lunes, 22 de agosto de 2016

Política española y el arte de las evidencias

Elemental, querida España...

En verano suelo aprovechar para cambiar de lecturas. Prefiero leer novela negra o policíaca, mi género favorito, huyendo de los manuales de Historia o del ensayo político. En el disfrute de una de las novelas de un fenómeno editorial del género, el francés Pierre Lemaitre, me encontré con la descripción perfecta de la situación política española. Se trata de uno de los policías miembros de la brigada criminal, descrito como un tipo tacaño, descuidado en el vestir, que no gasta ni en la compra de un abono trasporte, esperando que algún compañero vaya dirección a su casa. Este “miserable” de infinita paciencia es un experto en el “cultivo del arte de las evidencias”. Cuando la investigación queda atascada y necesita de alguna evidencia, el comandante Camille Verhoeven (nuevo gran icono del detective literario) entrega una serie de pistas difusas a este miembro de su equipo para que las convierta en posibles evidencias del crimen.


El “caso” de la situación política española necesitaría un investigador minucioso de evidencias como el de este inspector de novela policíaca. Las pistas son difusas, las pesquisas ambiguas. Todo el mundo opina, debate, se cultiva la obviedad en lugar de cultivar evidencias. El país está cansado de ver atascada la formación de un gobierno. Cuando las izquierdas pudieron formar gobierno la obviedad del constitucionalismo de unos y la aceptación de otros de un referéndum que consulte la posibilidad de una secesión catalana, imposibilitó formar legislativo. Cuando la vieja izquierda constitucional buscó el centro escorado a la derecha, la obviedad del rechazo, casi enfermizo, de la joven izquierda activista hizo imposible cualquier gobierno. Y todos estos intentos se hicieron cuando la derecha, vieja y amplia, no tuvo la decencia política de presentarse a una investidura pese haber ganado las elecciones (partido más votado). El motivo que dio, otra obviedad: no tenía mayoría absoluta.

viernes, 19 de agosto de 2016

Lorca, la memoria histórica y la jurisdicción universal

Un jovencísimo García Lorca

Algo esencial para la dignidad de un país se rompió en la Guerra Civil española. Es penoso que la sociedad no haya sido capaz de hacer memoria histórica de este crucial periodo de su historia reciente sin politizar todas las iniciativas que se han llevado a cabo en el campo de la recuperación de las memorias, públicas y privadas. Existe hoy día aún una generación veterana, de ancianos, que de forma mayoritaria sigue empeñada en creerse la propaganda franquista que hacía de cualquier reflexión o acto de memoria sobre las víctimas de la guerra un montaje "judeo-masónico-marxista" para volver a enfrentar a los españoles en un conflicto civil. Derecha e izquierda, las dos Españas; no logran entenderlo como un asunto de derechos humanos. Aunque el franquismo en sí, en el día a día, esté superado en la sociedad española, su maniqueo abuso de la guerra civil iniciado con el golpe de Estado contra la República en 1936, sigue latente en el imaginario de muchos españoles. La derecha política, pero también social, no ha hecho mucho por desmentir "la necesidad" de una guerra para "salvar a España" del comunismo.

Es muy complicado hacer pedagogía con estas personas mayores sobre la necesidad de una recuperación justa y digna de la memoria de los cientos de miles de compatriotas que yacen en cunetas y fosas comunes desde hace 80 años, porque siguen creyendo en la versión oficial franquista. Estos muertos, según esa versión, son consecuencia de las desgracias de una "guerra inevitable". Tampoco se ha realizado una pedagogía histórica con las generaciones siguientes, con los hijos y nietos de los "educados" en pleno franquismo, los que serían ciudadanos "educados" en la transición y la democracia. En las escuelas se ha estudiado a la dictadura en los últimos temas y en cursos superiores. Detalles de las graves injusticias cometidas por el Régimen y que hacían necesaria una ley de memoria histórica, tampoco se explican en las aulas españolas. 

martes, 16 de agosto de 2016

Las medallas de Corea del Norte; los atletas rusos y ucranianos y otras reflexiones olímpicas

Rim Jon-Sim, olímpica norcoreana oro en halterofilia. Imagen AP

Bajita y contrahecha, sin músculos dibujados en sus brazos o en sus piernas, se dirige provista de una sonrisa de porcelana asiática hasta la tarima donde le esperan los 153 kilos de las pesas que va a levantar. A simple vista nadie diría que esa mujer pequeña y sin grandes espaldas sea la campeona olímpica en Londres 2012 en categoría de 69 Kg y que ahora lo vaya a ser de los Juegos de Río 2016 en el peso de 75 Kg femenino. Sorprende que esos brazos cortos puedan levantar en dos tiempos más de 150 kilogramos de hierro. Quizás las piernas, también cortas pero arqueadas y robustas, puedan argumentar con algo más de sentido que esa atleta norcoreana de 23 años, Rim Jong-Sim, levante como el que alza un bebé de seis meses esa tremenda barra llena de kilos.

El comentarista de la televisión que estoy siguiendo realiza un comentario desapasionado pero cargado de razón: "la atleta de Corea del Norte es pura técnica". Y yo me imagino a esa niña nacida en Pyongyang en su entrenamiento diario, espartano y militar, levantando pesas según la depurada técnica comunista, primero soviética y luego de la República Popular China. Así ha conseguido el sueño de cualquier atleta olímpico: repetir medalla de oro en varias olimpiadas consecutivas. Lo que nos vendría a decir que da igual que el gato sea negro o blanco, mientras cace ratones. La delegación de atletas de Corea del Norte acude a los juegos olímpicos con un halo de hermetismo como el que rodea al país, encerrado en sus fronteras. Saben en lo que son excelentes deportistas y van a demostrar al mundo que una sociedad alienada bajo un líder paternalista autoritario también consigue medallas. Muchas más que muchos países libres y capitalistas.