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| Recreacción por IA de una fotografía de los campos de concentración para ciudadanos estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial, basada en imágenes de archivos |
Nos hemos referido a la Historia con mayúsculas, que solemos asociar al «término absoluto» de la verdad histórica. Sin embargo, la verdad considerada histórica es imposible de determinar como «exacta». En todo caso, tendremos unos hechos que son los históricos, pero que estarán sujetos a las más variadas interpretaciones y también a las más interesadas formas de manipulación. Así, existirán hechos que se recuerdan de una manera conveniente y otros hechos que «dejan de existir» porque se olvidan.
Por ejemplo, en la Antigüedad era costumbre propia del poderoso el castigo a enemigos consistente en el llamado damnatio memoriae. Se trataba de la práctica contundente de borrar toda huella de cualquier opositor a su poder. Eliminar cualquier rastro del rey o cacique destronado en una cruenta disputa, haciendo desaparecer su nombre, sus esculturas, relieves o monolitos, condenándolo al ostracismo más cruel de la historia: al olvido.
Habrá también acontecimientos que desaparecen de la memoria colectiva por accidente, por ser ni muy dañinos ni muy beneficiosos; pero otros quedarán pronto relegados al mayor de los olvidos porque resultan incómodos, siendo directamente sustituidos por una versión oficial. La desmemoria histórica puede ser, por tanto, tan reveladora como el recuerdo. En Pax Augusta os contamos algunos ejemplos significativos:
Tulsa: una matanza que durante décadas nunca existió
En verdad, la llamada Masacre de Tulsa sigue, en cierta manera, sin existir. Más allá de la reciente historiografía sobre la lucha por los derechos civiles, este hecho se ha «enterrado en vida». Fue entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 1921, cuando el barrio afroamericano de Greenwood, en Tulsa (Oklahoma), sería arrasado por unas «turbas blancas». Un ataque racista masivo contra una población negra desprevenida.
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| Una fotografía de la época, en la misma semana de la destrucción del barrio de Greenwood en 1921. Imagen del archivo de la Biblioteca del Congreso (Washington) |
La barriada de Greenwood era entonces una próspera comunidad negra, conocida por ello con el llamativo apodo del «Black Wall Street». El supuesto motivo de la repentina y extrema violencia fue la detención de un joven negro, Dick Rowland, acusado de haber agredido a una mujer blanca. Tras su apresamiento se iría creando una espiral de odio hacia los habitantes de Greenwood, pues allí vivía Rowland. Al día siguiente, el barrio estaba arrasado en llamas.
Según los datos más rigurosos aportados por la Biblioteca del Congreso, se calcula que pudieron llegar esos actos vandálicos a provocar la muerte de unas 300 personas. Además, datos contrastados, serían miles las que perdieron sus hogares y los daños materiales ascendieron en ese momento a millones de dólares de la época. Aún así, teniendo esos datos registrados hablando de la horrible magnitud de la tragedia, durante décadas la matanza apenas formó parte de la memoria pública de Tulsa y, por tanto, de la historia nacional estadounidense.
No desaparecieron las fotografías, ni se eliminaron las noticias de los periódicos ni los testimonios: desapareció el acontecimiento del recuerdo colectivo. Se silenció incluso al posible relato colectivo, pues el oficial fue desapareciendo y el relato de las víctimas nunca pudo ser atendido. En 1997, casi ochenta años después, Oklahoma creó una comisión oficial para investigar lo sucedido. Este hecho demuestra que el olvido no siempre necesita destruir las pruebas y documentos históricos. Basta con dejar de hablar del acontecimiento, silenciarlo de la historia...
Campos de concentración de estadounidenses de origen japonés: un hecho ocultado por el gran «peso histórico» de los campos nazis
Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos expulsó de sus hogares y confinó en campos de concentración a más de 120.000 personas de ascendencia japonesa. Eran en su gran mayoría residentes de la costa oeste y casi todos ciudadanos estadounidenses. Los Archivos Nacionales americanos conservaron la documentación de aquella política de traslado forzoso y de obligado internamiento de los orientales mientras duró el conflicto con Japón. Sin embargo, parecía no existir para la bibliografía estadounidense sobre el conflicto mundial.
A diferencia de la memoria positiva que se generó poco después de la guerra, resultaba un «dato incómodo». Estados Unidos al acabar la contienda se presentó, con razón, como uno de los principales vencedores de la lucha contra el nazismo. Poco a poco se iba conociendo la barbarie del régimen nazi, con datos tan horripilantes como los campos de exterminio. Por eso, cuando durante la misma guerra se había privado de libertad a una población entera con la única razón de su ascendencia étnica (racial en esa época), como ocurrió con los judíos en Europa, el hecho resultaba más que incómodo para el «relato oficial» de Washington.
Sin ser comparable con los campos nazis de exterminio, la decisión histórica de EEUU de confinar a parte de sus propios ciudadanos de manera tan arbitraria resultaba una clara contradicción con los valores democráticos defendidos a muerte en la guerra. Por eso, tarde o temprano no pudo «olvidarse» que se trató de un sistema de encarcelamiento masivo de civiles. De esta manera reconocido, finalmente, por el propio gobierno estadounidense como gran una injusticia.
Esa reparación no llegaría hasta 1988, cuando el Congreso aprobó la Civil Liberties Act, reconociendo así el gobierno de Washington la injusticia. Pidió disculpas y estableció una indemnización de 20.000 dólares para cada persona reconocida como víctima de esta injusticia. Este episodio histórico ilustraría una forma de desmemoria muy empleada por los países y su construcción histórica: no se olvida el acontecimiento, sino que excluye de la imagen que una nación edifica de sí misma.
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| Una cruz de reciente instauración que recuerda a las víctimas de la Masacre de Katyn de 1940 |
Katyn: cuando a un Estado le conviene fabricar otra memoria
Entre abril y mayo de 1940, las autoridades soviéticas ordenaron a sus militares asesinar a miles de ciudadanos polacos. Tanto a los oficiales, soldados y policías que habían resistido a la invasión soviética de 1939, como a políticos y miembros de las élites intelectuales que habían huído tanto del avance soviético como del alemán. El crimen acabó conociéndose como la Matanza de Katyn, aunque englobaba en ese apelativo cruento a varias grandes ejecuciones que tuvieron lugar en ese periodo de la primavera de 1940 y en otros lugares.
Un dato escalofriante del Instituto de la Memoria Nacional polaco nos habla de unas 22.000 víctimas en esa macabra operación soviética. Un hecho manipulado desde el inicio. En 1943, cuando los alemanes en su repliegue por el territorio de la Unión Soviética descubrieron las fosas de Katyn, Moscú negaría su responsabilidad y atribuyó las ejecuciones a los propios nazis. Esa versión sería el «hecho histórico» mantenido como el «real» oficialmente durante décadas.
Aquí no estamos ante un silencio o un simple olvido de la «verdad histórica». Este caso es un ejemplo de cómo crear otra memoria a recordar. El pueblo soviético estaba luchando en una Guerra Patria, era una causa justa contra el fascismo que asolaba al mundo, y no podía tener entre su memoria de esos años gloriosos una barbarie como esa, una masacre de polacos civiles y militares rendidos. Se tuvo que fabricar una memoria oficial falsa que encajase mejor en el relato histórico construido.
Moscú no reconoció la responsabilidad del NKVD hasta 1990, medio siglo después de los asesinatos. Katyn demuestra que una potencia geopolítica no necesita conseguir ocultar un crimen o que su opinión pública lo olvide. Puede hacer algo más eficaz: decidir qué debe recordarse sobre un determinado periodo histórico.
La Hambruna de Bengala: cuando millones de muertos se olvidaron por el gran devenir histórico que se aproximaba en la India
En plena Segunda Guerra Mundial, las noticias del año 1943 estaban dominadas por el protagonismo excesivo de la contienda. De esta forma, la noticia tan importante de Bengala sufriendo en ese año una de las grandes catástrofes alimenticias del siglo XX quedaría pronto olvidada. Bengala era una extensa provincia de la India británica que ocupaba buena parte del noreste del subcontinente y cuyo territorio se corresponde aproximadamente con la actual Bangladés y el estado indio de Bengala Occidental. Esa amplia región sufriría una devastadora hambruna que provocó entre 1,5 y 3,5 millones de muertes, según recientes estimaciones.
La tragedia tuvo causas múltiples: la pérdida de suministros de arroz procedentes de Birmania tras la ocupación japonesa, problemas en las cosechas, una inflación constante, acaparamiento y dificultades de distribución que se agravaron por las decisiones de las autoridades coloniales británicas de primar la logística bélica para la guerra mundial. En la actualidad este conjunto de hechos sigue siendo objeto de debate entre los historiadores. Una hambruna que provocó unos tres millones de muertos y que apenas está viva en la memoria histórica bengalí, solamente en el ámbito rural mantiene referencias,
Entre las investigaciones históricas recientes destaca un estudio de Cambridge señalando que pronto el episodio se convirtió en una «distant memory». Una memoria distante, sepultada bajo un acontecimiento histórico mucho mayor como fue la Segunda Guerra Mundial y luego el proceso de independencia de la India. No es que la tragedia fuera «invisible» en su momento, en 1943 hubo fotografías, prensa y una enorme controversia política, pero lo curioso de este caso es que poco después se convirtió en una memoria mucho más distante y fragmentaria. Así, factores tan importantes como que esta gran hambruna creó un fuerte sentimiento anticolonial, elemento decisivo en los siguientes años, no tienen su debida consideración histórica.
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| Imagen de una calle de Londres durante la Gran Niebla de 1952; recreacción por IA |
La Gran Niebla de Londres: una tragedia ambiental que se obvió demasiado y no tiene el peso histórico que debiera
Entre el 5 y el 9 de diciembre de 1952, Londres quedó cubierto por una espesa mezcla de niebla. Un humo y gases contaminantes procedentes sobre todo de la combustión del carbón usado de manera excesiva para las calefacciones de las casas. La ciudad, pionera de la Revolución Industrial, estaba acostumbrada a las «nieblas» provocadas por las fábricas. Por eso el episodio no fue inicialmente percibido como la catástrofe sanitaria y ambiental que era y en la que se convertiría como «hecho histórico».
De esta manera, hacer memoria histórica de este hecho queda en las brumas, nunca mejor dicho, de los datos históricos. En las estimaciones oficiales más recientes se habla ahora de unas 12.000 muertes adicionales. Es decir, fallecidos relacionados con el acontecimiento y sus consecuencias durante los meses –años- siguientes. El Gobierno británico no se olvidó del tema, aunque al principio no actuó con amplitud de miras y los ciudadanos normalizaron la situación como unos días más con «mucha contaminación». Los datos posteriores hablarían de que ese episodio debió ser considerado el punto de inflexión que condujo a la legislación sobre «aire limpio» unos años después.
Sobre este hecho o «verdad histórica» no hubo olvido premeditado, ni censura ni una versión oficial alternativa. Se daría algo relacionado más con la rutina de la vida cotidiana que nos hace muchas veces normalizar «hechos extraordinarios». La sociedad londinense estaba tan acostumbrada a la contaminación que tardó en comprender que estaba viviendo un «día histórico»: una de las primeras emergencias climáticas de la historia.
En todos estos casos aparece una misma paradoja: los documentos y los datos sobrevivieron mejor que la memoria. Resulta la forma más inquietante de olvido histórico. Como en la «olvidada» Guerra del Ifni (1957) en España. Existió prensa y crónicas (militares) históricas, incluso libros, pero un país no necesita destruir sus documentos para menospreciar y olvidar un «hecho incómodo». Basta con dejar de mencionarlo y relegarlo frente a otro acontecimiento más importante, como fue el Sáhara en el caso de Ifni. Convertirlo en un episodio inexistente porque ni se conocen ni se exponen sus muchas contradicciones. Ambigüedades de la «niebla» de la Historia
Sobre el autor
Gustavo Adolfo Ordoño Marín es historiador y periodista licenciado por la Universidad Complutense de Madrid y la UNED. Máster en Historia Contemporánea de España. Autor de ensayos históricos en editoriales como Almuzara y colaborador en medios de comunicación. Conoce más sobre su trayectoria académica, línea editorial y publicaciones en la sección Acerca de Pax Augusta .





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