Los Juegos de Río, los juegos del desarrollo a la recesión del Cono Sur

Logo de los Juegos 2018 en Brasil

Los Juegos Olímpicos 2016 de Brasil iban a ser las olimpiadas con más simbología de este siglo. Las primeras en un subcontinente que vive una crisis de identidad constante, para algunos desde hace 500 años (los victimistas que lloran la conquista y colonización) y para otros desde hace 200 años (los del eterno sueño bolivariano). Los primeros Juegos Olímpicos en Suramérica era una de las frases solemnes acuñadas, el gran reto de un continente, una región, que desea demostrar al mundo que son capaces, que tienen tan buenas aptitudes y capacidades como cualquier otro lugar desarrollado que haya celebrado antes los Juegos. Sin embargo, las dudas ante esa capacidad estuvieron presentes desde hace unos meses, cuando la crisis económica y política del Brasil ocupaba la actualidad del Cono Sur.

Para empezar, discrepo. En realidad veo estas olimpiadas como símbolo de lo que suponía un país, Brasil, y no como representación del potencial del continente suramericano. Brasil es una realidad compleja aparte dentro de un todo también complejo. Existen diferencias notables entre Brasil y el resto de países de América del Sur. Además de la evidente identidad cultural que otorga el idioma, portugués en Brasil, español en el resto, la conformación socioeconómica del “Gigante” ha seguido unas pautas más heterogéneas al contar con la principal ventaja del mestizaje. Brasil es un país mestizo sin complejos. Hubieran sido los Juegos de América del Sur si se hubiesen compartido, por ejemplo, sedes olímpicas en varios países, aunque se hubiera limitado a los de la costa del Atlántico sur.


Fueron elegidos y son los Juegos Olímpicos de Brasil porque este país suramericano crecía al 7,5 % su PIB y se quería “premiar”, dentro de un mundo en crisis financiera profunda, la capacidad de desarrollo y crecimiento de la zona. Como anticipo, también se le concedió la realización del último Mundial de Fútbol (Brasil, 2014). Las dudas y las incertidumbres sobre el éxito de la organización brasileña de estos eventos internacionales de prestigio se dieron también durante el Mundial. El expediente se cubrió bastante bien, aunque el fiasco deportivo de Brasil sirvió de metáfora de lo que se avecinaba. Ahora la Olimpiada de Río 2016 son los juegos de la recesión económica y de la aguda inestabilidad política en el “gigante del Cono Sur”. Las quejas por no tener bien acondicionada la Villa Olímpica y ciertos recintos deportivos (deportes exteriores acuáticos) son numerosas y palpables. Símbolo de la situación actual del Brasil.

Los Juegos Olímpicos no tienen porqué cumplir la promesa a priori que conllevan de prosperidad económica y desarrollo para la ciudad y el país que los organiza. Ese será el tópico, se piensa que el país afronta las olimpiadas como reto indiscutible a las cualidades socio-económicas que detenta o que posee en potencia. Lula da Silva, el ex presidente que los promovió para Río, sabía que los Juegos son la mejor publicidad mundial, todas las “grandes naciones” los han realizado alguna vez (o más). Supongo que ni el mayor pesimista en Brasil se podía imaginar que los juegos del popular presidente Lula iban a acabar siendo las olimpiadas de un país con un proceso abierto de destitución a su presidenta, Dilma Rousseff; o que la prensa y la “publicidad” internacional iba a poner el foco en las precariedades económicas vistas en estos Juegos.

En el caso de Brasil, como en todas las ocasiones, los Juegos llegarán a buen término y el espíritu olímpico, las ganas de competir deportivamente, prevalecerán sobre todos los problemas o inconvenientes que vayan surgiendo. Es decir, serán un éxito. Ahora bien, acabados, no dejarán un legado de ilusión y de “desarrollismo”. Brasil continuará con sus problemas económicos, sus grandes desigualdades sociales, la inseguridad en sus ciudades y el clima inestable político... un escenario pre, durante y pos de los Juegos de Río 2016. Qué Brasil es una de las “grandes naciones” es algo posible y hasta podemos poner en cuestión que lo sea con críticas constructivas, pero no hacía falta organizar tan costoso evento para ello: los Juegos Olímpicos de Río 2016.


Gustavo Adolfo Ordoño ©

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