmando que, diferencias políticas aparte, el entendimiento y las buenas relaciones de Venezuela con España son más que necesarias por evidentes razones culturales, históricas y sociales.

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