La caravana de Tombuctú II. Y Francia regresó


En el año 1893 las tropas francesas conquistaban la ciudad de Tombuctú. La enorme extensión territorial que hoy compone Mali se convirtió en colonia de la metrópoli francesa hasta que en 1960 el país accedió a una inestable independencia. Recientemente, en el año 2013, los franceses han regresado. El 28 de enero, las tropas del ejército galo arrebataron la ciudad de Tombuctú a los rebeldes islamistas dentro del contexto más amplio de la “guerra contra el terrorismo”.

En ambos casos, tanto en el marco del colonialismo imperante a finales del XIX como del neoconservadurismo de finales del XX y principios del XXI, ha imperado la pretendida ideología de la libertad. La empresa decimonónica encontró su argumentación en los supuestos civilizadores de una Europa moderna e industrial. La actual intervención francesa ha obtenido el soporte de la lucha contra el mal encarnado por el terrorismo islámico.

Malí es un país incapaz de atender a su complejidad étnica. Siendo uno de los países más extensos de África, también es uno de los más pobres. El norte, de mayoría tuareg, se ha visto relegado a un segundo plano de la política nacional. El caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de movimientos que dicen luchar por la independencia del norte tuareg. En los últimos años hemos de sumar el componente religioso. Redes más o menos integradas en Al Qaeda en el Magreb Islámico operan aplicando la versión más rigurosa de la Sharia. En la otra esquina, el Gobierno de Malí, sujeto tanto a la inestabilidad interna como a las injerencias externas.

Francia interviene en Malí a principios de 2013 para impedir el avance hacia el sur de las fuerzas rebeldes integradas por tuaregs e islamistas. En una operación de apenas dos semanas, las tropas galas recobran el control del norte del país. La operación, avalada por la resolución 2085 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, fue un éxito sin precedentes. François Hollande desfiló como un libertador por las calles de Bamako (la capital del país) y de Tombuctú. En la conclusión matemática, centenares de integristas islámicos abatidos, apenas dos bajas francesas y, sorprendentemente, ningún civil en el recuento oficial de fallecidos. La intervención había sido minuciosa. Aunque puede que la maquinaria propagandística decidiera no manchar la brillante campaña con muertos innecesarios e intrascendentes.

Ahora bien, ¿qué perseguía Francia en Malí? En un artículo publicado en El País por Miguel Mora (29 de enero de 2013) un eufórico Holland aseguraba estar ganando la guerra en Malí… Aunque peligrosos terroristas resistían en el norte del país con la posibilidad de “llevar a cabo actividades extremadamente peligrosas para los países vecinos”. Teniendo en cuenta que Francia ha insistido en sus intenciones humanitarias, sería interesante saber por qué el presidente francés aseguraba que la amenaza persistía a la vez que anunciaba que sus tropas serían sustituidas a la mayor brevedad posible por otras africanas.


Muchos analistas coinciden en el acierto del presidente francés. Antes de la intervención, la popularidad de Hollande había descendido de una forma alarmante. Malí supuso una oportunidad de oro para desacreditar a todos aquellos que le acusaban de indeciso y hombre de poca resolución. La intervención incrementó el crédito político de un Hollande capaz de anunciar una nueva era en la relación de Francia con sus antiguas colonias.

Sin embargo, diversas fuentes insisten en poner el acento de esta aventura militar en intereses económicos, centrados geográficamente no tanto en el país intervenido, sino en el vecino Níger. Esta antigua colonia francesa dispone de algunas de las más importantes reservas mundiales de uranio, explotadas de forma mayoritaria por un conglomerado empresarial francés. La lógica del neocolonialismo se reproduce en esta relación asimétrica en la que Francia es la gran beneficiada al obtener una materia prima fundamental para su sector energético a bajo coste. La actuación en Malí tendría como objetivo asegurar la estabilidad regional en el oeste africano para así garantizar el ventajoso suministro de uranio para sus centrales nucleares.

Malí es un episodio más en la práctica neocolonialista de Francia en sus antiguos dominios. Bajo el pretexto recurrido y recurrente de la intervención humanitaria, de la lucha contra un mal en mayúsculas que se cierne sobre la democracia y la libertad, las tropas galas han restituido el orden en el país africano. Ahora, sin embargo, se abre un nuevo tiempo de nuevos retos que, según París, deben ser afrontados por los propios africanos. Tanto la cuestión étnica como la situación humanitaria de uno de los países más pobres del planeta parecen ocupar un lugar secundario en la oscura y secreta agenda de la política exterior francesa. Restituida (al menos temporalmente) la credibilidad política del presidente francés y restablecido el orden geopolítico en la región (todavía más inestable que la confianza en Hollande) de acuerdo a los intereses de París, todo lo demás es, como siempre, un asunto africano.

Luis Pérez Armiño ©

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