Secretos oficiales; una historia desde al emisario que le arrancan la lengua al triturador de documentos para destruir hechos

Recreación de la portada TOP SECRET del proyecto Apolo para viajar a la Luna años 1960

 

 Seguro que en alguna película, serie de televisión o novela histórica, han podido estremecerse con el sacrificio de los emisarios. Ese mensajero que traía una información delicada para el curso de una guerra o de un tratado político, siendo luego mutilado cortándole la lengua para que ese secreto no transcendiera más allá de lo necesario. O peor aún, eran asesinados fríamente como mejor recurso para conseguir el absoluto «silencio oficial». No es exageración ficticia, propia de un guionista o novelista, pues muchas civilizaciones antiguas emplearon esa cruel «política del secreto». Me estoy acordando de los pobres obreros constructores de la oculta tumba del faraón dentro de su pirámide, cuando eran enterrados vivos con él. 

El concepto de «Alto Secreto» ha evolucionado estrechamente relacionado con el desarrollo de los poderes fácticos. De ser una propiedad exclusiva de monarcas a convertirse en todo un aparato burocrático, tan necesario como controvertido en las sociedades democráticas. Pues a lo largo de la historia, el poder no solo ocultaba cierta información para proteger la seguridad nacional, también lo hacía para preservar la imagen de las instituciones o evitar un enjuiciamiento público de su proceder. 

Ha existido toda una «cultura del secreto», basada en los mecanismos que el poder utilizó –y utiliza- para blindar la «Verdad» o, para ser más exactos, ciertos hechos que nos acercarían a saber qué ocurrió exactamente en ese acontecimiento histórico. Con la llegada de la documentación escrita y su uso en todo tipo de relaciones sociales, desde comerciales a políticas, el llamado «papeleo» o burocracia ha tenido una faceta siniestra que ha servido a los poderosos y luego a los gobiernos, incluso de países democráticos. 

Felipe II, al que llamaron el Rey del Papel y la criptografía política

 Cuando se estudia a Felipe II lo primero que nos cuentan es que no fue un monarca «batallador» como su padre, el emperador Carlos V. Felipe II, no gestionaría tanto desde el campo de batalla sus vastos dominios como desde su despacho en El Escorial. Para este rey, biznieto de los Reyes Católicos, el documento era «El Poder». Llegaría a crear, con sus Secretarios de Estado, un sistema donde los documentos secretos se manejaban partiendo de una desconfianza sistemática y el uso de la burocracia extrema.

Por ejemplo, Felipe II fue el monarca europeo con una visión pionera en el uso del documento como fuente para legitimar al poder. En 1588, dictó un decreto para convertir el Castillo de Simancas en el primer archivo oficial del Estado, todavía en funcionamiento Archivo General de Simancas. Además de la preservación histórica, algo que también interesaba a este rey, para él ese archivo suponía «el control absoluto». Durante su reinado, nadie pudo entrar sin su permiso real y los documentos, sobre todo los importantes, se guardaban en arcas con múltiples llaves en poder de varios funcionarios para dificultar el posible robo.

 Llegó a emplear sofisticados sistemas de encriptado para que los documentos más relevantes de su Imperio no fuesen «leídos». Se conoció como la Cifra de Estado, donde las cartas más sensibles se escribían utilizando cifras. Códigos complejos donde se creaban «alfabetos de sustitución» que incluían nulos, unas letras que no significaban nada para confundir al posible «criptoanalista». También usaban los llamados homófonos, que eran varios símbolos para una misma letra; evitando así el análisis de frecuencia (de la misma letra) que era el recurso más usado por los descodificadores de mensajes de «criptografía política»

Su celo burocrático le llevó a usar lo que en la Corte acabó conociéndose como el Billete Real. Felipe II utilizaría diminutos trozos de papel, los llamados billetes, dando en ellos órdenes secretas a sus secretarios. Estas notas debían ser devueltas o destruidas para no dejar rastro de la verdadera «intención real» o de la definitiva voluntad del monarca que estaban detrás de una decisión oficial.


Recreación por IA (Gemini) de Felipe II con un secretario encriptando documentación


Los Gabinetes Negros: la guerra secreta contra los Secretos del Poder

 Todos los monarcas, los aristócratas y poderosos, se afanaron en proteger sus cartas (documentos), en la Edad Moderna; donde Felipe II fue el más poderoso y el que con mayor «obsesión» los convirtió en secretos. Pero todo poder acaba teniendo su contrapoder y pronto aparecerían los Gabinetes Negros (Cabinets Noirs), dedicados a conseguir por cualquier medio «leer» la documentación de los demás. Estos «gabinetes oscuros» de espionaje prosperaron en Europa desde el siglo XVII hasta bien entrado el XIX; siendo el origen de muchas de las agencias de inteligencia (espías) actuales. 

En estos Gabinetes Negros trabajaron verdaderos artistas de la copia y restauración, convertidos en espías. Asaltaban almacenes de correos o archivos y se llevaban durante la noche los documentos que querían copiar. Con una amalgama de mercurio hacían un molde rápido del sello de cera, de la lacra oficial. Así, una vez abierta la carta se copiaba íntegramente. Después, se hacía el resellado, se volvía a cerrar la carta usando ese molde de mercurio para que pareciera intacta y se devolvía a su sitio antes del amanecer. Si ese documento estaba cifrado, la copia se enviaba a los lingüistas y matemáticos del gabinete, funcionado como toda una agencia de espionaje. 

De todos estos Gabinetes Negros, el que más fama adquirió por su eficacia fue el de Viena (Geheime Kabinettskanzlei). Según datos de finales del siglo XVIII, lograba abrir, copiar y reenviar hasta 100 cartas diarias de diplomáticos extranjeros antes de que ese «correo oficial» fuera entregado a sus destinatarios. Se podía considerar como una Agencia de Inteligencia de la Ilustración

Operación Legado (Operation Legacy); el gran borrado del Imperio Británico

 Quizás uno de los ejemplos más literales de cómo un Estado acaba actuando de manera sistemática para ocultar su pasado reciente. Durante el periodo principal del proceso descolonizador, entre las décadas de 1950 y 1970, cuando el Reino Unido se retiraba paulatinamente de sus colonias repartidas por todo el mundo, de Kenia, Chipre o de Malasia, su servicio secreto, el MI5 y el por entonces llamado Ministerio de Colonias, ejecutaron la conocida como Operation Legacy. 


Recreación por IA (Gemini) de unos funcionarios de la administración colonial destruyendo documentos comprometedores para la metrópoli 


Se llegaría a crear un «protocolo de destrucción» de la documentación generada por la actividad del Reino Unido en esos países. El objetivo era evitar a toda costa que los nuevos gobiernos independientes tuvieran acceso a los documentos que pudieran poner en entredicho la actitud gobernadora de los británicos y «avergonzar al Gobierno de Su Majestad». Estipularon a los funcionarios y diplomáticos criterios estrictos para los documentos que debían hacer desaparecer. 

De esta manera, debieron destruir los documentos que mostraran prejuicios raciales o religiosos; las pruebas de tortura o abusos, como los graves ocurridos durante la rebelión Mau Mau en el proceso de independencia de Kenia. Luego, se debía borrar la información que revelase a las fuentes de inteligencia británicas. En muchos de estos territorios se ordenó quemar los documentos en incineradores municipales o en fosas excavadas en los cuarteles que se abandonaban. 

Hubo los llamados Archivos Migrados, de documentos que no fueron destruidos y que se enviarían secretamente de vuelta a Londres. Durante cincuenta años, los gobiernos británicos negarían la existencia de unos 8.800 expedientes, que se calculan eran los «migrados» desde las colonias. Hasta que un juicio en 2011, iniciado precisamente por supervivientes de la represión en Kenia, obligó al Foreign Office a admitir que estaban ocultos en una instalación de alta seguridad en Hanslope Park.


Vemos como la llamada Operación Legado demuestra que, incluso en democracia, el poder utiliza el SECRETO no solo por seguridad de Estado, también muchas veces como herramienta de gestión y saneamiento de la reputación histórica


 

© Gustavo Adolfo Ordoño  

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