Chernóbil, a 30 años del "Fin del Mundo"

Foto de un parque de atracciones en la Zona Cero de Chernóbil

Tengo muy vivo el recuerdo de Chernóbil porque ya era un joven que iniciaba sus estudios de periodismo y por haber pasado un verano con una adolescente ucraniana recogida en casa de mis tíos. No recuerdo su nombre, quizás Irina, quizás Olga, quizás Natacha...pero su cara como si la tuviese delante ahora mismo. Ojos azules apagados como las aguas de un lago profundo, pelo rubio recogido en una trenza, sonrisa forzada y piel tan blanca como un folio. Recuerdo haber preguntado a mis tíos si estaba "contaminada", enferma. Quizás suene fuerte decirlo así, pero en esos años los tópicos y las ideas hechas sobre la radiactividad y su contagio estaban tan extendidas como los prejuicios sobre el contagio del SIDA

No es que me preocupase el contagio, algo absurdo visto ahora, pero sí que me inquietaba el tener que ver delante de mis ojos como esa frágil niña ucraniana se iba deteriorando, cayéndose su hermoso pelo y hundiendo sus ojos en cadavéricas ojeras. Una cosa era verlo por televisión y otra muy diferente ser testigo directo. Irina, supongamos que ese era su nombre, formaba parte de un programa de acogimiento de niños soviéticos afectados por la catástrofe nuclear de Chernóbil que realizó la entonces CEE (Comunidad Económica Europea). España acababa de entrar en la CEE y tenía una oportunidad de colaborar. Mis tíos tenían una hija pequeña y mucho espacio en su "casa de veraneo", decidieron acoger a una de estas menores.


Aprendiendo a tirarse de cabeza a una piscina

Mis padres tenían un apartamento en la misma urbanización de veraneo y coincidí en muchas ocasiones con mis tíos y la niña ucraniana en la piscina comunitaria. Irina sabía algo de inglés y en mi caso podía decir lo mismo, pero intentamos comunicarnos. Al menos creo recordar que ella decía estar "OK", bien, sin problemas, no enferma. Sus padres sí que estaban afectados, se le cambiaba la cara cuando los mencionaba, no sé si porque alguno falleció, en esos detalles no quería o no podía entrar. A la pregunta en inglés básico: "your parents, ok?". Ella callaba un rato y luego decía que "mommy ok", Del daddy ni palabra. Mi tío me aseguró que sus padres estaban bien, al menos vivos, que ella pertenecía al grupo de niños que no eran huérfanos y que sólo se les buscaba una casa de una familia europea para que pasaran un verano "feliz", lo más alejado posible del trauma de la catástrofe.  

No sé si fue un verano feliz para Irina. Recuerdo su mirada de miedo y tristeza los primeros días, o quizás exagero y eran ojos sólo de desconcierto y confusión. Me parece recordar que luego se adaptó muy bien, que disfrutó del sol y de la piscina. Creo que así fue porque acabando el verano, no la reconocí entre las adolescentes que tonteaban con los chicos de la urbanización. Muy morena, menos rubia, se le había oscurecido el pelo, con un bikini a la última moda que le compró mi tía. Me saludó desde el borde de la piscina y se tiró de cabeza. Un salto perfecto, no salpicó ni una gota. Pensé que Irina era feliz o vivía ese momento feliz. Tuvo que ser así, pues todos somos felices al aprender a tirarnos de cabeza. 

La primera semana de septiembre, que comienzan los colegios en España, se acababa el tiempo de acogida de Irina. No me despedí de ella, por esas fechas no solía estar en ese pueblo de la sierra de Madrid. Al cabo de unos meses pregunté a mis tíos por la niña ucraniana. Su respuesta fue tan fría que me pareció venir de la tundra bielorrusa. Dijeron algo así como que suponían que estaba bien, que Irina se lo había pasado "demasiado" bien en su casa y que no podían hacer más por ella. Hay que recordar que aún existía la Unión Soviética y mi tío me contó que los encargados de la embajada se comportaban como agentes de la KGB, recelosos de todo. Fueron recogiendo en autocares a los niños ucranianos y bielorrusos repartidos por Madrid para pasar un "verano capitalista" y en estos 30 años del "fin de su mundo", nunca supimos nada más de la adolescente ucraniana que aprendió a tirarse de cabeza en nuestra piscina.


Gustavo Adolfo Ordoño ©






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