La Cooperación Española cumple 25 años

             Mapa de los lugares donde interviene la Cooperación Española

La vida pueda dar mil vueltas en otras mil direcciones o girar sobre uno mismo para llegar al mismo sitio. En mi caso con la agencia de Cooperación Española fue un giro de estos últimos, de 360º. Un vértigo que no pasó de una vuelta sobre mis talones. Corría el año 1990 y la recién creada institución oficial de ayuda al desarrollo buscaba voluntarios. Apenas traspasada la veintena de años y en plenos estudios universitarios la idea de ser cooperante me atraía. En esos días no era consciente que tal tarea llegaría a convertirse en “un oficio”. El voluntariado es un trabajo profesional en la actualidad y hace más de veinte años la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) tenía aún cierto aire de aventura y sus propuestas de colaboración eran algo más parecido a tomar “los votos” en una misión religiosa.

Estudiaba Comunicación y existía la posibilidad de ir a Nicaragua a ser asesor de formación en una cadena de radio de Managua. Se necesitaba formar a jóvenes periodistas nicaragüenses para montar una estación de radio a semejanza de la Radio Nacional de España (RNE). Aunque estudiaba periodismo y relaciones internacionales y además me apasionaba la Historia y me atraía todo lo relacionado con América Latina, no era muy consciente de lo que esa propuesta de colaborador suponía en realidad. El Sandinismo estaba tocando a su fin, Violeta Chamorro, la candidata antisandinista había ganado las elecciones democráticas en febrero de 1990 y se disponía a reconstruir el país al estilo neoliberal capitalista; vamos, al uso e interés del Gran Hermano Americano (EEUU).


En principio la ingenuidad y la intrepidez de mi juventud me hacía ciego a los matices de ese proyecto de ayuda a la nueva Nicaragua e inmune a los posibles riesgos que la inestabilidad social que aún existía me pudieran acarrear. Estaba muy convencido de que mi futuro inmediato pasaba por vivir esa experiencia americana, pero el resultado final fue que seguí en España y no volví a pensar más en programas de cooperación. Todavía le doy vueltas al asunto y no estoy seguro del por qué giré sobre mí mismo y no hacia Centroamérica. Supongo que en el fondo no tenía madera de cooperante.

Ahora la Cooperación Española cumple 25 años de ayuda al desarrollo y al bienestar social, centrándose sobre todo en América Latina. Su labor es encomiable y según sus estatutos también quiere ser representante del espíritu solidario de la ciudadanía española, por lo que en el fondo “algo cooperante” me siento. Por fortuna en estas dos décadas y media muchos otros ciudadanos sí tuvieron madera de cooperantes y el bagaje de la actividad de la AECID es para sentirse orgulloso. En estos días la Cooperación Española es de las pocas cosas motivo de orgullo de y en nuestro país.

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