La decepción turca


Durante un tiempo nos creímos la idea que a través de los medios de comunicación se daba sobre Turquía como motor económico de los países emergentes de Oriente Medio o como espejo donde mirarse todo país del ámbito musulmán que deseara caminar hacia sociedades con mayor nivel democrático, con valores basados en las libertades fundamentales. Así se hacía ver y de esta forma se mostraba al mundo el primer ministro turco Erdogan, sembrando siempre en Europa la duda secular sobre el turco y su afán expansionista que en la actualidad sustituía la invasión militar por el dominio mercantil de la región y su deseo de entrar en la Unión Europea. Los más mal pensados siempre creyeron que las “maneras occidentales” de la administración turca, perteneciente a un partido islamista moderado (¿?), respondían al cortejo y a la seducción que la pasión turca ponía en entrar sin trabas a los apetecibles mercados de la UE.

Las últimas acciones extremas y autoritarias del premier Erdogan, refrendadas en la legitimidad de las urnas, donde de nuevo su partido gana en las últimas municipales celebradas el pasado fin de semana, no sólo han revelado a la comunidad internacional el verdadero rostro turco, sino que también han demostrado una tendencia general que ya hemos “denunciado” en Pax augusta con la aplicación de muchos gobiernos en el mundo de recursos limitadores de libertades para mantenerse, cuando no perpetuarse, en el poder. Envalentonado por su victoria electoral (con todos los medios de opinión pública manejados a su interés), la amenaza bravucona de Erdogan advirtiendo a sus adversarios políticos con que “habrá consecuencias” por las denuncias de corrupción vertidas contra él y su gabinete, no hace más que refrendar todo lo dicho.


¿Qué habrá pasado para sacrificar gran parte de lo caminado hacia la integración en la UE? La respuesta más evidente es que el poder desgasta y Erdogan lleva en él mucho tiempo; su popularidad parece -sólo lo parece- seguir intacta o sus triunfos electorales responderían a que existe aún una masa social de turcos que ve en él al dirigente que desean para una Turquía moderna pero a la vez islamista moderada, bien posicionada ante el mundo islámico. Sin embargo, ese desgaste se muestra palpable en una parte de la sociedad turca, más occidentalizada, que usa las redes sociales de Internet y que está en el mundo con una visión de ellos mismos y de Turquía que difiere de base y en esencia con la que mantiene la Administración turca, que en el fondo representa a otra generación de turcos menos “globalizados”.

En realidad estamos siendo testigos de un autoritarismo de partido, el del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, en sus siglas en turco) que lidera Erdogan; cuando por fin aparecía el debate en la sociedad turca y se vislumbraban ciertas posibilidades de alternancia política, el AKP, que no ha perdido unas elecciones desde su fundación en 1991, sigue encaminado a “institucionalizarse” en el poder, con el peligro para la democracia turca de repetir “modelos” de tan funesto resultado en Siria o Irak (las “autocracias” del partido Baasista).


La esperanza es lo último que se pierde, aunque la paciencia gran parte de la sociedad turca la puede perder rápido ante la evidente deriva autoritaria del poder en Turquía. Las evidencias llevan a este razonamiento; como ya hicieron otros mandatarios en su país para mantenerse en el poder presionando al electorado con la idea de que son los “elegidos” y deben continuar en el gobierno para demostrarlo, Erdogan planea perpetuase en lo más alto hasta 2023, coincidiendo con el centenario de la fundación de la República turca por Atatürk; como los estatutos de su partido no le permiten una reelección más al puesto de primer ministro, se cambiará la Constitución para que el presidente, puesto al que sí podría optar, tenga más atribuciones de las que ahora tiene. Otra nueva decepción que vivimos (estamos pensando en Venezuela, Egipto…) en Pax augusta.

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