La batalla del Ebro, una ofensiva que intentó cambiar la historia

El rápido cruce del Ebro en barca de las fuerzas republicanas

24 de julio de 1938, al filo de la medianoche, tropas republicanas comienzan el cruce del río Ebro por sorpresa. Es un plan militarmente perfecto y llevado a cabo en el más absoluto secreto por el Estado Mayor del Ejército Popular. Se emplearon barcazas de todo tipo, construyeron puentes y se vadeó el río para que los cien mil hombres emplazados en la ribera norte, al mando del coronel miliciano, Juan Modesto, pudieran comenzar la ofensiva que suponía la última oportunidad de sobrevivir de la República.

General Vicente Rojo, en la batalla del Ebro


El héroe de la defensa de Madrid, el militar fiel a la República que consiguió frenar el avance franquista, fue el estratega de la operación. El general Rojo era Jefe del Estado Mayor y tras la llegada de los ejércitos de Franco a Castellón, aislando Cataluña de la zona centro y Valencia, piensa en abrir un nuevo frente que permita recuperar el contacto con Madrid.

El lugar elegido por el general Rojo fue la comarca catalana de Terra Alta, una zona montañosa al suroeste de Tarragona. Ese abrupto terreno piensa será el ideal para contrarrestar la mayor capacidad en artillería y aviación del llamado “Ejército Nacional”.

La bautizada como Agrupación Autónoma del Ebro abrirá una brecha de unos 40 kilómetros, frente a una 50º División del general Yagüe sorprendida ante el inesperado ataque y barrida en menos de 48 horas. Ese avance victorioso causó estupor entre los generales franquistas porque no veían al enemigo capaz de organizar esa osada ofensiva, con zapadores tan eficaces para cruzar el río.


General Franco,  en la batalla del Ebro


Existía malestar en el bando franquista porque Franco no se decidía a tomar la debilitada Madrid; había concentrado sus mejores unidades en el asedio a Valencia, que resistía y no era conquistada. Pensaba que era crucial cortar el acceso marítimo y vía de suministros a Madrid, ocupando la capital valenciana. La ofensiva del Ebro llegó a convertir las siempre tímidas críticas a Franco en quejas algo más consistentes.

Desde un punto de vista puramente militar Franco no se equivocaba, su estrategia era la más acertada aunque la que menos resultados vistosos conseguía. Al otro lado, el estratega militar republicano, el general Rojo, tampoco se equivocaba. La principal apuesta con la ofensiva del Ebro era descongestionar el frente de Levante, insuflar ánimos a los resistentes de Valencia y elevar la moral de Barcelona, temerosa de ser la próxima en caer.

Estrategias políticas, en la batalla del Ebro


Pero todas estas estrategias militares tenían detrás una vertiente política que las motivaba. El gobierno Negrín sufría una crisis interna, la derrota en la batalla de Teruel supuso la desmoralización republicana y la desconfianza entre sus ministros. La ofensiva del Ebro pretendía ganar tiempo y así cambiar el curso de la guerra, conseguir moral y un corredor de suministros y alimentos. Cara al exterior era demostrar que la República no estaba derrotada.

Franco, en cambio, no tenía una sutil estrategia política. Era evidente que anteponía su visión militar y cruel a cualquier planificación política. Desoyendo a sus asesores y, mucho más, despreciando las críticas veladas, Franco ordenará llevar al Ebro a sus mejores cuerpos de ejército y concentrar toda su maquinaria bélica, los numerosos aviones y tanques de Hitler y Mussolini, para la total aniquilación del Ejército del Ebro, fuerza que consideraba la mejor de la República.

Una ayuda que no llega


La tenacidad de Rojo a resistir estaba influida por la necesidad de Negrín de conseguir aliento para una moribunda República que se agarraba a la esperanza de que las democracias se decidiesen a ayudar al gobierno legítimo republicano. Azaña les intentaba demostrar que la guerra de España contra el fascismo era solamente la antesala de una lucha que se extendería por toda Europa.


Los gobiernos democráticos parecen estar más preocupados por proteger sus intereses económicos en la península que por las implicaciones políticas que les supondría ayudar a la República. Finalmente, el Pacto de Munich otorga, ante la miopía europea, Checoslovaquia a los deseos expansionistas de Hitler. Ahora toda esperanza de ayuda a la República se desvanece, pues prevalecerá la política de “no intervención”.


La batalla del Ebro, una barbarie del siglo XX


Sin el apoyo logístico que esperaban recibir los cuerpos de ejército republicano la resistencia se presentaba inútil. Durante casi cuatro meses ofrecieron una valiente defensa en inferioridad de condiciones, con constantes bombardeos artillados y de la aviación, sin ser expulsados de la orilla que habían cruzado hasta la voluntaria retirada de mediados de noviembre de 1938.

El balance final fue dantesco. El número de muertos en el bando republicano se calcula fue de 12.000 combatientes y en el franquista las cifras estarían en la mitad, unos 6.000; la batalla del Ebro fue la más larga y la que tuvo más bajas de toda la guerra civil. Las cifras más consensuadas hablan de unas 100.000 sumando ambos bandos, entre muertos, heridos y prisioneros.


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