María Estuardo, una británica que lo era sin serlo y saberlo


El perfil histórico de la controvertida reina María Estuardo, la escocesa, nos sirve para iniciar una serie de artículos sobre la tendencia británica al aislacionismo. La insularidad parece que ha marcado no solo el carácter, también la determinación histórica de los pueblos que habitan esas islas, conocidas como británicas. Cuando querían relacionarse con el resto de Europa, el continente, solían hacer casamientos dinásticos, bodas reales o tratados que muchas veces rozaban lo "antinatural"; es decir, abocados al fracaso más tarde o más temprano. 

Ahora, en estos tiempos que no tienen las etiquetas de oscuros y decadentes, pero que se las merecen más que la Edad Media, los isleños vuelven a plantearse si su tratado, casamiento y relación con Europa es bueno para sus intereses o necesario para sus vidas. El premier Cameron ha planteado un referéndum sobre la continuidad o no del Reino Unido en la Unión Europea. Ellos, piensan, se lo comen y se lo guisan muy bien "solitos" en esas islas a las que sacaron mucho juego, pues lograron expandir su cultura por los cinco continentes. ¿Para qué aguantar a los europeos, unos tipos que no se dejan colonizar? (A excepción de los corsos, andaluces, judíos, malteses y norteafricanos que vivían en Gibraltar en 1711).

El texto con ese perfil histórico de María Tudor es de nuestro habitual colaborador, Luis Pérez Armiño...

María Estuardo. La reina cuestionada 


En la constante del revisionismo histórico, una mujer ha sufrido el estudio, el repaso y el concienzudo análisis no sólo de los historiadores, sino de psicólogos, politólogos y demás especialistas en las ciencias humanas. María Estuardo, personaje de vital importancia en los destinos de las islas británicas allá en el siglo XVI, todavía navega entre las sombras del conocimiento histórico: en una orilla los que pretenden ver en ella a la heroína, a la mujer abnegada y sacrificada en pos de unos ideales, sean estos cuáles sean; frente a ellos, los que consideran la traición y la mezquindad de un personaje convertido, en ocasiones, en mero peón de intrigas palaciegas y diplomáticas tan propias de la cortes renacentistas.

Cuando los destinos europeos se jugaban entre la obstinación de la pérfida Albión en su isla y los delirios integristas de la monarquía hispánica, una eterna aspirante a reina intentaba encontrar su papel en la complicada política moderna del continente en medio de sus grandes pasiones amorosas. 

El contexto no podía ser más evidente. Todo el viejo continente, incluidas las islas británicas pese a su pretendido aislamiento frente a todo lo que signifique Europa, transitaban en ese turbulento periodo en el que amanecía un nuevo mundo tras siglos de oscuridad medieval. El humanismo concebía el triunfo de todo “lo humano” frente a la preeminencia de lo divino y la superstición más intransigente tan propia de los siglos anteriores.

En el terreno de lo político, todo el territorio europeo asistía como sufrido escenario al surgimiento de los modernos estados mientras la diplomacia y la guerra tejían el sendero común que debería recorren los europeos en los próximos quinientos años. En lo religioso, nuevas ideas sacudían los cimientos del antiguo imperio que con cierta idea arcaica y ya demodé mantenía aquel pomposo título de Sacro… Europa se dividía entre los distintos credos para un mismo dios y cada parte trataba de imponer su razón a las otras restantes mediante los más diversos métodos pero siempre de la mano de la violencia brutal y sin sentido. 

María Estuardo nace cerca de Edimburgo en diciembre de 1542. Hija de Jacobo V de Escocia, asiste a muy temprana edad a la muerte de padre, motivo por el que hereda el trono de Escocia cuando apenas tenía un año en esa lógica sucesoria que impera en las dinastías gobernantes europeas. Bajo su infantil cetro, un país bajo la constante amenaza de la corona inglesa y en el que el catolicismo resiste los envites reformistas y trata de mantener la independencia frente a las pretensiones herejes de los monarcas ingleses. En este contexto, María gravita en torno a los deseos masculinos: un primer matrimonio con Francisco de Valois, hijo del rey de Francia que trataba de aunar intereses de ambas coronas. Enlace de corta vida que propició el regreso de María a Escocia. Allí, de nuevo, celebra nupcias con un noble, lord Darnley. Sin embargo, el amor de la pareja se desvaneció, parece ser, con la aparición de otro noble inglés, un rufián conocido por sus amoríos y sus aventuras marinas, que ya había despechado a su primera esposa noruega en Flandes cuando los fondos de la mujer se encontraron a cero. 

En todo ese entramado de relaciones amorosas, de matrimonios, traiciones y desvaríos, la historiografía todavía discute el papel de María I de Escocia. La mitografía de tendencia católica ha pretendido encumbrar a los altares a la reina escocesa, contrapunto de su prima segunda, Isabel I de Inglaterra, a sus ojos reina hereje de un país igualmente sacrílego y enemigo de la fe. Sin embargo, últimas interpretaciones subrayan el carácter mezquino y traicionero de María, hábil embustera capaz de engañar hasta a la posteridad debajo de sus vestiduras rojas de mártir que ocultaban la belleza lisonjera de una mujer con excesivas ansias de poder. Otras investigaciones que transforman la visión cándida de víctima del carácter fuerte de Isabel I por la de una estadista que no dudó en utilizar todas las armas a su alcance en beneficio propio, sin ningún tipo de escrúpulo. 

El 8 de febrero de 1587 María era ajusticiada en el castillo de Fotheringay. Su prima, Isabel, no había firmado la condena capital y montó en cólera al recibir la noticia. El esperpento de su muerte puso punto y final a una vida confusa plagada de decisiones y compañías equivocadas. El verdugo, al parecer borracho, erró con su hacha provocando la brutal agonía de la escocesa. En un segundo golpe, más certero, consiguió separar la cabeza del cuerpo. Cuando recogió la real testa del suelo y la mostró al horrorizado público, el cráneo se despegó de la peluca rodando por los suelos. Un final acorde a una vida que todavía hoy se llena de interrogantes a la espera de dibujar con más precisión un personaje fundamental y desconocido en profundidad del siglo XVI europeo.


Luis Pérez Armiño ©


Imagen: fotograma de la película "María Estuardo" (1936) de John Ford, con Katharine Hepburn en el papel de María I de Escocia

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