Nobel de la Paz a la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ)



          El director general de la OPAQ, Ahmet Üzümcü

Los Nobel de la Paz, junto con el de Literatura, son los más populares o que más calan en la opinión pública. Muchas veces son controvertidos porque existen en ellos una clara concesión motivada por el protagonismo político del sujeto o la organización que lo recibe, como fue el caso del otorgado al recién nombrado presidente Obama en el 2009 y a la Unión Europea en 2012. En el caso de este año la concesión del Nobel de la Paz a la OPAQ (Organización para la Prohibición de las Armas Químicas) también tiene una clara intención y vocación política, aunque afortunadamente esas intenciones son loables en el marco de una “cultura de Paz” y dentro de la actividad internacional de las Naciones Unidas.

Cuando las cuestiones principales en las relaciones internacionales giraban en la ONU sobre el debate bizantino de quién es el perverso responsable de utilizar armas químicas contra civiles en el conflicto sirio, es más que oportuno otorgar el Nobel de la Paz a una entidad que aboga por la desaparición y destrucción del arsenal mundial en armas químicas y bacteriológicas. Estas armas son tan viejas como el hombre, pero se sofisticaron a partir de la Primera Guerra Mundial. Son antiguas porque lanzar por encima de una muralla de un castillo asediado un animal o una persona infectada con la peste o cualquier otra enfermedad contagiosa era el origen evidente de las armas “químicas”.


El premio a OPAQ llega en el momento justo, ya que hemos estado al borde de un nuevo conflicto a escala mundial por el asunto de las armas químicas usadas, presuntamente, por el régimen sirio de Bashar el Asad, contra una barriada llena de civiles por el solo hecho de albergar el grueso del frente rebelde en Damasco. La intervención militar (estadounidense, más que nada) se ha logrado evitar con la aceptación por parte del régimen sirio y de los rebeldes de la destrucción de su arsenal químico, tarea encomendada principalmente a esta organización recién premiada con el Nobel de la Paz.

Su origen está en un tratado internacional de 1997, la Convención sobre la Prohibición del Desarrollo, la Producción, el Almacenamiento y el Empleo de Armas Químicas y sobre su destrucción (CAQ); para llevarlo adelante se constituyó esta entidad internacional (OPAQ), exceptuando cuatro no firmantes, Corea del Norte, Angola, Egipto y Sudán del Sur, el resto de la totalidad de los países de la Tierra están adscritos a ella; pues Siria que no lo estaba acaba de pedir su firma. Israel y la antigua Birmania (Myanmar) aunque firmantes aún no lo han ratificado.


Es un trabajo de vigilantes de la paz y de la “guerra limpia”, pues deben eliminar todas las armas químicas encontradas en zonas de conflicto o en los arsenales de países con pasado reciente conflictivo y que como firmantes deben facilitar el acceso de esta organización; deben también procurar que no se vuelvan a fabricar armas de este tipo. En resumen, el premio está más que merecido en comparación con otros años, aunque a título personal hubiera preferido la concesión a la joven pakistaní Malala Yousafzai, activista en su país y Afganistán por los derechos de las niñas y jóvenes musulmanas a recibir educación, que como recordarán fue agredida de forma sádica, con ácido que le quemó su rostro. Bueno, Malala es joven y su futuro de paz debe ser el nuestro, quizás el año próximo.

Fuente de la fotografía:
http://www.lavanguardia.com/internacional/20131011/54390900487/nobel-de-la-paz-2013-lucha-contra-armas-quimicas.html




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