Budista, heterosexual y amante de la cocina



En este mundo tan comunicado, entrelazado con millones de mensajes que viajan de una esquina a otra del planeta casi de forma instantánea, de perfiles de personas y de empresas en la Red, de servicios, de ofertas y demandas, repleto de información con datos y más datos en Internet, parece haber dado la razón a los partidarios de la existencia de una “civilización universal”.

Uno de los primeros en hablar de esta “globalización” civilizadora fue el premio Nobel de Literatura (2001) V. S. Naipaul. Su mismo currículum vital parece ejemplificar su obra, las teorías principales de su pensamiento; pues es británico de origen hindú y procede de las islas Trinidad y Tobago. Allí emigraron en el siglo XIX sus antepasados. En su obra literaria se aborda esencialmente esa cicatriz cultural que el colonialismo deja siempre en los sometidos. Cuenta en sus novelas vidas de emigrados al Caribe, por voluntad o a la fuerza, de orígenes pakistaníes, hindúes,  chinos… que olvidan su lengua materna, la procedencia de sus apellidos, las costumbres más habituales y que acaban asimilándose en la cultura que domina el espacio geográfico donde viven.


En los escritos de no ficción, los ensayos, Naipaul también incide en esa pérdida de rasgos culturales concretos a favor de una “cultura universal” o de una confluencia de valores, principios, prácticas, costumbres y estructuras “humanas” comunes y aceptadas por gentes y pueblos de diferentes y variados puntos del mundo. En un principio es una teoría fácil de comprobar y razonable: todas las civilizaciones y grandes religiones del mundo comparten el sentido moral de que el asesinato es “algo malo”. Se podría decir que la “civilización humana” no tolera matar al prójimo. La sencillez del argumento lo convierte, en realidad, en tesis más profunda, pues es complejo delimitar lo que es evidente de lo que es inaprensible a primera vista.

El hecho de que nos organicemos en casi todas las sociedades en familias (incluyendo las particularidades que las “familias nucleares” tienen ahora en Occidente), que tengamos una ética y moral similar en cuanto a lo que está bien o está mal (apreciadas sobre todo en temas como el robo y el asesinato) y que ante la muerte de los seres queridos la reacción sea similar, en el orden de celebrar cierto ritual de “despedida”; podría dar la sensación de constituir los rasgos esenciales de una civilización universal. Una cultura común de la Humanidad. Las críticas o el reverso de este planteamiento estarían, claro está, en los que piensan que esa civilización universal es la Occidental, desde su “posición dominante”.

El optimismo que pueda haberse creado con esa argumentación se torna pronto en escepticismo. Al igual que la humanidad comparte esos elementales rasgos civilizadores homogéneos, comparte dentro de sus heterogéneas culturas y religiones las actitudes violentas, inhumanas y propias de la sinrazón cruel. ¿Qué nos hace, entonces, culturalmente humanos? ¿El Bien o el Mal? ¿Ambos?


Como las respuestas llevarán tiempo o no llegarán nunca, reflexionemos sobre otra de las facetas de esta “globalización” civilizadora. Me cuenta un amigo una anécdota. Se registró en uno de esos buscadores de pareja en Internet. Debía rellenar su perfil y poner cuantos más datos mejor sobre su personalidad. En el apartado de religión su intención era dejarlo en blanco o como mucho poner agnóstico. La aplicación de la web tenía un listado ordenado alfabéticamente en la pestaña de “Religión” y no se percató de que la dejó en ‘Budista’. Su perfil personal se resumía en: “Budista, heterosexual y amante de la cocina”.

Me cuenta mi amigo que en pocas horas recibió una veintena de mensajes de mujeres interesadas en su persona… sobre todo en su faceta de budista (equilibrado) y cocinero. Mi amigo no hizo desmentido alguno sobre su verdadera condición religiosa. En su vida había tenido tanto éxito con las mujeres y siguió aprovechándose de esa "globalización" que permite a un tipo del barrio de Carabanchel (Madrid) hacerse budista, sin más. Incluso su actual pareja, su esposa, fue una de las interesadas en su “amplitud cultural” que le convertía en budista. Según he sabido, le confesó la verdad poco antes de casarse. A ella, por fortuna, le hizo gracia.






Comentarios

  1. Yo lo entiendo Gustavo. Los budistas venden mucho; a las chicas para pareja nos gustan más los heteros; para lo demás da igual. Y un hombre que cocine...eso no tiene precio. Para todo lo demás, mastercard.

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    1. Ja, ja, jaaa! Sí, Mabel; a mí aún me hace gracia lo fácil, por un error informático, que puede ser convertirse a otra cultura y religión... por ahí va mi ironía en el texto, por lo de "marketing" que tiene en Occidente el "orientalismo" (budismo, Feng sui, taoismo...) que se vende tan estupendamente bien...

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