Facebook, Twitter, Instagram, Google+...nuevos monopolios socioeconómicos

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Hay toda una industria que vive de la seguridad, incluso que vive para burlar esa seguridad (la de otros o la de sus mismos ciudadanos). El espionaje y el contraespionaje ya no es sobre plantas nucleares o fábricas de armamentos, ahora cualquier dato personal puede servir para desentrañar una trama terrorista. Según la voluntad de este “negocio del pánico” todos somos sospechosos hasta que se demuestra lo contrario. En el caso del emigrante esa sospecha es doble. Por un lado se desconoce todo de él (su identidad), es el extraño que puede acabar siendo el enemigo; por otro lado él mismo, el inmigrante, puede ser el espía, el mercenario,“la quinta columna” del enemigo que convive con nosotros.

Las migraciones pueden seguir respondiendo a criterios y motivaciones de carácter clásico, pero esa amplitud de movimientos, tanto de información como de gentes, que es propia de la globalización, también afecta a la idea que se ha tenido y se tiene del emigrante. Por lo visto, esa libertad de movimientos y desplazamientos que la globalidad alienta no ha tenido fronteras para el capital financiero, para las grandes inversiones, para las multinacionales o corporaciones nacionales que buscan nuevos lugares de producción (la deslocalización). También se ha creado un emigrante trabajador de alta cualificación, que al no encontrar trabajo en su país (caso de España, por ejemplo) lo ha conseguido en las empresas que dominan el mercado de Internet y las nuevas tecnologías que permiten esa "conectividad total", la mayoría en EEUU y el Reino Unido. 

Esas compañías que han desembarcado con sus delegaciones en países en vías de desarrollo lo han hecho con las fronteras abiertas, con todas las facilidades del mundo. Sus fábricas han atraído a los trabajadores rurales y han generado o potenciado la inmigración interior en esos países (el caso de los países asiáticos es el más claro en este fenómeno). Nuevas realidades que provocan viejos fenómenos, consecuencias conocidas como el éxodo rural de los trabajadores agrícolas hacia las zonas urbanas o núcleos industriales, propio de toda sociedad con una economía en desarrollo y avanzando o reformando su industrialización.



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En la vertiente político-económica (normativas) es donde la confusión es mayor con la idea actual de frontera comercial, pago de impuestos y de seguridad jurídica de las empresas que invierten fuera de sus países. Cuando estas grandes compañías de la "posmodernidad" sitúan su sede social en países con mayor permisividad fiscal, no hacen más que exaltar su línea de negocio principal. Bajas inversiones de capital (en relación con la alta facturación que consiguen), mínimo número de trabajadores y aprovechamiento de la voluntariedad de los usuarios, algo motivado por la necesidad creada al consumidor de "estar en las redes sociales". La presencia en las redes de los ciudadanos y su uso como reconocimiento personal y social es la base del negocio de estos gigantes económicos.

El diseño y fabricación de Smartphones y otros componentes de comunicación móvil giran en torno a la utilización que hace el usuario de estas redes sociales. Es decir, esos comportamientos, más o menos generalizados, influyen en una industria con miles de millones de trabajadores. Ya no importa tanto el estatus social, ni tampoco es muy determinante el poder adquisitivo para "crear" producto de una manera u otra. Lo importante es el hábito y la interacción que se hace en las redes sociales. Habrá productos intangibles y "materiales" (los móviles, los ordenadores...) para todo tipo de consumidores: de bajo poder adquisitivo, desempleados, clase media, clase media alta, personas de alto poder de consumo (de lujo); hasta para esas personas que creen no estar "consumiendo" y que interactúan desde valores de la solidaridad y el activismo social.

Este nuevo "tejido" de la estructura socioeconómica mundial (globalización) provoca paradojas, tan absurdas muchas veces, como la exigencia del gobierno de Estados Unidos a las compañías aéreas internacionales que sobrevuelen su espacio de facilitar todos los datos personales de los viajeros, incluso de los vuelos sin escala en su territorio, y luego contar en su territorio con la mayoría de las empresas privadas monopolizadoras del mercado de las redes sociales (Facebook,  WhatsAppGoogle+, Twitter…) que viven de la cesión voluntaria de los datos personales de millones de usuarios de todo el mundo. Datos que analizan, manipulan y exprimen sin ningún control ético o legalista, más allá de la visión del mundo que tienen sus fundadores.
  
Un nuevo indicador de desarrollo de países y de sus sociedades debe aplicarse en la ONU. Las personas en este espacio mundial globalizado deben superar nuevas barreras y alcanzar nuevos objetivos, basados en el acceso o no acceso al uso de las redes sociales, al bienestar y consumo o no de estas redes, el estar o no estar en ellas como nueva discriminación. En suma, al poder usar la nueva tecnología informática o al no poder usarla, “al info rico y al info pobre”.


Gustavo Adolfo Ordoño © 




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