La abuela tártara y las clases medias


Con el corazón encogido por la emoción y al borde de las lágrimas veía y escuchaba la entrevista que el colega enviado especial de RTVE a Crimea le hacía a una abuela de etnia tártara. Tras leer las frases anteriores ya estarán imaginando el manantial de demagogia y ternura que se les viene encima. Prometo no abusar de esos recursos que parecen haberse añadido en los últimos años a la lista de recursos estilísticos del periodismo en las universidades que pretenden enseñar ese oficio. Tan sólo pretendo hilvanar una imagen contundente del pasado, el testimonio de una emigrada forzosa, con la actualidad social y política en el conflicto de Ucrania con Rusia.

Esa imagen consistía en una anciana con el pelo cubierto por un pañuelo, el rostro digno de una vejez serena y la voz dulce de contadora de cuentos a nietos embobados por sus historias de vida. Una deportada por Stalin a partir de 1945 por considerar a los tártaros colaboradores de los nazis. Esta abuela adorable era una adolescente en la segunda mitad del siglo XX, hacinada en un tren de ganado con otros miles de tártaros viajando a las repúblicas soviéticas del Asia Central…esas que todas acaban en –instán. Relata que tardaron quince días en llegar a su destino y que muchas personas murieron por hambre y enfermedades sin tratar por el camino.

En sus palabras no se vislumbraba odio ni rencor. Afortunadamente hasta los líderes divinos de las grandes gestas históricas y revolucionarias fallecen. Stalin lo hizo en 1953 y desde ese mismo momento su obra fue puesta en tela de juicio y reprobada por los mismos soviéticos, empezando por sus máximos líderes, algo que los nostálgicos del estalinismo popular han olvidado. Poco a poco se fueron rectificando y corrigiendo los daños que las barbaridades estalinistas habían sembrado por toda la Unión Soviética. Se permitió a las poblaciones desplazadas volver a sus lugares de origen, de forma gradual y controlada por los intereses rusos, claro está.

La abuelita tártara cuenta que intentó volver a su mismo pueblo y a sus mismas tierras de labranza, pero que tuvo que conformarse con otras próximas porque una población de origen ruso había repoblado su territorio cuando ellos fueron expulsados. Las mejores tierras y granjas eran propiedad de familias rusas, con arraigo ya de varias décadas. La anciana tártara no se quejó demasiado, agradecía la fortuna de volver a su Crimea natal y le decía al reportero que deseaba un país próspero y en paz, que no deseaba volver a ver una guerra, que ella ya la había sufrido por sus hijos y nietos, que no se merecían ese destino. Fue cuando comenzó a latirme el corazón de tal forma que presionaba al lacrimal por manar y no pude más que dar un grito, ¡diga usted que sí, abuela! Mi mujer levantó la vista de su libro y me repuso ¿estás loco o qué? Cambia de canal si te vas a emocionar.


Le hice caso. El zapping veloz me llevó hasta otra entrevista, un veterano ex político socialista hablaba de todo un poco y aunque no es santo de mi devoción le presté mi interés cuando habló de la clase media. Esta crisis se está cargando a las capas medias de las sociedades y eso es muy peligroso para la democracia. Cualquier teórico o analista con sentido común sabe que sin clases medias no hay democracia; decía con un convencimiento sincero. Me pareció un razonamiento muy certero, entre otras cosas porque el déficit democrático que estamos padeciendo en España, en la misma Europa, tiene que ver con los recortes en garantías sociales y en la estabilidad de las clases medias propiciados por las políticas financieras de austeridad. 

Por eso se ven impulsos y notoriedad mayor en fuerzas marginales de extrema-derecha y populistas por toda Europa; las clases más humildes siempre han visto en estos ultras (del nacionalismo y populares) a unos salvadores que les escuchan y que les privilegian frente a lo ajeno. Si la clase media, más libre porque está mejor formada, baja al peldaño de la popular que es menos libre al ser más dependiente, se produce una clara regresión democrática; cada vez habría un mayor número de personas con menor capacidad crítica. El ideal obvio es que sean las clases bajas las que suban al medio de la escalera y que ese tramo sea cada vez más ancho (anchura = democracia) y de esta manera no hiciera falta una cúspide.   

La lectura de los párrafos anteriores me habrá etiquetado por muchos de neoliberal conservador vendido al imperialismo yanqui; pero auto expulsémonos del paraíso comunista anarco-democrático en el que todos decimos nos gustaría vivir y seamos observadores agudos, no busquemos sólo auto complacer nuestra ideología con la interpretación de los hechos. La abuela tártara tiene mucha razón, ella ya ha vivido una guerra y ha pasado muchas penurias por sus hijos y quiere dignamente que formen parte de una sociedad en paz y próspera; vamos, que sus nietos sean de la clase media.


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