La aldea roja



Hay un pequeño río que recorre de forma caprichosa y enérgica toda la aldea. Su curso, unas veces divide en dos a las casas y otras las envuelve como una bufanda agitada al viento del invierno. Las aguas son tan limpias que decir cristalinas es tan obvio como insuficiente. Para salvar ese brioso paso que llega de las montañas, los aldeanos han ingeniado sótanos abiertos, plataformas de madera que sustentan en equilibrios circenses sus moradas. Luego, cada cincuenta metros, un puente de madera roja con barandillas pintadas a diferentes colores da nombre a la aldea. La aldea Roja.

Pero esta localidad montañesa de los valles altos del Himalaya no es conocida por sus puentes rojos. En toda la región sus habitantes son famosos por pescar a base de citas. Desde los confines del imperio muchos son los que viajan hasta la aldea roja con el deseo de aprender esa técnica de pesca tan sorprendente. Los más viejos del lugar advierten que es un don que ni de padres a hijos se puede heredar y que es inútil recorrer largas distancias para aprender algo que no se puede enseñar. Aún así, cada atardecer son decenas los foráneos que observan e inquieren a los pescadores de la aldea roja para que desvelen el secreto de esa forma de pesca tan rentable.

Provistos de largas cañas de bambú y un simple hilo de seda, los pescadores rojos, porque siempre van con ropas teñidas en ese color, se posicionan en la unión de los puentes, el vértice más alto, uno en cada lado. Son los elegidos, porque no todas las mujeres y todos los hombres de la aldea roja tienen esa facultad de pescar citando a los clásicos sabios o a los dioses. En la adolescencia los aldeanos van probando su potencial. Eligen con cuidado la pluma con la que escribirán las citas y el papel que usarán para sumergirlo con la frase caligrafiada lo más perfecta posible. Se puede optar por citas de libre albedrío, aunque son las que menos peces logran apresar. Lo mejor es probar con una del más feliz entre los felices, del más sabio entre los sabios: el gran Buda.



"El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional". Escrita con letra primorosa esa fue la primera cita elegida por la joven Jun. Junto a su melena negra el hilo de seda se agitó elegante en medio de una tarde de luz esplendorosa. La expectación ese día era muy grande, cientos de extranjeros se sumaban a todos los aldeanos y a la familia de la joven que en primera fila imploraba que su hija tuviera el don de pescar con citas. Sería la segunda mujer en toda la historia de la aldea roja, sucediendo en ese honor a la venerada Shui, que en los años sesenta logró con sus propias citas pescar cinco truchas diarias.

La cita de Jun ya está sumergida y las miradas de los curiosos y de los aldeanos van de su cabello largo negro y sedoso al sedal casi invisible que engancha el pequeño pergamino envuelto en telas transparentes. Las primeras truchas revolotean como luciérnagas sobre un farol. Una de ellas se detiene a leer el texto, la cita que Jun ha elegido para que muerda el anzuelo. El animal duda un poco y parece que da la espalda a tan sabio consejo budista. Al final, con un enérgico salto se traga el papel con el gancho de acero. Jun ha pescado con una cita clásica, pero de su puño y letra. Es la nueva mujer pescadora de la aldea roja.

A pesar de que el mérito es menor que el de la recordada Shui, que usaba sus propios textos, la alegría entre la familia y los vecinos de Jun es inmensa. Una nueva mujer pescadora entre los miembros de la aldea elegidos con el don de pescar a base de citas textuales, es una bendición para la aldea roja. Algunos extranjeros se indignaban y aseguraban a voz en grito que si una campesina semianalfabeta podía pescar truchas con sus escritos, ellos también. Las risas pronto llenaban el valle al contemplar risueños los aldeanos el enfado de los ilusos, que esperaban hasta al anochecer en vano que sus citas picasen.

Por eso, cuando aquel periodista de la gran ciudad preguntó al más viejo de la aldea roja por el misterio de tan sobrenatural gracia éste le dijo: "Es inútil explicar esta habilidad; se tiene o no se tiene. Ocurre entre nosotros, los habitantes de la aldea. Entre los de fuera es común, en cambio, no tener ese don. Hemos sido bendecidos, algunos de nosotros, con la facultad de ser leídos." El periodista no quedó satisfecho con una respuesta que resultaba evidente. Quiso saber más y se dirigió a la casa de Jun.

En la puerta una niña de ojos grandes le esperaba. La hermana de Jun quería besar al joven periodista, pescar su particular trucha. Divertido accedió al capricho de la niña; detrás de la escena de niña besando a hombre apareció la mujer pescadora con citas. "Qué desea de nosotras". Al periodista la voz de Jun le sonó como si estuviese leyendo en voz alta un proverbio. "Quiero desvelar el misterio de la pesca con citas". La reciente pescadora se pasó una mano por su pelo con el mismo gesto de lanzar el sedal. "Solamente puedo decir lo que pienso, no la verdad de este don." Es suficiente, para mí; dijo un atribulado periodista.

"Todo el mundo quiere descubrir cómo pescamos con citas en la aldea roja, pero nadie se ha preguntado nunca cómo es posible que las truchas sepan leer." La joven tomó de la mano a su hermana y niña y pescadora cruzaron el umbral de su casa, despareciendo de la vista del periodista. Mañana Jun escribiría otra cita, quizás ideada por su propia mente, y la lanzaría por encima de su hombro a las aguas de los peces lectores.


Gustavo A. Ordoño Marín ©



Fuente de la fotografía:
http://siemprehaciaeloeste.files.wordpress.com/2011/06/pokhara-40.jpg?w=346&h=500

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