Venezuela, el relevo de Cuba en las tormentas diplomáticas

El histórico apretón de manos entre Obama y Raúl Castro. AFP


En España cualquier estudiante de historia o de relaciones internacionales, o el analista diplomático, sabe que Cuba y el régimen de los Castro es "la piedra filosofal" sobre la que han girado todas las mareas diplomáticas, los debates y las polémicas en las relaciones de España con América Latina. El autor de estas líneas se incluye entre los inquietos analistas o estudiosos de esta política exterior española y para empezar ya he cometido un error de apreciación. En estos momentos "históricos y políticos" no debería referirme a Cuba como un régimen personal basado en el poder de los hermanos Castro, aunque sea una definición correcta en términos "técnicos". Siempre que los intereses prevalecen sobre los valores, los primeros cambian el lenguaje de todos los actuantes. La diplomacia comienza por "hablar bien", sin crispación. 

Y los intereses son primordiales ahora, pues estamos en pleno proceso de desbloqueo de las relaciones, a todos los niveles, entre la superpotencia de Estados Unidos y la isla caribeña de Cuba, baluarte de las revoluciones socialistas. El talante de los discursos del presidente Obama y el dirigente cubano Raúl Castro, no es sólo conciliador, resulta de calado trascendental, histórico, pues se habla de "pasar página" sin rencor ideológico o cultural. "La Guerra Fría ya terminó", dijo tajante Obama. "No estoy interesado en disputas que francamente empezaron antes de que yo naciera", apuntó al indicar que lo busca es "resolver problemas" trabajando y cooperando con toda la región.

En la Cumbre de las Américas 2015 en Panamá, de recién celebración, toda América Latina pudo comprobar como el "emperador " Obama se hacía con la simpatía social (así lo demuestran las encuestas de popularidad en América Latina) y como Raúl Castro le llamó hombre honesto y sin responsabilidad política en el injusto trato de EEUU a la isla desde hace más de medio siglo. Con este panorama conciliador, la figura del presidente de Estados Unidos perdía símbolo imperialista y presidentes de retorica ultra anti-imperialista se quedaban sin argumentos. Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, el que más. Lo pudo comprobar antes de llegar a la cumbre, cuando su campaña publicista contra el decreto de Estados Unidos que convertía a Venezuela en una "amenaza" internacional no alcanzó las expectativas de difusión y de éxito diplomático esperadas.

Presidente Maduro, fuente imagen

Una resolución del Congreso de los diputados de España, el parlamento con la representación popular y democrática legal y actual (mal que les pese a algunos) del Estado español, pedía la liberación de los políticos de la oposición encarcelados por el gobierno de Caracas sin suficientes causas justificadas. Es una resolución a favor de un "gesto" conciliador, para que se libere a estas personas, no es un decreto político de condena a todo el Estado venezolano, como era el del presidente Obama; sin embargo, Maduro arremetió enseguida con virulencia contra el presidente español Rajoy, su gobierno y el parlamento nacional, con el tono habitual de descalificaciones gratuitas e insultos. El baile de embajadores a consultas volvió a empezar entre Madrid y Caracas, una danza ya un tanto "macabra".

Les parecerá simple el análisis, pero los litigantes son tan simplones y la situación ha llegado a tal inmadurez política que resulta la reflexión más acertada: el presidente Maduro necesita otro "chivo expiatorio" para su errónea y caótica política interna, y como de Obama toca "hablar bien", pues España y su gobierno quedan a mano, como siempre. Lo más correcto y con sentido común que se ha podido escuchar entre los "truenos" de esta nueva tormenta diplomática, es lo que dirigentes de ambos países han comentado, incluidos Maduro y Rajoy, de que Venezuela siempre está, de una manera u otra, en el debate de la política interna de España (sobre todo a raíz de la irrupción de Podemos) y viceversa, Madrid siempre aparece cuando la situación de la política interior venezolana se tensa. 

Supongo que es cuestión de acostumbrarse y dar por hecho que siempre será así. Las relaciones España-América Latina son muy intensas, pasionales, de familia se podría decir. Los gobiernos cambiarán, serán de otro signo o del mismo, y se facilitarán o no con ello las buenas relaciones, pero la "injerencia" (eso que resulta peyorativo en el campo político) continuará presente, porque meteremos y queremos meter "las narices" en el patio de las otras casas de la comunidad de vecinos hispanohablantes. 




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