La División Azul; los españoles que lucharon junto a Hitler

El uniforme de la División era idéntico al de la infantería alemana, pero con la bandera española

El giro evidente de la Segunda Guerra Mundial a partir de 1943, con las constantes derrotas del ejército alemán en todos los frentes, hizo que los antes valientes y orgullosos voluntarios divisionarios fuesen regresando a España con más pena que gloria. En realidad, sin ninguna gloria. Al régimen franquista no le interesaba airear su colaboración con Hitler ahora que se acercaba el fin del III Reich. El deseo de incorporarse a la Sociedad de Naciones (ONU) y que el régimen fuese reconocido por el mayor número de países, hizo caer en el olvido, incluso entre el mismo Ejército español que apoyaba a la dictadura, las hazañas bélicas de esta participación española en la II Guerra Mundial, conocida como la División Azul.

Fueron parte del ejército regular alemán


En la vida cotidiana de la posguerra española, esa colaboración de jóvenes españoles en la Werhmacht tuvo la simpatía y el reconocimiento de muchos ciudadanos, ya que el lamentable regreso de cientos de ellos conmovía e indignaba, sobre todo por los que quedaron prisioneros en la Unión Soviética. La dictadura franquista no aireaba la colaboración con Hitler, pero aprovechaba la creciente tensión entre los bloques comunista y occidental para quejarse del trato soviético a los veteranos de la División Azul. El último grupo de repatriados llegó a España ya entrada la década de los cincuenta, en 1954, con la llegada al puerto de Barcelona del barco Semíramis fletado por la Cruz Roja Internacional.

Pero el caso de los voluntarios españoles no fue el único. Hubo rumanos, checos, polacos, búlgaros, croatas, ucranianos, rusos… incluso japoneses, coreanos y chinos que participaron en divisiones y cuerpos auxiliares alemanes. Para ser exactos la colaboración española supuso una excepción, ya que se incluyó desde el principio en la organización del ejército regular alemán, la Werhmacht; el resto de voluntarios extranjeros (principalmente europeos) se organizaría en la Waffen SS, en los batallones de las Freiwillige, tropas de voluntarios de diferentes nacionalidades que por diversas razones, voluntad propia o coacción, lucharon al lado de los soldados germanos.

Fervor anticomunista


Lo que parece unir a todos estos voluntarios para combatir con la Werhmacht fue el sentimiento radicalizado anticomunista. Una disposición de combatir hasta el final contra la que consideraban la mayor amenaza del mundo, según la propaganda fascista: el régimen bolchevique de la Unión soviética y su odiado/temido líder, Stalin. Cuando en 1941 en Madrid se hicieron las levas para reclutar voluntarios los diarios de la época se llenaron de propaganda anticomunista.

Las proclamas eran luchar hasta la muerte contra los “comunistas rusos”, muchas de las editoriales de esos periódicos culpaban a Stalin y a la URSS de la Guerra Civil española, como si su colaboración con la República hubiese sido una especie de “encantamiento maligno” que hizo a la mitad de los españoles seres endemoniados a los que hubo que exorcizar.

La mayoría de los oficiales de esa división que se dispuso para combatir al comunismo fueron voluntarios falangistas ex combatientes de la guerra civil, suboficiales y oficiales miembros del ejército regular de Franco y universitarios de buena familia, afines al movimiento (de inspiración “joseantoniana”, por José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange).

Fotograma de la película española, "Silencio en la nieve", que recrea la batalla de Krasny Bor

Los otros "voluntarios"; futuras figuras del cine español en la estepa rusa


En el 2011, la División Azul fue noticia por conmemorarse el 70º aniversario de su creación, entre los meses de junio y julio de 1941 que se hicieron las levas (voluntarios y no tanto). Se volvió al debate histórico y a la polémica. La Ley de Memoria Histórica de 2007 se ciñe a las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura. Sin una política de Estado en su desarrollo, quedan muchas ambigüedades en sus interpretaciones. ¿Qué pasa con los españoles que participaron en hechos históricos mundiales pero relacionados con el proceder de la dictadura? Véase los voluntarios "forzados" a apuntarse a la División Azul o los soldados de reemplazo de la Guerra de Ifni-Sáhara de 1957.

Es imposible hacer conmemoraciones y homenajes oficiales a un grupo militar de voluntarios que sirvieron a los nazis. En el proceso de asumir su pasado, Alemania optó por prohibir toda simbología nazi. Sería inapropiado hacerlo en España. Otra cosa es hacer memoria "personal", no oficial, desde la libertad de cada uno. Fue el caso de la memoria de personas que participaron en esos regimientos y que por azares de la vida han llegado a ser personajes notorios de nuestra sociedad y cultura. Se trata de las historias de Luis García Berlanga, director de cine, y de Luis Ciges, actor veterano, secundario de lujo en muchas películas de la filmografía española de los últimos tiempos.

Ambos, ya fallecidos, representaban el otro tipo de “voluntario”. El que se dio más en los siguientes reemplazos, cuando la dureza de la campaña nazi en Rusia empezó a cobrarse vidas y a generar mutilados de guerra. A finales de 1941 ya no era tanto el fervor y el voluntariado surgió más como “obligado” que como de libre elección. Luis Ciges soportó un drama familiar durante toda su vida, un trauma que marcó su destino.

Su padre, Manuel Ciges, gobernador republicano de Ávila, fue acribillado a balazos delante de sus ojos por un grupo falangista en 1936. Luis contaba solamente 15 años. Hasta que acabó la guerra estuvo internado en un monasterio de frailes, luego fue obligado a alistarse a los requetés y poco después, sugiriendo que “lavaría” el honor familiar, a la División Azul. En ella conoció a otro voluntario forzoso, el que sería el renombrado cineasta Luis García Berlanga, con padre republicano defenestrado también, para el que, curiosamente, trabajaría como actor en varias películas.




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