Elecciones presidenciales en EEUU, la pugna entre una mujer y un misógino

Hillary Clinton y Donald Trump

Las primarias en Estados Unidos son las largas y complejas elecciones, que pueden llegar a durar casi un año, donde los candidatos a la presidencia del país deben conseguir los delegados suficientes de sus partidos para presentar su candidatura. Dicho así parece sencillo, pero el sistema de primarias estadounidense es un entramado electoral que cuenta con varios tipos de formato: asambleas partidistas, los caucus, que se dan entre un electorado cerrado –inscritos al partido- y se obtienen resultados según porcentajes de apoyo, más que de votos; y luego, las elecciones con electorados abiertos, un censo de todo un Estado o condados, donde se eligen no a los candidatos sino a los delegados que validarán la candidatura en la Convención Nacional de cada partido.

Vamos, que al final, sencillo no es. En resumidas cuentas, un sistema tan democrático, que no se da en muchos lugares del mundo para elegir los candidatos a la jefatura de Estado, tiene una compleja trama con un desenlace previsible. Los candidatos más mediáticos y con más avales financieros, terminan por imponerse. Así parece que va a ser en el Partido Demócrata con Hillary Clinton y en el Partido Republicano con Donald Trump. La primera supondría la primera mujer en ganar una elección a candidatos y, obvio, si gana la presidencia, la primera mujer en la historia de Estados Unidos en ocupar el cargo. El segundo, el multimillonario Trump, aportaría a la historia ser el primer candidato republicano tan escorado a la derecha que dejaría en pañales las administraciones ultra conservadoras de los Bush o del primer Reagan.


Los perfiles de Clinton y Trump son de marcado estereotipo. La que fue Primera Dama del popular Bill Clinton y ex Secretaria de Estado con el actual presidente Obama, siempre se ha mostrado como una mujer independiente, resolutiva y desmarcada de las figuras tan carismáticas de los hombres con los que ha convivido y trabajado. En el caso de Trump, lo que sorprende es que un tipo con todos los peores tópicos del hombre rico hecho a sí mismo, figura idealizada en el imaginario estadounidense, nunca ocultados ni mitigados, que van desde la “arrogancia paleta”, el machismo y la misoginia de manual, hasta el racismo más visceral, esté a las puertas de la Casa Blanca.

El voto republicano tendrá que ser para el candidato que salga de la Convención Nacional que celebrará el partido del elefante este próximo mes de julio. Donald Trump, que no gusta a muchos miembros del Partido Republicano, tiene más delegados que nadie y saldrá elegido les guste o no. La tendencia electoral en Estados Unidos suele ser la de permitir la reelección del presidente del partido que sea, en este caso se dio la del demócrata Obama, pero luego existe cierta alternancia de partidos y el votante made in USA acaba por cambiar de presidente y de partido. Les tocaría a los republicanos de Trump, lo que demostraría el giro conservador del electorado estadounidense.

Sin embargo, aunque la opinión pública mayoritaria quiere un EEUU fuerte, más militarista frente a la geopolítica mundial; y al mismo tiempo más centrado en la esencia anglosajona y en la política interior (volver a cerrarse en sí mismos), existe también un desagrado mayoritario ante las formas y maneras del político (Trump) que representa esa línea política. Hillary Clinton, en efecto hará historia. No sólo como la primera mujer candidata a la Casa Blanca y potencial presidenta, también como la persona que tendrá que revertir esa intención de voto conservador, liderando a la sociedad progresista de su país. Tendrá que trabajar duro, pues entre la población estadounidense (y aún no se sabe bien por qué) hace mucha menos ilusión la posibilidad de tener como presidenta a una mujer que la “esperanza” e ilusión que supuso tener un presidente negro con la victoria en 2008 de Barack Obama.



Gustavo Adolfo Ordoño ©


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