En dos palabras: intolerancia y partidismo; balance de la legislatura más corta

Constitución de la XI Legislatura, la más corta por ahora. Fuente de imagen

Si es de tendencia optimista e ingenua y llegó a pensar que se podría llegar a un pacto de gobierno de última hora, estará muy decepcionado y molesto con los políticos electos el pasado 20 de diciembre. En cambio, si es de naturaleza realista y pragmática llevará semanas presumiendo del “ya lo decía yo”. Puede que sea un “ser superior” y haya logrado abstraerse de esta banda de incompetentes, viviendo una existencia feliz ajena a toda esta pérdida de tiempo empleado en algo tan serio como formar gobierno para un país de 46 millones de personas. ¿Qué no se ha perdido el tiempo?  Bueno, el tiempo no se pierde, se malgasta.

De todas las fórmulas para despejar la incógnita, había dos que se aproximaban más a la solución: coalición de izquierdas dependiente de los independentistas periféricos o un acuerdo tácito entre Ciudadanos y Podemos para “soportarse” y facilitar la investidura de un gobierno socialista. Estas fórmulas tuvieron una variante partiendo de ellas, de última hora (Compromís), que permitía la entrada al gobierno de independientes o afines externos a las tres formaciones por un periodo de 2 años y prestado a moción. Variante que en el fondo era un intento por conseguir la abstención o apoyo de Ciudadanos a la fórmula de la coalición de izquierdas (PSOE y Podemos+ Confluencias).

Las operaciones numéricas siempre daban error porque la suma nunca se empleó. La operación más utilizada fue la raíz cuadrada. Se pretendía cuadricular los intereses propios para que el posible socio arrancase sus “raíces” más hondas, aquellas que le sustentan, y cediese a las condiciones que se le planteaban. Así no hay forma de pactar.  Y todo esto desde la interesada premisa de que la mayoría del electorado quiere ver fuera del gobierno al Partido Popular (PP), aún habiendo ganado las elecciones. El hecho de no tener mayoría parlamentaría hace inútil tener más votos que nadie.


Los líderes políticos intolerantes de la XI Legislatura

Sumando fuerzas parlamentarias esa premisa puede ser cierta: el electorado quiere cambio. No obstante, querer cambiar algo ya supone hacerlo a nuestra manera. Ese partidismo ha sido tan intolerante que ha incurrido en el ridículo y la contradicción constante. Aquí van mis reproches a los políticos de la legislatura española más corta:

  • ¿Por qué nunca hubo intención real de negociar? La única manera de llegar a un acuerdo es apartando la actitud partidista (electoral) y sentándose alrededor de una mesa sin levantarse hasta poder llegar a un pacto tolerado por todos. Lo fácil es dejar la silla cuando se tropieza uno con el primer escollo.
  • ¿Por qué todas esas fuerzas que desean el cambio hablan de “transversalidad” del electorado y luego no se la autoaplican? ¿Por qué no tolerar un termino medio entre las políticas económicas de Ciudadanos y los proyectos sociales-económicos de Podemos? Al menos se puede poner sobre el “papel” y luego cada uno, en su casa, que siga pensando que la política económica de Podemos es infantil e irrealizable, una utopía bolivariana y la política económica Ciudadanos es tan neoliberal o más que la del actual gobierno.

Ese término medio, tener que seguir con políticas de ajustes pero sin afectar las prioridades sociales, hubiese estado forzado por las circunstancias del contexto económico; como le ocurrió a Syriza en Grecia, por ejemplo. Podemos ha expresado su profundo rechazo a las políticas económicas de Ciudadanos, pero en el pacto de investidura PSOE-Ciudadanos no se imponía un modelo económico, como sí hacía Podemos, que insiste en volver a las políticas del gasto público, incrementado con 96.000 euros que ni ellos saben de dónde saldrá. Ciudadanos ha sido intolerante en el mismo sentido, tampoco ha querido plantearse políticas económicas que, paradójicamente, le recordaban a las que detestan realizadas por su socio de pacto, el PSOE, cuando gobernaba el presidente Zapatero (2004-2011), hasta el giro "neo-con" de finales de 2010.

La transversalidad y el término medio se queda para el discurso político. Como votante puedo tolerar ciertas cosas que en principio no voté para conseguir el objetivo de formar un gobierno; en mi caso, además, sí que me gustaría que fuera de  “cambio”. Creo no ser un “bicho raro” y que esa intención de tolerar la compartían muchos votantes. Claro, que los más militantes de cada partido, de instinto básico, no lo verán así. Además, para mi decepción, las fuerzas políticas que dicen desear el cambio no parecen tener la misma capacidad de tolerancia que tiene uno y, encima, me piden que vuelva a votar dentro de 60 días. Señorías, váyanse a donde les mandó el recordado diputado Labordeta a sus colegas en una pasada legislatura.


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