Ferguson y el racismo incurable

Obama de niño con su madre. Fuente: AP

Una idea ha quedado clara tras los altercados y protestas sociales en Ferguson, Misuri, y es que el racismo no ha dejado de existir en Estados Unidos. Es seductor pensar que tener un presidente negro, elegido con amplias mayorías sociales, sería el indicativo de que el racismo está superado, que la segregación racial era cosa de la historia, reciente eso sí, pero del pasado al fin y al cabo. No se puede menospreciar el dato, en una sociedad tan crispada por la tensión racial desde el momento mismo de su nacimiento como país, que un mestizo (olvidamos que la madre de Obama era blanca) llegue a la Casa Blanca y que eso no sea un gran paso para la superación de las actitudes racistas.

Sin embargo, la presidencia de Obama no se está caracterizando por políticas sociales integradoras de las minorías, más allá de su proyecto (ya muy mermado) de sanidad universal y subvencionada (imposible ser gratuita en el paraíso del capitalismo) que beneficia, obviamente, a los colectivos menos favorecidos, que suelen ser en su mayoría la población negra e hispana. La muerte del joven negro Michael Brown, tiroteado por un policía blanco, algo habitual en los “sucesos” que llegan cada día a las redacciones de los medios estadounidenses, ha llegado a trascender tanto a nivel mundial por las “ganas” de reproches que se tenían a EEUU y a Obama; además de por la pésima gestión policial y política de la crisis generada tras las protestas iniciales.

El reproche al presidente Obama era evidente. Cómo un miembro de la comunidad afroamericana que ha llegado a ser el hombre más poderoso del mundo no hacía nada contundente y efectivo para resolver ese conflicto que tan mala imagen estaba dando al país. El reproche a EEUU era más obvio. Cómo una nación autoproclamada garante de la democracia y libertad a nivel internacional, defensora de los derechos humanos, con unos niveles de bienestar (incluso en las “regiones pobres”, como Misuri) que ya los quisieran muchos, reprimía con dureza policial protestas pacíficas de ciudadanos por la turbia explicación oficial de la muerte de este joven negro.


Ha sido el agosto, nunca mejor dicho, de aquellos países y regiones geopolíticas que mantienen tirantes o malas relaciones con Estados Unidos. ¡Cómo si esos reproches les hiciese a ellos, de repente, mejores! China ahora puede seguir maltratando los fundamentos de los derechos humanos con la conciencia más tranquila. Cinismos aparte, las protestas de Ferguson han sido magnificadas por los medios de comunicación internacionales de línea editorial anti estadounidense (sobre todo rusos y latinoamericanos, que han disfrutado de lo lindo con esa mala imagen de la superpotencia). Esa malintencionada sobredimensión es evidente, también, pues Ferguson no ha sido el caso, ni mucho menos y a pesar de lo mal gestionado por la autoridad local, de Los Ángeles en 1992 con los disturbios graves tras la muerte de Rodney King.

No obstante, las conclusiones en este nuevo incidente deben suponer una más que necesaria “revisión” de los estadounidenses a la idea de que el enfrentamiento racial era algo del pasado; que el racismo era una "enfermedad social" superada. Las encuestas sobre opinión pública del incidente ponen en evidencia que los prejuicios raciales siguen muy vivos. Entre la población blanca, incluso entre minorías como la asiática y la hispana (el vigilante que mató en Florida a otro joven negro, Trayvon Martines de origen hispano), el prejuicio de asociar raza negra con criminalidad está arraigado y muy extendido.


Los datos hablan de que la enfermedad de la “brecha racial” persiste o peor,  que… ¡¿el racismo es una enfermedad incurable en la sociedad estadounidense?!

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