La larga noche del 9 de noviembre: la "Noche de los cristales rotos"




Un 75º aniversario en este 2013 de un hecho luctuoso. En la noche del 9 y la madrugada del 10 de noviembre de 1938 grupos de exaltados rompieron los escaparates de los negocios de propietarios judíos, quemaron locales, lincharon a personas por toda Alemania y Austria. El incidente tenía apariencia de espontaneidad, la llama de la ira fue encendida por el supuesto asesinato de un funcionario nazi en París cometido por un adolescente judío. El odio racial, el pogromo de la noche del 9 de noviembre ha sido visto como excusa "ideológica" para crear el monstruo del Holocausto.

Incitación al odio

Entre los miles de seguidores de Hitler y su partido no hacía falta mucha predicación del odio racial. Literalmente en su libro ideario, “Mein Kampf”, el canciller alemán predicaba que la raza aria germana era la “raza de los señores” (Herrenvolk), una raza superior que tiene que someter y dominar a las otras razas inferiores. Como “ente superior”, la raza aria necesitaba conquistar territorio, “espacio vital”, para desarrollarse porque solamente ella puede y debe alcanzar la plenitud civilizadora.

Con semejante planteamiento era fácil imaginar quien era el objetivo principal de su racismo. Los judíos convivían durante siglos en Alemania y Europa central con los otros pueblos. A la opinión pública alemana desde su llegada al poder fue preparándola para el odio, sentir rechazo por los seres que viciaban la pureza de los arios, incitando a la violencia contra todo lo judío. La chispa incendiaria del 9 de noviembre de 1938 fue el disparo de salida perfecto para la sinrazón nazi contra los judíos, a los que hacían responsables de todos los males sufridos por Alemania (el Tratado de Versalles, el peligro bolchevique, la crisis económica, el bloqueo de algunos productos alemanes… )

La larga noche del 9 de noviembre

El funcionario alemán de la embajada de París cuya muerte desencadenó la ola de violencia contra los judíos por todo el Reich era Ernst Von Rath, secretario que agonizaba en el hospital desde que el 7 de noviembre le disparase el joven judío de origen alemán, Herschel Grynszpan, que había huido a Francia cuando empezó la hostilidad nazi.

Por lo que relató una vez que le detuvieron (no ofrecería resistencia a la policía francesa) actuó en un arrebato de ira, sus padres le escribían contando su penosa situación en los campos de internamiento creados en la frontera polaca con Alemania. Hitler estaba deportando a todos los judíos alemanes con orígenes polacos y el gobierno de Polonia se resistió inicialmente a esa “invasión” pacífica, creándose un conflicto diplomático y campos de internamiento en la tierra de nadie.

Noche de locura colectiva

El hecho de que nada más conocida la noticia de la muerte en París del diplomático alemán, que fue bien entrada la tarde, la información llegase a Alemania más rápida que un reguero encendido de pólvora, hizo sospechar desde el principio la orquestación de un plan organizado desde el ministerio de propaganda alemán, del sagaz Joseph Goebbels, con la ayuda diligente de los funcionarios del ministerio de exteriores.

Al grito de venganza, aprovechando un discurso que celebraba en Munich, Goebbels, anima a los presentes a “hacer justicia”; miembros de la SA (tropas de asalto), de las juventudes hitlerianas, pero también ciudadanos anónimos alemanes y austriacos ciegos de ira, se lanzaron a una alocada noche de violencia, destrozos de negocios, quemas de sinagogas, profanación de cementerios judíos…con la policía y los bomberos mirando a otro lado.

A la mañana siguiente

La violencia y los actos vandálicos continuaron a la mañana siguiente del 10 de noviembre de 1938. Las cifras, empezando por las pérdidas económicas, son muy inexactas. El régimen nazi ocultó el balance de horror y muerte que supuso esa “Noche de los cristales rotos”, intentó que no trascendiese como actos criminales, dándole el rango de simples disturbios. Sin embargo, esos hechos dañaron la imagen del partido nazi, incluso entre los muchos simpatizantes europeos y norteamericanos que tenía en los años treinta.

El número de víctimas más aceptado es el del centenar de muertos, pero a nivel económico y material el cálculo es impreciso. Aunque resulta evidente todo el perjuicio cultural, humano y social que supuso la destrucción de prácticamente todas las sinagogas de Austria y Alemania, los hospitales y colegios judíos, los negocios, las pequeñas empresas y las casas de miles de judíos.

Entonces nadie lo podía siquiera imaginar, pero esa noche terrible solo fue una gota en el océano de la locura que se conocería como “la solución final”. Sería una gota bastante significativa: 30.000 judíos fueron arrestados por el mero hecho de serlo y llevados a campos de concentración. Prohibieron que los judíos volviesen a abrir negocios y que cobrasen los seguros por los daños. Les negaron el acceso a los servicios públicos. Les privaron, en resumen, de la vida.

Comentarios