Albert Speer; ¿el nazi bueno?


Albert Speer en el juicio de Nuremberg. Imagen libre de Wikipedia

Era una cacofonía semántica muy hiriente a los oídos sumar el adjetivo ‘bueno’ al sustantivo ‘nazi’. El mito de que el arquitecto predilecto de Hitler, el que iba a construir el nuevo Berlín de arriba abajo según el gusto imperial-operístico del tirano, era un hombre culto, pacífico, encantador e ignorante del horror del holocausto judío, se desmoronó tras los nuevos documentos y datos investigados que dan fe de su responsabilidad y conocimiento del plan de exterminio del pueblo judío, conocido como la ‘Solución Final’.

Albert Speer, ¿un nazi arrepentido?

La defensa de Speer en los juicios de Nuremberg se basó en la ingenuidad y desconocimiento profundo de las deportaciones, encarcelamientos y asesinatos masivos de la población judía europea bajo dominio del III Reich. Cuando el Tribunal Internacional constituido en la ciudad sede de los mayores eventos populares nazis, Nuremberg, proyectó las películas filmadas por los aliados tras “liberar” los campos de concentración y todos vieron las horrendas imágenes evidencia de los crímenes juzgados, el arquitecto y ministro de armamento, Albert Speer, cambió de estrategia y fue el único nazi juzgado que expresó público y notorio arrepentimiento.

De carácter tímido y tranquilo, tenía también grandes dotes para la actuación y un encanto seductor que usaba con sus círculos sociales, tanto que en el juicio de Nuremberg contó con las declaraciones a su favor de un nutrido grupo de ex colaboradores y de otros jerarcas nazis juzgados. Esa seducción de hombre refinado y culto tampoco pasó desapercibida al mismo Adolf Hitler. En el testimonio de Speer en Nuremberg reconoció que si el führer hubiese tenido algún amigo íntimo, ese hubiese sido él, Albert Speer. Las razones, que Hitler se encontraba más a gusto con este intelectual y profesional liberal que con la “masa” popular nazi o con los jefes militares.

Los documentos que iniciaron las sospechas de su falso testimonio

Haciendo “teatro” Speer se salvó de morir ahorcado. Esa es la conclusión que se extrae tras las investigaciones de unos documentos de la SS que en 2005 salieron a la luz. Mostrando arrepentimiento, congoja y empatía sobre los horrendos crímenes del Holocausto consiguió, asegurando hasta el último día de los juicios que él nada sabía de este crimen de masas, que la pena de muerte fuese cambiada por una condena de 20 años de prisión. La cumplió integra hasta 1966.

Asumir su responsabilidad y culpabilidad en el otro crimen del que era juzgado, el empleo de mano de obra esclava, basado en el trabajo forzoso de centenares de miles de prisioneros, le ayudó a salvarse de la horca. Si se hubieran encontrado los documentos perdidos de la SS sobre los proyectos de ampliación, ideados por Speer, del campo de Auschwitz, su final en el juicio de Nuremberg hubiese sido otro.

Escribiendo sus memorias en Spandau

La famosa cárcel de Spandau sirvió de prisión a la mayoría de los jerarcas nazis que no fueron ajusticiados a muerte. Rudolf Hess, el estrambótico líder nazi que voló a Inglaterra para intentar firmar la paz con Reino Unido, por ejemplo, fue compañero de Speer. El arquitecto de Hitler escribió en ella sus “Memorias”, donde a pesar del tono presumido con el que “autoalaba” su obra arquitectónica, son un imprescindible documento para conocer por dentro la vida en la élite del Tercer Reich.

Con esas memorias y otros libros, como ‘Diarios de Spandau’, fue en la décadas de los 60 y 70 de plató en plató de televisión aprovechándose del morbo que generaba contar con la presencia de alguien que vivió tan cerca del “demonio” del siglo XX, Hitler. Hasta su muerte en Londres en 1981, y mucho después, consiguió vestir su persona con la imagen de un hombre arrepentido y un estadista menor, dedicado solo a ser eficiente en su tarea de proveer de armas al ejército alemán.

En sus autobiografías y declaraciones reconoció las crueldades e injusticias de los campos de concentración como el de Auschwitz, pero nunca se declaró consciente y conocedor de las cámaras de gas y del exterminio de judíos del Holocausto. Speer quiso “hacer teatro” para la posteridad, pero no contaba con la sagacidad de la investigación histórica.

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