Árboles caídos

Uno de los árboles caídos en Madrid: fuente E.M.
En Madrid aún viven muchas personas que emigraron a la gran capital durante los años 60 y 70 del pasado siglo XX. Estas gentes, hombres y mujeres, ancianos jubilados en su mayoría, saben de campo; se han criado en pueblos y han tenido como actividad habitual, antes de emigrar, las tareas agrícolas desde que eran niños. Muchos están regresando a sus pueblos y en sus fincas cultivan la tierra para entretener la vejez y complementar la jubilación. Nunca vienen mal los cinco kilos de patatas, el de acelgas o los dos de judías verdes que nos regalan los vecinos jubilados cuando hacemos los hijos y nietos las visitas de fin de semana o de vacaciones a estas localidades rurales. Son de una generosidad abrumadora, ya la quisiéramos para esos pre jubilados de la gran banca o para los políticos de "gran trayectoria" que se retiran sin tener más objetivo que la "auto generosidad" egoísta que les garantice su siempre elevado nivel de vida.

Cuento esto porque una de estas personas criada en el ámbito rural me hizo una observación esta pasada primavera que ha acabado siendo noticia triste: la excesiva caída de árboles en Madrid que ya ha provocado la muerte de dos personas y daños materiales en parques, viviendas y automóviles. Caminando por una avenida flanqueada por árboles altos me dijo: "estos árboles no son de hoja caduca y mira cómo están, todas las ramas blanquecinas y las hojas amarillentas con manchas, pecas, negras". Es verdad, fue lo único que dije porque me reconocí sorprendido, como urbanita no me suelo fijar en esas cosas. Ella continuó hablando: "están enfermos, ya no los cuidan como antes, serán los recortes de dinero; hay muchos podridos y ya veremos este otoño".


No hizo falta llegar al otoño. Este pasado verano la caída de una gran rama en el Parque del Retiro de Madrid mató a un hombre joven, resguardado en la sombra del árbol mientras vigilaba a sus hijos en unos columpios próximos. Es una de esas noticias que te dejan pensando "esa persona podía haber sido yo". Luego hubo otros casos, con la mala fortuna de otro hombre, un anciano, fallecido por caerle un árbol encima mientras paseaba. Tantas casualidades fatales llamó la atención de la prensa y tuvo unas declaraciones públicas de las autoridades municipales, que aseguraron estudiarían la cuestión en serio. Han sido más de veinte caídas registradas de ramas o árboles en apenas dos meses, y no parece haber parado el problema.

La paradoja es de una ironía muy sangrante. Una ciudad llena de jubilados que se criaron rodeados de viva naturaleza y que ante sus ojos la naturaleza que convive con la urbanidad, árboles de parques y calles, se marchita y se pudre porque no usan el dinero de sus impuestos para cuidarla. No hace falta investigar mucho. Los sindicatos de los funcionarios encargados de jardines y parques ya lo advirtieron, hacía falta más jardineros y no se contratan por falta de presupuesto; los que siguen trabajando lo hacen con menos medios y teniendo más trabajo, descuidándose el cuidado de la naturaleza urbana. 

En otra entrada del blog hablaba de un relato que escribí de joven sobre unos árboles indignados por la brutalidad medioambiental de los hombres y como comenzaban a vengarse asesinando a personas, usando sus ramas para asfixiarnos y aplastarnos. No dejaba de ser un relato fantasioso de un crío de 16 años, aunque ciertas realidades hacen de la ficción casi un hecho documentado. 

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