Trabajo o no trabajo, esa es la cuestión


Una de las citas más célebres de la Historia no fue pronunciada por un prohombre o salió de los inteligentes y delicados labios de una mujer forjadora de civilizaciones. La cita en cuestión estaba sobre la puerta del infierno. En letras de bronce o de hierro solía forjarse una frase lapidaria que enmarcaba la entrada a muchos de los campos de exterminio y de trabajos forzados del régimen nazi entre los años 30 y 40 del pasado siglo XX. Quizás el más famoso es el de la imagen, la del campo también célebre e icónico de Auschwitz, pero era la tónica general tener ese eslogan, de ecos bíblicos (es una versión amañada del “la Verdad os hará libre”, de la Biblia), en la mayoría de los campos de concentración nazis.

A estas alturas del texto queda claro que me estoy refiriendo a la frase: “El trabajo os hará libres”, Arbeit macht frei, en alemán. Según los traductores al castellano de esta cita existe en su sintaxis cierta ambigüedad, pues su construcción es impersonal y se refiere al trabajo como manera de librarse de algo, de liberarse, sin concretar de qué. La ironía malvada es evidente en el tipo de bienvenida que se quería dar a los prisioneros de los nazis cuando llegaban a los campos. Si pones la frasecita en Google encuentras hasta usos actuales y polémicos de campañas publicitarias de empleo, comentarios atroces neonazis o las más insólitas referencias sobre el verdadero sentido de la frase.


Hasta en su sintaxis, para nuestro espanto, podemos encontrar el concepto más ligado al trabajo, el de la dignidad. La idea de que el trabajo dignifica y proporciona libertad llegó hasta nuestras sociedades democráticas y opulentas en forma de derecho y deber ciudadano. Sobre todo gracias a los Estados del bienestar occidentales esa idea del trabajo, aceptada por dirigentes y ciudadanos, como derecho y deber en todas las Leyes de leyes (constituciones) se convirtió en el motor principal del desarrollo social y cultural. Sin embargo, es una concepción del trabajo que está desapareciendo o, como dice nuestro habitual colaborador Luis Pérez Armiño en su blog, se está pervirtiendo.

Ahora las agudas crisis económicas, financieras, las políticas neoliberales de austeridad y de recortes del gasto social o público, han convertido al Trabajo en un privilegio, en algo limitado a unos pocos. Un privilegio crea “castas”. Volvemos a estratificar a la sociedad, pero no en clases sociales donde la clase trabajadora tenía un protagonismo, ahora los estratos son castas enfrentadas. Los que tienen trabajo contra los que no lo tienen. Décadas de lucha laboral y sindical que dignificaron ciertos trabajos (obreros fabriles y agricultores que habían trabajado casi en semiesclavitud) se resumen en “blanco o negro”, tener o no tener.

El margen de debate es ancho sobre cómo ha evolucionado el sentido del trabajo en la actualidad. Algunos viejos debates del estilo de “poder trabajar en lo que me gusta” hasta se han olvidado, ahora prima conseguir uno en lo que sea y a toda costa para dejar la incómoda "casta de los desempleados". Es paradójico pero trabajar en lo que uno desea o siente más interés se ha convertido en sinónimo de ruina, de trabajos precarios o deseos inalcanzables porque ya no hay trabajo ni para el que se lo procura por sí mismo; es decir, un profesional liberal con buen oficio es probable que no encuentre quien le pague su trabajo. Las empresas parecen montarse únicamente para obtener beneficios rápidos y suculentos, sin que sea necesario crear puestos de trabajo. El empresario y el gran directivo de las corporaciones son las únicas personas que siguen sintiéndose como el Adán del paraíso antes de ser expulsado: la economía es su maná y los castigados con “sudar” que se busquen la vida.

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