La conquista del Reino de Ormuz por Alfonso de Albuquerque, 'El Terrible', que convirtió al Estrecho en el primer control geopolítico de la riqueza mundial

 

Recreación de un mapa escolar en una clase de Geografía en 1975. La crisis del petróleo de 1974 vendió muchos de estos mapas para «situar» la región del conflicto que trastornó al mundo (IA Gemini)


 En las crónicas marineras del siglo XVI aparecía como el magnífico Reino de Hormuz, con palacios de tejados bañados en oro, la pequeña isla de Ormuz que hoy subsistía como paradisíaco destino turístico de playas de arenas rojizas en la provincia de Hormozgán en Irán; muy cerca de la estratégica y actualmente famosa isla de Jarg (Kharg). Alfonso Albuquerque El Terrible, convenció a su rey Manuel I El Afortunado de que Portugal para dominar el comercio de especias no necesitaba conquistar grandes reinos o someter a países enteros, sino solo conseguir el control de tres llaves geopolíticas

Albuquerque, experimentado navegante, expuso a su rey la estrategia de poseer «tres llaves» para que un país pequeño como Portugal pudiera dominar el mundo. La primera llave sería Malaca, para controlar el paso al Pacífico, la segunda Goa como base central de control entre China e Indonesia y la tercera y última llave, pero no menos crucial, la de Ormuz para cerrar la salida del Golfo Pérsico y así «chequear» al comercio que llegaba del lejano Oriente o que venía de las rutas comerciales terrestres desde las costas del Mediterráneo hasta las del sur de la antigua Mesopotamia (Irak)

Convencido el rey Manuel I, el navegante y militar Albuquerque El Terrible, tuvo el permiso para armar una pequeña flota compuesta de dos naos y cinco carabelas. Corría el Anno de Nuestro Señor de 1507. Con estos siete barcos, este noble portugués, curtido en la reconquista de Portugal y en la lucha contra el moro del norte de África, se plantó ante el puerto de esa isla-reino de Hormuz (Hormoz en persa). Dicen las crónicas que los gobernantes de ese minúsculo Reino de Oro se rieron al ver tan «ridícula» flota conquistadora, pues los barcos que defendían su puerto les triplicaban en número. Pero los barcos portugueses eran auténticas máquinas de guerra y las naves de Ormuz, bellos veleros de bambú (los dhows) pensados para el comercio. 

 La estrategia de Albuquerque El Terrible fue laboriosa, de largos meses, pero de contundente eficacia. Dispuso a las ágiles y veloces carabelas en los extremos del puerto, para evitar cualquier huida que pudiera rodear a su flota, y a las pesadas naos a una distancia prudencial desde donde sus grandes cañones pudieran asolar las defensas de las murallas enemigas. Alfonso de Albuquerque resultó despiadado. Sería el primero en usar el suministro de agua como arma. Destruyó las cisternas de agua que los isleños tenían en la costa continental y en la isla cercana de Qeshm, consiguiendo rendir a la población por sed. De esos modos le vendrá el apelativo de El Terrible.


Restos del castillo o fortaleza de Nuestra Señora de la Concepción, mandado construir por Albuquerque El terrible en 1515. Fuente de la imagen


El resultado de ese «medido» asedio supuso un beneficio colosal para el naciente imperio portugués. Se tomó el puerto como enclave comercial, esa «llave» que decía Albuquerque para controlar las riquezas que por allí pasaban, y más lentamente se tomaría el control de todas las islas próximas y de parte de la costa continental más cercana. Era 1515, casi diez años después, para ratificar su dominio que los portugueses levantarían una gran fortaleza, cuyos restos de piedras rojas aún se pueden visitar, en la punta norte de la isla de Ormuz. Su dominio llegaría hasta 1622, cuando los persas, en coalición secreta con mercaderes ingleses, arrebataron o «reconquistaron» esas posesiones a Portugal

 Sin embargo, gracias a la personalidad visionaria y fuerte carácter de este conquistador portugués, su pequeño reino europeo consiguió más de un siglo de «exclusividad económica» controlando la llave del Golfo Pérsico: el Estrecho de Ormuz. Para consolidar el control total desde 1515, mandó construir el Fuerte de Nuestra Señora de la Concepción, una estructura masiva de piedra roja volcánica que servía tanto de almacén como de prisión. Un símbolo del poder que tenía el «portero» del mar de Ormuz. 

Ahora por las manos portuguesas pasarían el control de las riquezas que suponían el mercadeo de caballos árabes, una mercancía codiciada por los reyes hindúes pagando fortunas en oro por esos corceles, que inevitablemente debían pasar desde Arabia o el actual Omán por el Estrecho de Ormuz camino de la India. También las afamadas perlas de las pesquerías de Baréin y del mismo Golfo Pérsico, que se tasaban en los mercados de la isla-ex reino de Ormuz. Además de las especias y sedas que en ese estrecho paso, un cuello de botella, llegadas de Indonesia y China, junto al ruibarbo de la cercana Persia, se controlaban con «aranceles y permisos» para ser enviados a Europa. 


No creo que tengan que esforzarse mucho para hacer una perspectiva comparada con lo que está pasando en la actualidad acerca de la nueva guerra de Oriente Medio, el control del petróleo y el Estrecho de Ormuz... una «vieja llave» para controlar la economía mundial


© Gustavo Adolfo Ordoño 

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