Obama y el escape de gas



Una mirada al pasado reciente desde la presente campaña electoral por la presidencia de Estados Unidos, no deja de proporcionar un gusto agridulce en el paladar de los ciudadanos del planeta; en los ciudadanos que hayan mostrado un interés, aunque fuese “obligado” por las circunstancias, en la figura y persona de Barack Obama. Hace cuatro años todo era felicidad e ilusión, las elecciones presidenciales estadounidenses eran el acontecimiento más “luminoso” de la historia mundial reciente. Un joven (no había cumplido los 50 años) senador de Illinois de origen afroamericano se presentaba a la presidencia de la superpotencia con todo a favor para ganar. Su candidatura representaba “el Cambio”, así, en mayúsculas. Un cambio de era, protagonizada por el belicismo (guerras de Afganistán e Irak) y neoliberalismo económico radical de la Administración Bush.

Aquel atlético jovial y seductor Obama encandiló a medio mundo, sobre todo a la “progresía” internacional. Enamoró a los activistas de las causas perdidas y de las justas, sedujo a una clase media (occidental, sobre todo) mundial que veía en él a un reformador progresista, capaz de enderezar el rumbo de un planeta abocado a una de sus (habituales) eras de crisis; económica, pero también de valores y creencias fundamentales. Inmundicias del género humano, como la prisión de Guantánamo, se iban a eliminar, a limpiar de la faz de la Tierra para vivir todos en un mundo mejor. Todos sabemos que cuatro años después esa prisión sigue abierta, con la misma excusa que fue la consecuencia de su apertura: por motivos de seguridad nacional (estadounidense).

Imagino que pasaría algo similar que en España en el resto del mundo. La prensa, de papel y digital, el mundo de la edición y la intelectualidad política, rindió su tiempo a analizar el semblante del primer hombre negro, con raíces culturales de origen musulmán (para más ironía de los detractores, su segundo nombre es Hussein), que iba a ocupar el despacho oval de la Casa Blanca. Recuerdo llenar mi casa con suplementos especiales, con las revistas dominicales de varios periódicos, descargarme de Internet artículos y reportajes de firmas de prestigio… y recuerdo, confieso con sinceridad, también que no leí ninguno de esos textos en profundidad, que no terminaba ninguna de esas hagiografías improvisadas del nuevo “profeta” de la paz y del bienestar mundiales.

Y no lo hacía –leer sobre Obama- por soberbia cultural o por desinterés manifiesto en la personalidad del nuevo presidente demócrata. Al final no leía nada sobre él porque solamente deseaba estar “feliz”, ilusionado de forma ingenua y estúpida que en el fondo no deja de ser la mejor manera de estar felizmente ilusionado por algo. Montarme en ese inmenso globo de ilusión que era su figura para sobrevolar por encima de las dificultades y vencer a los problemas desde esa visión esplendorosa, altiva, de la realidad…

Cuatro años después, ciudadano de clase media maltratado y agobiado por las medidas políticas y económicas restrictivas que los poderes locales y globales están aplicando, aprovechando una crisis generada en el mismo corazón de la “bestia financiera”, sin ningún pudor, sólo deseo que ese gris, desinflado y sin “gas ilusionante”, mediocre y apagado político en el que Obama se ha convertido vuelva a ganar las elecciones y salga reelegido. No por masoquismo, ni por ilusión alguna. Solamente por estar en una única cosa de acuerdo con el presidente demócrata Obama: Romney supondría volver a la “era de oropel” que puso las bases, con su estilo económico, de la actual y profunda crisis económica y social.

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