Diario de una inmigrante latina en EEUU

Fuente de la imagen: RTVE

Acá las noches son muy frías. Cerramos todas las puertas y ventanas y ponemos trapos en las rendijas, el hielo se cuela por todas partes. Escuché ruido en la puerta principal, prendí la luz del living y una sombra se proyectó en la entrada. Era Salvador, mi vecino. ¿Sabes la nueva? Me dijo mientras pasaba sacudiéndose la nieve. No le respondí, atranqué de nuevo la puerta frágil, de contrachapado, y caminé de regreso a mi dormitorio. Allá en la cama estaban mis hijos, Francisco y Graciela. El hueco que mi cuerpo dejó en el colchón se había llenado de aire frío, tiritaban. Me metí de nuevo con ellos, arropándoles y ofreciendo mi cuerpo como una gallina haría con sus polluelos. Desde allí le dije a Salvador que había visto el noticiario.

¿Entonces? Ya no más miedo. La ley es para que no nos deporten. Salvador hablaba en mitad del pequeño cuarto de estar, que hacía las veces de salón y cocina. El dormitorio era una salita adosada, sin puerta, y podía ver a mi vecino, achaparrado pero robusto, un hombre sin cuello y nariz recta de los que abundan en este distrito. Usted sólo lleva en el New York City una década, diez años no son nada. Me reprochaba sin apartar la vista de nosotros, yo escuchaba la respiración de mis hijos, pronto se quedarían dormidos. En cambio, servidor lleva casi los años que tiene usted, Marcela, imagino que unos veinticinco. Uno más uno menos, mucho no puedo errar. Veintitrés, dije sin apenas sacar la cabeza de las mantas.


El País TV. Obama: “La inmigración es lo que nos define como país”
Al presidente Obama no le pude votar, pero mi patrón lo hizo las dos veces. Su hijo le regularizó antes de que llegase esta ley. Es norteamericano de nacimiento, ha estudiado en una universidad pública porque a mi jefe su asesor contable le dijo que pagara impuestos. Paga por todo, por el negocio, por nosotros, sus trabajadores. Tú y yo pagamos impuestos, ¿por qué pagás, no, Marcela? Pues claro, repliqué en un hilo de voz cálido. Así, según el gringo contable de mi patrón, luego podrás llevar a tus hijos a la universidad pública, con las becas, como hizo él, mi patrón. Esta ley es buena, Marcela, no podrán deportarme, podré por fin traer a mi familia. Ni a ti, tú podrás viajar a Chicago a buscar al padre de los chamacos sin temor te paren los de inmigración.

Véngase aquí conmigo, dije sacando medio cuerpo de la cama. Salvador dudó unos segundos, pero apagó la luz y en la penumbra vi agachar su corpachón para quitarse sus botas encharcadas de nieve. Cuando llegó hasta nosotros me retiré encorvando mi cuerpo hacia los niños, levanté las mantas y le dejé migrar a nuestras vidas.


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