Ser o no ser europeos, ya lo dijo Shakespeare. Carne de caballos rumanos para los sándwiches británicos



"To be o not to be, that´s the question"... my brother. La célebre frase de Shakespeare (con mi apostilla) podría ser metáfora del sentir británico hacia Europa. Desde que en la década de los 50 del pasado siglo tratados económicos, como la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), pusieran la semilla de la actual Unión Europea, los británicos han sido los más escépticos con ese proyecto europeísta. No en vano el término “euroescépticos” fue acuñado para referirse a los conservadores del Reino Unido, cuando la conocida como ‘Dama de Hierro’, Margaret Thatcher, lideró los años más intransigentes de la política británica hacia la unión comunitaria. 

El carácter aislacionista del británico no es algo de ahora. La insularidad marca carácter, suele convertir a los habitantes de las islas en personas abocadas al individualismo, en no esperar ayuda más allá del final de la verja de su casa y no esperar encontrarla en el horizonte del mar que rodea sus tierras. Una isla para vivir... un imperio para gobernar. Una mezcla de recelos y desconfianza surge como bandera nacionalista británica hacia el resto de Europa. Desde siempre, desde que el emperador Adriano construyó su muro para separar el mundo romano de los “belicosos” pictos. 

Para muchos europeos es complicado entender estos deseos de aislarse más en su insularidad. La Unión Europea, con todos sus defectos, es un progreso de bienestar y una garantía de convivencia que ha alejado al fantasma de la guerra, método favorito de Europa para resolver sus problemas, del territorio europeo con la casi certeza de que no volverá a ulular por mucho tiempo. Es difícil para griegos, portugueses, italianos y españoles entender que alguien no desee estar –de forma plena- en el mayor mercado mundial, en la región más industrializada del mundo. 

En el fondo, los británicos siempre han estado en Europa a “su manera”. Fuera de la moneda euro y del tratado Schengen, han defendido una unión europea a la carta, sin escoger el desayuno continental. Incluso, en estos años de crisis económica severa, encontramos otros muchos europeos que les comprenden y excusan. Es tiempo de salvar el propio trasero y con el lastre de los problemas puestos en común las soluciones se ven a muy largo plazo. Los alemanes son los que mejor “comprenden” a los euroescépticos de las islas británicas. Piensan que la “frialdad” británica puede ser positiva, una perspectiva más alejada y crítica del proyecto europeo sería beneficiosa. Hay que plantear problemas prácticos; como la mala gestión de los fondos y presupuestos, la creciente desconfianza ciudadana en la clase política... se debe pues ser más pragmático y menos sentimental. Eso de hermanarse y unirse es muy bonito, pero... 



El colmo del aislacionismo y del nacionalismo –británico- isleño ha llegado en forma de ternera que no lo era. Varios análisis en carnes vendidas como vacuno en Gran Bretaña han demostrado que eran carne de caballo, concretamente de equinos rumanos, de un país del antiguo bloque del Este, en fase de integración plena en la Unión Europea. 

Prepararse para el picnic (algo tan british) un emparedado de rosbif (roast beef) de auténtica carne inglesa puede suponer un problema cuando los controles británicos de comercio y sanidad dejan de lado su euroescepticismo y se dejan llevar por el ‘libre y salvaje mercado’ que propugnan y anhelan; pues en el fondo solamente eso desean, una Europa como gran bazar de libre mercado. Con el otro modelo – que rechazan-, de más unión y civismo, con leyes más integradoras y comunes en control alimentario, quizás no les hubiesen metido caballo por vaca.

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