Afganistán, muerte en combate


En un blog sobre la paz era raro que no escribiese sobre la única guerra abierta donde ciudadanos, soldados españoles, de nuestra sociedad están interviniendo. La guerra de Afganistán es ya una de las más largas de la historia. Los enemigos no cuentan con grandes ejércitos, ni se enfrentan en batallas clásicas o modernas. Los enemigos son los talibanes, un grupo integrista y radical que ha llevado con su interpretación fundamentalista del Islam al país a la Edad Media, o lo ha dejado ahí, pues la economía y el desarrollo social antes y durante su gobierno era el mismo de una sociedad medieval, feudal, con señores de la guerra y señores del opio; y cuando hay señores, hay siervos y esclavas (la situación de la mujer afgana era y es de las peores del mundo).

Como ocultaban a Bin Laden los talibanes fueron aplastados en una fulgurante operación militar protagonizada por los EEUU, derrocados del poder en Afganistán, pero no erradicados como mal, como lastre del desarrollo social afgano.

Esta semana de noticias políticas, con la celebración del debate electoral entre Rajoy y Rubalcaba por la presidencia en España, se ha obviado la muerte en combate (la primera víctima de este tipo, ya que el resto han sido en atentados o accidentes con vehículos) del sargento primero, Joaquín Moya Espejo, en un tiroteo en una encerrona talibán. A pesar de que los políticos candidatos tuvieron un recuerdo para el suboficial español y su familia al iniciarse el debate, el asunto no volvió luego a ser tratado.

El “asunto” es el empleo de nuestros ejércitos modernos y profesionales en países con un mal endémico de luchas tribales y religiosas. En un blog como el que está leyendo pretendemos no simplemente luchar por el pacifismo, no ser utópicos. Intentamos desde el análisis cultural, histórico y social, llegar más lejos y reflexionar sobre lo que la acción cívica de sociedades desarrolladas está logrando allí, en un país sin estado estructurado y alejado de la modernidad y la democracia.



Sí, como lo lee: acción cívica. Porque ya no son los ejércitos de un rey o de un emperador a la conquista de nuevas tierras o al sometimiento de otros pueblos. No, son ejércitos financiados con nuestros impuestos, son tropas mandadas por ciudadanos de sociedades democráticas. La intervención militar en Afganistán tiene la aprobación de la que debería ser, en este tipo de asuntos, máxima autoridad: la ONU. Asunto resuelto, no habría más que discutir, para eso se creó la ONU, para llevar la paz donde no la hay.

Pero, y los peros son fundamentales para no conformarse, para al menos ser críticos sino de acción, de pensamiento; pero la intervención militar no está consiguiendo sus principales objetivos. Para ello, visto lo visto, la ocupación y gestión militar del país debía hacerse a la manera clásica, una dominación militar suponía el exterminio del enemigo, de su capacidad combativa. Es imposible que el gobierno oficial, de facto, y el ejército afgano se hagan con el control del estado. No es posible porque el régimen talibán fue derrocado, pero no extirpado de la sociedad afgana.

Vamos a dejar que los afganos resuelvan sus problemas sin nuestra intervención militar, eso ha decidido EEUU y sus aliados, bajo la tutela de la ONU; España ya tiene calendario de retirada, se consideraba misión cumplida, los políticos hablan de “madurez” ya de los organismos afganos (gobierno y ejército) para abordar el “asunto”.

La muerte del sargento Moya podría contradecirles, en realidad lo hace. Si se van los ejércitos mandados por ciudadanos (representados por gobiernos democráticos) de Afganistán la paz social la deberán conseguir solos, usando los medios legales a su alcance. Esperemos que sea así, aunque un análisis de superficie desde un enfoque histórico hace temer que, una vez solos los afganos, vuelvan a resolver sus asuntos al estilo medieval de los señores de la guerra.

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