Mandela y la muerte del ser humano


Una vez escuché a alguien decir algo que me impactó, que me resultó perturbador. "Los negros huelen raro, es un olor muy fuerte...huelen mal". Yo tendría unos 13 o 14 años y la persona que decía esa estupidez era una mujer que tenía en ese momento mi edad actual (más de 40 y menos de 50), era una tía política, la mujer del hermano mayor de mi padre. Una señora a la que la vida le sonreía, atractiva y de melena larga y rubia, siempre vestida con ropas ceñidas, escotes sugerentes. Reconozco que mis hormonas adolescentes tuvieron más de una ración de sensualidad ante esas curvas maduras llenas de experiencia sexual. La conversación era entre "los mayores" de la familia y no sé porqué surgió ese tema, pero nadie le dijo qué barbaridad o qué tontería racista. No recuerdo si dije algo, los adultos me dejaban estar en sus sobremesas pero no hablaba mucho, aunque puedo asegurar que esa frase se me quedó grabada a fuego.

Cuando esa rubia, blanca y de rasgos germanos (la confundían en España con una extranjera) soltó esa "perla", Mandela aún estaba en la cárcel de Robben Island y en su país el odio racial era el sistema social implantado con tal naturalidad que parecía una broma de mal gusto: una minoría blanca y procedente de otro continente dominaba a la mayoría negra, autóctona africana con raíces tribales milenarias. Quedaba aún bastante tiempo de odios y de abismo con posible caída hacia la contienda civil antes de que el futuro presidente Mandela saliese de la prisión en 1990.

Durante ese tiempo intenté comprobar si los negros olían raro y si ese era el motivo por el que los blancos no les dejábamos vivir en paz. La verdad no fue tarea fácil, pues en los años 80 las personas negras no abundaban en la cotidiana y tranquila vida de un adolescente español. Alguna que otra vez agudizaba el olfato cuando compartía el vagón de metro con algún joven emigrante negro; la cuestión es que nunca supe determinar si el olor raro provenía del joven de color - negro- o del ejecutivo de color - blanco- trajeado y con corbata.


Nelson Mandela sale de la cárcel en la década de los noventa, aunque dentro de la misma lleva años de conversaciones con sus opresores blancos para preparar la transición a la democracia y el fin del Apartheid. Él se ofreció a que le oliesen, a desvelar de una vez por todas el misterio, fue el primero y sin contrapartidas que tendió su mano, su piel, para convencernos por fin de que los negros no huelen raro. Y lo hizo sin contar con sus fieles seguidores negros del CNA (Congreso Nacional Africano) porque sabía que entre ellos muchos no iban a entender ese grandioso y soberbio gesto conciliador, que lo que tocaba era venganza por tantos años de opresión y humillaciones a su gente. Pero, no, Mandela se dejó oler y olía muy bien.

Durante mi vida universitaria y de joven que se inicia en el “mundo adulto”, en la cruda realidad laboral, transcurrieron los años de protagonismo mundial y político del ya presidente Mandela. Ese hombre negro era un ser humano con un olor a “ángel”, a ser divino, porque de otra forma no se puede entender, si no es gracias a su arrebatadora fragancia que pudo conquistar el corazón de racistas como Frederik de Klerk. Su buen olor evitó una guerra civil y convirtió a Sudáfrica en un ejemplo de país multirracial y multicultural. Si me dejan y aún están leyendo este texto les cuento otra anécdota que me recordó a Mandela.

A finales de los años 90 en Madrid (España) se podía tener más oportunidades de conocer a personas negras, la emigración era un fenómeno a la inversa; España de país de emigrantes que salían a buscarse la vida se había convertido en receptor de migrantes. Cientos de miles de personas llegaban al país en la época de bonanza económica, trabajaban y sus hijos estudiaban. En una buhardilla de becarios, recién empleados y estudiantes varios de ellos jugábamos al casi adolescente juego del “teléfono estropeado”; una forma indirecta de subir la sensualidad que ya rezumaba en el ambiente. Justo a mi izquierda tenía sentada a una chica angoleña, una belleza africana (y disculpen la tosquedad descriptiva, pero no hay otra manera). En un momento del juego el mensaje que tenía que susurrarme al oído estaba muy subido de tono y acababa con un mordisco en la oreja. Sentí su aliento, su calor y su olor. Me fascinó, experimenté de forma directa el bocado de humanidad que Mandela estaba transmitiendo al mundo y supe, con absoluta certeza, lo equivocada que estaba esa tía rubia.

Fuente de la fotografía

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