Israel, del ‘hogar nacional’ de la Declaración Balfour a la Ley Estado-nación judío de Netanyahu


Charlton Heston como Moises en 'Los Diez Mandamientos" de C.B. DeMille (1955). Abriendo el Mar Rojo para conducir a los judíos a la Tierra prometida

El pasado mes de abril, Israel celebraba su 70º Aniversario como Estado. Lo hacía en la fecha del calendario judío que considera su ‘Día de la Independencia’ desde 1948. Algo muy discutible desde el rigor histórico, pues ese Mandato de Palestina que otorgaba la Sociedad de Naciones en 1922 al Reino Unido para constituir un “hogar nacional judío” (promesa británica de la Declaración Balfour) en esas tierras, nunca había sido configurado como un “pre-Estado” o tan siquiera la Judea se administró como una región “autónoma”.

Esos matices poco importaban al primer ministro Benjamín Netanyahu, que en su discurso del Día de la Independencia adelantó la propuesta de proyecto legislativo para recuperar las esencias judías que fundaron el Estado hebreo. Era la actual ‘Ley Estado-Nación Judío’ (aprobada en julio de 2018), una ley derechista, de marcado carácter nacionalista, que provocaría el sentimiento de exclusión en palestinos y otras minorías que tienen la nacionalidad israelí.

En noviembre de 1917, la Declaración Balfour suponía una jugada maestra de la diplomacia británica que deseaba arrebatar el control de Palestina a los turcos. Controlando ese eje geopolítico se aseguraba la estabilidad para el canal de Suez, tan necesario en sus conexiones con los territorios imperiales de la Asia más lejana. Además, se tenían en cuenta otros factores importantes para el devenir de la Primera Guerra Mundial, que se encontraba en lo bélico estancada y que necesitaba un golpe de mano que provocase un desenlace final favorable a los aliados.

Conceder un gesto tan seductor al sionismo mundial como la creación de un “país judío”, decantaría a la poderosa comunidad judía de Estados Unidos a apoyar a Gran Bretaña y sus aliados en la guerra que se libraba en Europa y sus colonias. Es indiscutible que, junto a otros factores como la Revolución rusa, la intervención estadounidense determinó la victoria aliada y la reorganización mundial en 1919. En la década de 1920 comenzó una emigración judía a Palestina, en principio numerosa aprovechando el colapso del reciente fin del conflicto mundial, aunque después controlada y bloqueada por la autoridad británica ante las crecientes quejas árabes.

Un atractivo Paul Newman en un fotograma de la película 'Éxodo' (Otto Preminger, 1960), ambientada en los hechos previos a la fundación del Estado de Israel en 1948 

La promesa a los judíos en la Declaración Balfour no fue la única que hizo el imperio británico en Oriente Próximo. A los nacionalistas árabes, a través del mítico oficial apodado Lawrence de Arabia, se les había prometido si se unían a la lucha contra los otomanos un Estado-nación árabe unificado que abarcaría desde Palestina pasando por Siria, toda Arabia,  y hasta el Yemen. Una ‘Gran Nación Árabe’ que tuvo una vida efímera en los últimos años de la guerra mundial, entre 1918-1920. La misma declaración llamada Balfour por el ministro de exteriores británico, Arthur James Balfour, y el llamado Acuerdo Sykes-Picot (de 1916, secreto hasta el final de la guerra), que suponía de facto el reparto colonial de Oriente Próximo entre las potencias vencedoras, Francia y el Reino Unido, demostraban que nunca hubo intención alguna de conceder una nación unificada a los árabes... pero tampoco, en realidad, a los judíos.

Que Ben Gurion consiguiera proclamar la independencia en mayo de 1948 (en el calendario cristiano), resultó un cúmulo de circunstancias favorables al sionismo internacional, favorecido también por el trauma emocional del holocausto que conmocionó al mundo y por la corriente descolonizadora que se promovió desde la misma reconvertida Sociedad de Naciones nada más acabada la Segunda Guerra Mundial. No hay que despreciar esa perspectiva del azar y la suerte en la fundación del Estado de Israel a mediados del siglo XX, pues el proyecto con mayor espíritu sionista, del fundador del sionismo político moderno, el escritor austro-húngaro Theodor Herzl, había resultado un fracaso estrepitoso a finales del siglo XIX.

Ese temor al fracaso y a la derrota ha subsistido en el Estado de Israel desde su fundación. Las guerras con los árabes de finales de los 60 radicalizaron y, a la vez, envalentonaron a gran parte de la población judía que optaron por la actitud agresiva, en lugar de la tradicional judía defensiva, de reafirmación de la entidad hebrea aprovechando la superioridad de la fuerza militar o de una preponderancia de la política tradicionalista y nacionalista. La reciente ley de Netanyahu es la culminación de esa deriva de la derecha judía hacia un nacionalismo radical, donde prima más la identidad nacional que la democracia. Pero eso, como coincidirán conmigo, no sólo está ocurriendo ahora en Israel. Lo hemos visto en los mismos EEUU, en Europa o el más reciente caso de Brasil.



Gustavo Adolfo Ordoño ©

No hay comentarios

Con la tecnología de Blogger.