Suicidios, desahucios y otras agresiones de la crisis



Resulta muy difícil escribir estos días sobre política y sociedad en España y desde España. Es complicado hacer cualquier análisis basado en cifras y macroeconomía cuando personas desahuciadas no han encontrado otro camino que el suicidio, que la violencia extrema contra uno mismo. Ellos no son los violentos o los insensatos valientes para quitarse la vida, no lo olvidemos; el suicidio es la forma más agresiva de dominación que las circunstancias externas poseen hacia el individuo y la manera más contundente de protesta que este último posee para desbaratar a la injusticia, aunque la victoria contra ella suponga su inmolación.

Reflexionábamos en este blog sobre dos suicidios muy diferentes pero hermanados por la desesperación de los actores que los cometieron por no encontrar, no ya un futuro, un mínimo presente. El farmacéutico griego Dimitris Christoulas y el frutero argelino Mohamed Bouazizi; uno demostraba la desesperación por acabar sin un salario o medio de vida mínimo en la desarrollada Grecia y otro por ser la gota que colmó el vaso del desencanto árabe por no ver prosperar sus sociedades como las occidentales. Dos suicidios que fueron portada en todas los informativos del mundo. Ahora, en España, los suicidios por desalojos y desahucios son también portada internacional. Al principio costaba que fuese noticia en la prensa nacional, existía cierta incredibilidad por, quizás, no casar bien el suicidio con el carácter español.


Esa imagen de vitalismo, energía optimista que da la luz del Mediterráneo o la capacidad de organizar fiestas coloridas y populares encaja en el estereotipo de una personalidad jovial y fiestera como la española. Parece que los suicidios eran terreno de los suecos, una de las sociedades más desarrolladas del mundo tiene la paradoja inquietante de ser uno de los países con mayor tasa de suicidios por habitante (casi del 15%). ¿Mito, tópico? A los suecos les molesta bastante, y con razón, esta imagen de nórdicos adictos a la “solución final”, al suicidio.

No se sabe muy bien el origen de esa mala imagen; algunos investigadores lo achacan a los críticos con el modelo de Estado del bienestar sueco. Sí, amigos y amigas, ya en los años 60 del pasado siglo los acérrimos partidarios del libre mercado y salvaje capitalismo criticaban la inversión pública y rentabilidad social. Por ejemplo, en discursos de varios senadores estadounidenses se tergiversaban los datos sociológicos que los mismos suecos habían realizado de su país. Eran los primeros en hacer estudios serios sobre temas tan controvertidos como el suicidio, las drogas o los nuevos gustos sociales, como el “nudismo", afición muy sueca, no sólo al compartir saunas. Así tenemos a políticos contrarios al desarrollo socialdemócrata sueco del Estado de bienestar mezclando “churras con merinas” y considerando a todos los suecos como nudistas, deprimidos por el frío y tendentes al suicidio. El tópico perdura.

En cambio, en España y el resto de los países del Mediterráneo las tasas de suicidio son de las más bajas del mundo. Ahora, en estos dos últimos meses, más de seis noticias sobre intentos o sobre suicidios relacionados con los desahucios hipotecarios, han roto en España esa imagen idílica de país divertido y optimista. Los expertos lo achacan a la crisis, al aumento de las enfermedades mentales por la desmoralización y desintegración social de las personas. La verdad es que los estudios del último lustro demuestran que el porcentaje mayor en las causas del suicidio está en el orden de los problemas económicos. Maldito dinero, maldita forma de organizar el mundo.

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