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martes, 5 de febrero de 2019

Tipos malos, un ensayo histórico sobre la maldad

"Tipos malos" de la Historia

La maldad, estarán conmigo, impera y campea por el mundo como “Pedro por su casa”. Hablando de Pedros, San Pedro fue también malvado, tentado por la maldad. En el Nuevo Testamento, libro de valor histórico porque describe el nacimiento de una nueva religión, Pedro fue durante unos momentos un tipo malo. El futuro fundador de la Iglesia católica negó hasta tres veces a Jesús. Fue por miedo, según la justificación de San Pedro. Miedo a que el Poder establecido, los que determinaban qué estaba bien y que estaba mal, le relacionasen con ese “rebelde” que tenía un nuevo pensamiento sobre lo que debía ser el bien y el mal. Ese acto egoísta, ese temor a reconocerse como discípulo de Cristo, le llevó a cometer un mal acto.

Todas las religiones se plantean el origen de la maldad o la usan como “lo antagonista” de su concepto del bien. Sin quererlo, también, la mayoría de las confesiones se han decidido por dotar a la maldad de un “componente” propio del sujeto, más que una cualidad otorgada por un dios o de una deformación del individuo por influencias de su entorno (explicación socioeducativa). Desde la Antigüedad la religión daba a la maldad un carácter individualista, una opción no determinista que el ser humano tomaba y desde la que actuaba causando el mal.

En el Antiguo Testamento el tipo más malo resultó ser ella. La mujer que (opta por hacerlo) muerde la manzana y desencadena el pecado original en el mundo. Era otra forma de decir que Pandora abrió la caja de los “malos vientos”, de los males. Provocar desgracias y males estaba motivado por sentir una injusticia: el no poder gozar de ciertas cosas que los dioses prohibían a los hombres. El ser humano se sentía agraviado, culpando de ello al destino o a los dioses y buscaba así una justificación para realizar el mal. 

El "pecado" original que nos convirtió en "malvados"
El “tipo malo” siempre justifica sus acciones por ser víctima de una desgracia o de una injusticia. O por sentir temor (miedo) hacia lo extraño o por lo que cree “superior”. Hitler justificó su plan de exterminio, “la solución final”, de toda una nación-etnia (los judíos) porque la consideraba culpable de la injusticia histórica en la que vivía Alemania, desde su sometimiento al resto de Europa tras acabar la I Guerra Mundial. ¿Espantoso, verdad? Pues esa premisa es seguida por todos los tipos malos. Bin Laden, según sus propias palabras, la justificación para destruir las torres gemelas fue que el mundo occidental estaba subyugando al Islam, la verdadera fe (según sus convicciones) que debía ser el auténtico y único imperio moral regidor del mundo. 

Cuando historiadores, sociólogos, teólogos, psicólogos, antropólogos, filósofos y moralistas se han puesto a intentar entender por qué el ser humano actúa mal, comete maldades, cada uno ha “barrido para casa”. Las hipótesis científicas o las explicaciones  de orden moral llegan a conclusiones muy diferentes y a la vez tienen una raíz común: la individualidad del ser humano es la causa de la maldad. Al hilo de este razonamiento surgen otras cuestiones: ¿no existe maldad como algo intrínseco de las sociedades? ¿Son los tipos malos los que llevan a una sociedad entera a ser malvada? ¿Fue Hitler quien convirtió en perversa a la sociedad alemana de 1939?

Complicada se pone la cuestión cuando se trata de entender acontecimientos históricos realizados por colectivos humanos y que son “pura maldad”. La barbarie deja de ser una perversidad del individuo, una enfermedad mental o una única “oveja negra” dentro del colectivo, para convertirse en una “decisión” adoptada por toda una sociedad. Por eso, en la actualidad, no deberían incomodarnos los procesos de conciencia y de memoria histórica, que se hacen en el seno de muchas sociedades de países con pasado traumático y actos criminales porque serían las mejores opciones de esos colectivos de volver al “buen camino”.




Gustavo Adolfo Ordoño ©


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