México, el PRI una historia de amor y odio... ¿o de miedo?



En mis tiempos mozos de estudiante de bachillerato, cuando estudiaba historia contemporánea por primera vez en mi vida, tenía la cabeza llena de pájaros de libertad y revolución. Es lo que toca, si las hormonas se revolucionan por qué no se va a revolucionar el pensamiento. Quería ser revolucionario y acabar con las injusticias del Mundo. Y en esto que llegan a mis estudios las famosas siglas del PRI (Partido Revolucionario Institucional). Pensé, “un partido revolucionario y además institucionalizado, ¡qué chollo!”  Lo idealicé porque además estaba ligado a la Revolución Mexicana, y aunque era un “pinche guey” español, sabía que había sido una revolución “libertaria”, una revolución con movimientos socialistas, anarquistas y de agricultores armados contra el caciquismo o contra tiranos como Porfirio Díaz. El paso del tiempo y los estudios superiores me sirvieron para “centrarme” y conocer mejor lo que en realidad fue, era y es el PRI.

Ahora vuelve al poder, tras doce años fuera y habiéndole ocupado prácticamente toda la historia del siglo XX mexicano. Desde su fundación por Plutarco Elías Calles entre 1928- 1929 (con el nombre de Partido Nacional Revolucionario) hasta el año 2000, que México dejó de tener un presidente del PRI. Más de 70 años de monopolio político, solo las dictaduras se acercan a ese récord de longevidad en el poder. ¿Es esa la causa del temor a que el “nuevo” PRI haya ganado el poder?

Esta pregunta la responderían, en teoría, mejor los hermanos mexicanos. Aunque quizás no… desde este lado del Atlántico podemos dar nuestra impresión algo más despegada del apasionamiento que supone en México hablar del PRI, una institución, una entidad política que lo ha sido todo en el país azteca. Todo lo bueno, pero también todo lo malo y todo lo peor. Lo bueno se recogió del espíritu revolucionario, que aunque ahora, al México moderno le suene a “batallas del abuelo” y anacronismos, no debería olvidar que los movimientos políticos que más aportan a una sociedad suelen partir de revoluciones.

No obstante, a medio plazo el PRI iba a pecar de los mismos pecados que quiso erradicar. Si bien supuso estabilidad y garantías democráticas en las décadas de los años 30, 40 y 50, alejando a México de las posibles dictaduras que se postulaban (comunistas o militaristas de alternancia de caciques), a partir de los años 60, cuando los movimientos de protesta social se radicalizan, también lo haría el PRI que consumó su peculiar sistema electoral que le convertía (sin serlo, en realidad) en el partido único del país. Una mezcla de corporativismo (con sindicatos y movimientos agrarios respaldando al PRI a cambio de concesiones políticas) y caudillismo (compra de votos entre las clases más humildes) hizo del PRI el partido ganador por mayorías absolutas; un presidencialismo “hereditario”, el presidente de México, siempre del PRI, proponía a su sucesor.

Quizás sean motivos o razones suficientes para tener “miedo” del PRI. Sin embargo, la sociedad mexicana ya no es la del siglo XX. La modernidad ha calado hondo, sobre todo en las grandes urbes y entre la juventud (Movimiento #YoSoy132). Internet y las Redes Sociales compensan los posibles monopolios mediáticos de cuño oficialista. La oposición tiene experiencia, ha perdido la ingenuidad de cuando no era más que un “jarrón decorativo” en el entramado político mexicano. La Izquierda mexicana se muestra combativa, pero con maneras más democráticas que populistas. Es precisamente su líder, Andrés Manuel López Obrador, quien con su denuncia de fraude electoral está reabriendo los viejos fantasmas y la leyenda negra del PRI.

Las elecciones, según todos los informes internacionales, han sido transparentes. Los mexicanos que no han votado al PRI acabarán por demostrar madurez democrática y asumir la derrota o se mantendrán disconformes ahondando más en la división social. Las acusaciones del Movimiento Progresista, la izquierda, no carecen de fundamento. Las tarjetas de “vales de comida” o de supermercado ofrecidas por el PRI a población más necesitada, recuerdan a las artimañas caciquiles del pasado.

¿Qué pensar? Quizás la izquierda deba esperar, se la ve muy “ansiosa” porque su progresión es buena; pero debe asumir que esas singularidades forman parte del juego. En España, por ejemplo, en las zonas rurales se asume que se “compran” votos. En realidad se compran “voluntades” prometiendo beneficios materiales (algo peor), puesto que el que se deja influir por una mejora en su bienestar económico es el que menos tiene, el verdaderamente necesitado y al que poco le importa ni la ideología ni la política. De todas formas, la compra de votos en una victoria ajustada no se podría tolerar.

Enrique Peña Nieto, el candidato del PRI ganador, resulta muy “atractivo” (y no solo por el físico) desde fuera (de México), aunque el resto de sus conciudadanos no ven tanto atractivo y cualidades. Supongo que en el México actual, la oposición y la sociedad mexicanas más preparas, no permitirán al joven priísta “viajar al pasado”. 


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