Lo confieso, soy un indeciso

Los tres candidatos en el 'Debate de El País'. Fuente imagen

Se escuchaba el silencio. Nadie se atrevía a mirar a los ojos al que tenía enfrente, nos esforzábamos por entretener la mirada con cualquier cosa, los móviles estaban prohibidos. Por fin llegó la terapeuta, se colocó en medio del círculo que habíamos hecho con nuestras sillas y lanzó la pregunta que temíamos: “¿quién desea empezar?” No sé por qué pero noté que ahora todos los ojos se posaban en mí. Vacilando levanté mi cuerpo y me puse de pie: “me llamo X, prefiero el anonimato, y lo confieso, soy un indeciso”. La terapia en grupo comenzaba...

Después del primer debate entre los candidatos a presidir España, realizado en la plataforma digital de un periódico de tirada nacional, me imagino a millones de personas necesitadas de seguir una terapia que les ayude a decidir su voto para el Parlamento español el próximo 20 de diciembre. El hecho de que el actual presidente, Mariano Rajoy, candidato del Partido Popular, no quisiera (no pudiera, en su versión) debatir y que el medio de comunicación no aceptase a la vicepresidenta Sáenz de Santamaría como sustituta sólo se debe interpretar como pura estrategia, tanto de un lado como del otro. Es decir, al partido del gobierno estos debates le ayudan menos que a los otros candidatos y El País Digital, organizador del evento, ayuda con su negativa al candidato que apoya.

En resumidas cuentas, tenemos a los tres líderes de los partidos aspirantes y la ausencia del partido que ya ostenta el poder. Un debate de guante blanco, donde las “puñaladas” fueron las previstas y las aportaciones de los programas políticos argumentos de diseño “marketingniano”. Se notaban los consejos básicos que los directores de campaña habían dado a sus candidatos, como el cerco de orina en el pantalón de un borracho. A Albert Rivera que machacase con la crítica al bipartidismo, que Pedro Sánchez alabase la labor histórica del Partido Socialista en estos dos siglos y que Pablo Iglesias rebajase el tono de profesor sabelotodo y se mostrase conciliador, que dijera que “se hicieron cosas bien, pero yo las haré mejor”.

Después de todo ello... el ciudadano X lo confiesa, es un indeciso. El perfil de este ciudadano abunda, según la última encuesta del CIS llega al 25% de la población electoral. Considerando el empate técnico entre tres fuerzas políticas, PP, Ciudadanos y PSOE, y el incierto rastreo que se hace del voto a Podemos, siendo posible mayor intención de voto que la reflejada al partido de Pablo Iglesias, ese porcentaje superior al 20% de indecisos se muestra determinante para dar un triunfo electoral más claro. Lo que ocurre es que los debates sirven menos de lo que parece para convertir a un indeciso en votante decidido.


El momento económico, social y político que vive España, así como el correlativo en el panorama internacional, obliga a un mayor esfuerzo a la hora de tomar una decisión. Nunca antes el voto ha resultado tan expresivo del verdadero sentir de la ciudadanía que en estos comicios generales del 20 de diciembre. Se desea acertar, no equivocarse. Por eso 1 de cada 4 españoles aún no tiene claro a quién votar. Poniéndome en el círculo de terapia de esos ciudadanos indecisos, puedo entender que les guste el discurso sólido de Albert Rivera cuando hace referencia a un proyecto ilusionante de España, que se pueda decir “España” sin complejos y prejuicios. Entiendo que les atraiga la espontaneidad progresista de Pedro Sánchez, una socialdemocracia natural y no artificiosa como la creada por Podemos y sus “circunstancias”. Logro entender que les apasione el carácter renovador de Pablo Iglesias y su sincera preocupación por privilegiar a las políticas sociales si gobernase. Lo entiendo, es más, lo comprendo.

En toda terapia de grupo la empatía es imprescindible, ponerse en el lugar del otro, por eso digo que comprendo al indeciso... bueno, confieso que me comprendo a mí mismo.

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