Holanda y Turquía, metiendo el dedo en la llaga

Captura de pantalla de los informativos de RTVE.
 Emigrantes turcos seguían preparando el mitín previsto en Rotterdam, a pesar de su prohibición

El conflicto diplomático entre Turquía y Holanda está tomando un cariz feo, de mal gusto. Diplomáticos y dirigentes de ambos países han elevado la tensión verbal del desencuentro internacional con comentarios insultantes los turcos y con reproches de hartazgo los holandeses. Este enfrentamiento político que afecta a las relaciones bilaterales de un país europeo con Turquía, encierra en realidad muchos aspectos recientes de la situación política y social europea en relación con los emigrantes turcos. Existen grandes comunidades turcas en muchos países del centro de Europa y en el eje franco-benelux (cuna de la Comunidad Europea). Esta población turca supone, en muchos casos, cientos de miles de personas que no llegan a tener ni la doble nacionalidad, por lo que siguen siendo un caladero de votos para los intereses políticos de Erdogan.

Otro aspecto significativo es el cambio de registro que se está ya dando en la prensa de Europa respecto a Turquía. Directamente el gobierno de Ankara es considerado “el régimen de Erdogan”. Lejos queda la Turquía "esperanza democrática" del Islam. Después del golpe de estado del 15 de julio de 2016, el presidente Erdogan comenzó una represión de intensidad moderada (al menos así parece desde fuera), pero represión a fin de cuentas contra sus contrarios. Ha sido en todos los ámbitos, empezando por el Ejército, pues una parte de él fue principal responsable del golpe, así como de la cultura, educación o del periodismo. Son numerosos los periodistas represaliados, incluso los que tienen otras nacionalidades o son turcos residentes en Europa.


El tono agresivo y amenazante de Turquía tiene mucho que ver con los cargos de conciencia. Se sabe criticada por la Unión Europea ante la creciente deriva antidemocrática de las instituciones y gobierno del país euroasiático. Ante las previsibles quejas formales, al más alto nivel internacional, que supondría un cambio de la Constitución en Ankara, otorgando más poder y control social al presidente Erdogan, los dirigentes turcos han optado por meter el dedo en la llaga ante cualquier atisbo de crítica. Si los holandeses impiden que dos ministros de Erdogan den mítines en suelo holandés para promocionar el referéndum de abril por el cambio de la Constitución turca entre los emigrantes turcos, pues “Holanda es un nido de nazis”.

Son, desde luego, desestabilizadores para las inminentes elecciones holandesas esos agravios turcos, teniendo en cuenta que el ultraderechista (para muchos neonazi) Wilders está “pescando en río revuelto” aprovechando esta tensión bilateral para justificar su nacionalismo radical y xenofobia. Ahora, en plena campaña electoral, es más fácil pintar a los emigrantes turcos de mala gente. Por eso, el primer ministro holandés, Mark Rutte, no ha podido adoptar un tono conciliador y moderado, como la canciller alemana Merkel (a pesar de ser acusada de “apoyar terroristas”). Rutte ha tenido que tirar de nacionalismo, patriotismo y orgullo, responder con dureza a Erdogan, para que la extrema derecha no salga más beneficiada con este ambiente hostil “hacia el turco”.

La verdad, el territorio europeo de Turquía no llega al 3% de su totalidad territorial, pero esa ambición del turco de entrar en Europa, antes con la guerra, ahora con la emigración socioeconómica y su posible adhesión a la UE, genera problemas y conflictos a niveles rebosantes, siempre desbordantes de las circunstancias al 100% .



Gustavo Adolfo Ordoño © 

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