La ayuda suiza en la Guerra civil española




ELISABETH EIDENBENZ  Y  LA "AYUDA SUIZA" (1937-1939)

Burjassot y Madrid unidos por la ayuda humanitaria



Luis Manuel Expósito Navarro

           
           El equipo suizo eligió Valencia como sede. Muchos creerán que esta frase se refiere a la elección de Valencia como sede de la 32 América’s Cup por el equipo suizo del Alinghi, un evento deportivo que se desarrolló, como es bien sabido, en 2007. Sin embargo, para encontrar el sentido verdadero a la frase con que se inicia este artículo hay que retroceder en el tiempo setenta años más, hasta situarnos en 1937, en plena Guerra Civil.

           El Comité de Ayuda Suiza a los Niños de España estaba formado por un conglomerado de asociaciones benéficas, religiosas y pacifistas helvéticas. Esta organización humanitaria había sido ideada a finales de 1936 y creada oficialmente en febrero siguiente, ante la alarma que suscitaba la barbarie de los bombardeos que se cernían cada vez más contra la población civil en la guerra española. Aquella fue la primera vez que los niños fueron quienes más sufrieron las calamidades y horrores de la guerra, y a ellos iba a ir dirigida, al menos en principio, la ayuda humanitaria. Rodolfo Olgiati, secretario general del Servicio Civil Internacional (SCI), fue el encargado de las negociaciones con el Gobierno republicano y con el general Franco, tratando de preservar la neutralidad suiza. Y ante la rotunda y poco comprensible negativa de los dirigentes sublevados, Olgiati, planificó la entrada en España de tres equipos de voluntarios, uno se instalaría en Madrid, otro en Barcelona y el principal en Valencia. Los primeros doce voluntarios, más de la mitad de ellos chóferes, destinados a Valencia se instalaron en una céntrica casa de la cercana Burjassot a finales de abril de 1937, y allí se instaló la sede central de la Ayuda Suiza. A ese equipo, internamente se le conocía en el SCI como “Team Burjassot”.

            Los habitantes de la ciudad de los Silos, en la que sólo había por entonces una decena escasa de automóviles, se sorprendieron una tarde con la llegada de cuatro enormes camiones Ford cargados con unas diez toneladas de ropa, medicinas y alimentos básicos, como azúcar, harina, leche en polvo y la deliciosa “ovolactina”. Tras instalarse en una casa deshabitada de la calle Colón, la cual les había sido asignada, al parecer, por el Comité Municipal que regía el Ayuntamiento de Burjassot, o cedida por un prestigioso artista según otras fuentes, los voluntarios internacionales comenzaron a organizar la ayuda. Aquellos cuatro camiones, que llevaban rotulado en sus laterales “AYUDA SUIZA A LOS NIÑOS DE ESPAÑA”, fueron bautizados con los sugerentes nombres de un prestigioso pedagogo suizo del siglo XIX, Johann Heinrich Pestalozzi, y tres premios Nóbel de la Paz: el de 1901, Jean Henry Dunant, fundador de la Cruz Roja; el de 1919, Thomas Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos y fundador de la Sociedad de Naciones, y el de 1922, Fridtjof Nansen, científico y explorador noruego, delegado de Noruega en la Sociedad de Naciones y creador del “pasaporte Nansen” para refugiados de guerra indocumentados. A aquel cuarteto de vehículos se le uniría meses después un quinto camión, el Dufour, en honor a Guillaume-Henri Dufour, general suizo y uno de los fundadores de la Cruz Roja, y un autobús, el “Zwingli”, en honor al reformador protestante suizo Ulrico Zwinglio, figura básica para entender el Calvinismo y la ruptura de la Reforma. Este autobús estaría expresamente diseñado para la evacuación de las mujeres embarazadas, sobre todo las del Madrid sitiado.

          Una de las voluntarias suizas en Burjassot no fue otra que la hoy día célebre maestra y enfermera suiza Elisabeth Eidenbenz, por entonces con 23 años y hoy recientemente fallecida, 23 de mayo de 2011, a la edad de 97 años. Su labor humanitaria no pasó desapercibida para la comunidad judía, y en 2002, se galardonó con la medalla de los Justos entre las Naciones del Yad Vashem, una institución del Estado israelí creada para honrar a víctimas y héroes del Holocausto. Cuatro años después, sería galardonada con la Creu de Sant Jordi de la Generalitat de Catalunya y con la Cruz de oro de la Orden Civil de la Solidaridad Social, otorgada por el Gobierno de España. Además, en 2007, la República de Francia le otorgo la Legión de Honor. Sin embargo, esas cuatro prestigiosas distinciones sólo tuvieron en cuenta la admirable labor que la maestra suiza realizó entre 1939 y 1944 en la maternidad de Elna, en el sur de Francia, donde logró atender cerca de 600 embarazadas españolas y judías, además de ayudar al nacimiento de 597 niños, que de otro modo hubieran tenido pocas esperanzas de vida en aquellos inhumanos campos de internamiento franceses donde permanecían hacinados cerca de 300.000 refugiados españoles, tras su forzoso éxodo ante la inminente victoria de Franco y su previsible represión, como así fue.

           Cuenta Elisabeth Eidenbenz que al llegar a Burjassot, en febrero de 1938, no entendía nada el castellano y que “fue bastante difícil para mi comprar la verdura en el mercado”. En sus progresos con el idioma le ayudaba un muchacho madrileño y en las labores domésticas, sobre todo en la cocina, una señora de Burjassot: “No me acuerdo de su nombre, pero sé que su sobrino perdió una pierna en un bombardeo de Burjassot”. Ahora sabemos que aquella cocinera se llamaba Nina.

El comité que dirigía la Ayuda Suiza, tenía tres planes perfectamente diseñados por Olgiati: transportar víveres, ropa y medicinas a Madrid; evacuar niños para llevarlos a las Colonias Infantiles del “Levante Feliz”, aunque luego se evacuaron también enfermos, ancianos, madres lactantes con sus bebés y mujeres embarazadas; y, por último, acoger a 800 niños en Suiza, donde se estaban haciendo ya los preparativos para su acogida. Sin embargo, la más compleja labor humanitaria, y la más olvidada por la historiografía, fue la de la creación y dirección de numerosos comedores benéficos en Madrid, donde se repartieron durante meses raciones a casi 15.000 personas.



            De ese modo, cuando los camiones Pestalozzi, Nansen, Dunant y Wilson llegaban cargados con las vituallas al sitiado Madrid, en lugar de volver de vacío a su cuartel general de Burjassot, comenzaron a hacerlo cargados con decenas de niños en cada viaje, a razón de cuarenta en cada camión en viajes que duraban entre diez y catorce horas: eran los niños de la guerra, que en algunos casos viajaban junto con sus madres y con otras mujeres embarazadas a una media de unas cuatrocientas personas evacuadas cada semana.

           Tras una corta estancia en Burjassot, muchos niños y niñas evacuados eran redirigidos con los mismos vehículos a Cataluña, a zonas no azotadas por los bombarderos franquistas, ya fueran estos tanto las “pavas” que llegaban desde Mallorca, como los temibles Junkers Ju-52 de la Legión Cóndor. En cambio, otros niños de Madrid tuvieron suertes diversas, pues, mientras que unos eran embarcados en el Grao con destino a diversos países de acogida, otros quedaban instalados en régimen de acogida familiar o en las recién estrenadas Colonias Infantiles de Valencia y de otras poblaciones, como la cercana Colonia Infantil “Pablo Iglesias” de Godella o las ubicadas en Torrente, Picaña, Masarrochos, Quart de Poblet, Alboraya, o incluso en las alejadas de Buñol, Oliva u Onteniente, todas ellas bajo la tutela de los Ministerios de Instrucción Pública y de Sanidad.

          Burjassot era el lugar de arribada de aquellos niños evacuados de Madrid y de las poblaciones afectadas por el frente del Jarama, y numerosas familias burjasotenses habían estado acogiendo niños en sus domicilios desde octubre de 1936. Es el caso de los hermanos Juan y José Machio, acogidos por la familia Arroyo, o el del misionero en Zimbabue, José García, nombrado recientemente hijo adoptivo de Burjassot y entonces niño adoptado por la familia Arnau. Otras familias de la población acogieron en sus domicilios a los niños, cuyos rostros reflejaban una mezcla de tristeza y esperanza mientras permanecían sentados en los escalones de la entrada de la Casa Consistorial antes de que alguna familia los acogiera en su domicilio.

            Los miembros del Comité Municipal, quienes, por cierto, recibirían como “premio” la cárcel o el fusilamiento durante la cruenta represalia franquista, adecuaron dos casas de la calle Mendizábal como escuelas, una para niñas y otra para niños, donde poder continuar la formación de los pequeños, que habían venido también con sus maestros madrileños. Además, en la zona de las calles Mendizábal y Colón se construyeron tres refugios convenientemente dotados para las necesidades infantiles. Pero aquellos niños sólo tenían un miedo: los bombardeos, que se comenzaban a producir en Burjassot también. Por ello, el Ayuntamiento sopesó la posibilidad de alejar en caso de peligro a maestros y alumnos a dos kilómetros de la población en los días de peligro. Hay que tener en cuenta que el horror de las bombas permanecía en la retina de aquellos ojos infantiles desde que las primeras bombas del ejército sublevado cayeron sobre el sur de Madrid y sobre Getafe el 31 de octubre de 1936, con el fatal resultado de 120 fallecidos, niños la mitad de ellos.

         Aquella casa de la calle Colón, convertida en cuartel general de la Ayuda Suiza, serviría para las reuniones de coordinación de la ayuda humanitaria internacional. “En nuestra casa en Burjassot recibimos a los colaboradores de otras obras de ayuda: cuáqueros de Inglaterra y Estados Unidos, Ayuda Internacional para niños, National Joint Committee [for the spanish relief], un comité danés y otro de Noruega”, recuerda con plena lucidez Elisabeth Eidenbenz en una carta que me escribió en perfecto castellano, y en la que apostilla: “una buena colaboración entre las diferentes obras benéficas era muy necesaria”. En realidad, en el jardín de aquella casa, se tomaron coordinadas y trascendentes decisiones destinadas a repartirse el trabajo y las áreas de actuación entre las distintas organizaciones humanitarias extranjeras que operaron en España.


            Mientras tanto, la maestra suiza realizaba todo tipo de labores en la sede de Burjassot, desde lavar la ropa de los chóferes de los camiones hasta cocinar, pasando por instalar “una cantina” (un comedor) donde poder “dar leche en polvo y azúcar para las madres después del parto, o una taza de leche diaria para los niños”. Ciento cincuenta niños de Burjassot se beneficiaron de esa ayuda.

            La organización cuáquera American Friends Service Committee era, quizá, la que más cantidad de alimentos aportaba a la ayuda humanitaria a España. Había llegado a un acuerdo con los dos gobiernos, el de los sublevados y el legítimo, para suministrar alimentos en los comedores infantiles, tanto los de Auxilio Social que dirigía Mercedes Sanz Bachiller, viuda de Onésimo Redondo, como los comedores o cantinas que Ayuda Suiza había instalado en Madrid aprovechando la estructura de escuelas y templos protestantes facilitada por la familia Fliedner. De ese modo, los colegios El Porvenir y La Esperanza, entre otros colegios e instituciones, habían sido acondicionados como los primeros comedores para embarazadas, ancianos y niños. Por ejemplo, en El Porvenir, habilitado gracias a la intervención directa de Indalecio Prieto, se repartían 1.600 raciones diarias, supervisadas por Ayuda Suiza y repartidas por el propio personal de dicho colegio.

Se necesitaban fuertes sumas de dinero para adquirir los productos y para fletar los barcos que llegaran cargados a España. Por ello, la asociación cuáquera, a través del Ministerio de Instrucción Pública español, canalizaba a Estados Unidos miles de dibujos, algunos incluso reflejando el periplo de los camiones de la Ayuda Suiza, pintados por los propios niños evacuados, pinturas que eran vendidas a un dólar la pieza y que estaban destinadas a remover la conciencia de los norteamericanos y recaudar, de ese modo, fondos destinados a las asociaciones que operaban en España. Mientras tanto, según expone la escritora Assumpta Montellà en su libro La Maternitat d’Elna, en Suiza se optaba por el sistema de apadrinamiento, mediante el cual, numerosas familias helvéticas apadrinaban un niño o niña e ingresaban una determinada cantidad mensual para su formación y sustento. Un sistema vigente hoy en día en muchas ONGs y que ahora sabemos que fue ideado por Rodolfo Olgiati, el autentico cerebro de toda la ayuda humanitaria que el pueblo suizo dio a España.

En diciembre de 1938, ante el enorme padecimiento de los habitantes de Madrid, cuyo abastecimiento rayaba en la tragedia, Elisabeth Eidenbenz marchó a la capital para integrarse en el grupo de Ayuda Suiza que controlaba con éxito los comedores de la población civil. Sin embargo, conforme pasaban los meses, las provisiones se agotaban y las posibilidades de suministrarse de las zonas mediterráneas también, al cortarse el eje de comunicación Madrid-Valencia. “Hasta febrero de 1939 estuve en Madrid para entregar vestidos y ropa a las personas que lo necesitaban. Ya no se podía comprar nada más en España y, sobre todo, en Madrid”, así termina su testimonio Elisabeth Eidenbenz, quien, tras la confiscación de los bienes de estas asociaciones benéficas, tuvo que cruzar al poco la frontera de los Pirineos, formando parte de aquel éxodo humano que había provocado el triunfo definitivo de los sublevados contra la República democrática. Y fue entonces cuando comenzó su nueva etapa en la maternidad de Elna. Desde entonces, ha dedicado toda su vida a obras de ayuda y solidaridad. Desde hace cinco años, sobre Elisabeth Eidenbenz se han publicado una decena de libros, emitido varios reportajes en diversas cadenas televisivas europeas, rodado una película, proyectado el rodaje de una serie televisiva, representado una obra de teatro, bautizados miles de niñas con el nombre de Elna, inaugurado varias exposiciones fotográficas, charlas y coloquios, se han bautizado calles con su nombre, y, próximamente, se publicará un libro sobre su figura, en la justa medida de su labor dentro del seno de la organización del Servicio Civil Internacional que tenía a su cargo la canalización de la ayuda humanitaria helvética a través de la “Ayuda Suiza a los Niños de España”.

Elisabeth Eidenbenz (1913-2011)


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5 Comentarios

  1. Mi madre Araceli Ontañón Lizarraga proveniente de Madrid fué a Alboraya, como Maestra Nacional que era, para hacerse cargo de niños madrileños. Estuvo durante los años que duró la Guerra Civil. Al finalizar la contienda se incorporó a Guadalmez (Ciudad Real) donde tenía su plaza docente

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    1. Gracias por su comentario anónimo, a pesar de darnos con detalle el nombre de su madre, usted no se identifica. El dato que facilita es interesante, pues su madre fue maestra con la República, así se entiende, y luego pudo, sin problemas como tuvieron la mayoría de los maestros, ser maestra durante la dictadura. Muy interesante, sin duda, también que fuese de las maestras que se ocuparon de los niños madrileños refugiados en Valencia. Suele conocerse a los "niños de Rusia" o los que se marcharon a México, pero nadie recuerda que hubo refugiados en la misma España.
      Saludos.

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    2. Muchas gracias por su testimonio. Saludos!

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  2. Mi abuela Araceli tuvo un juicio de guerra al volver a su pueblo como maestra en la dictadura pero salió indemne gracias a su gran carácter ya que dijo que ella solo había cuidado de niños y que eso no era participar en la guerra. Pudo volver a ejercer de docente pero nunca Le dieron la medalla de mérito del pueblo, ese fue su castigo.

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    1. Amaya, gracias por su testimonio. Su abuela era una gran mujer y tuvo fortuna, porque la represión fue tan cruel y arbitraria que se llegó a fusilamientos por el mero hecho de haberse mantenido fiel a la democracia de la República, sin intervenir en hechos bélicos o de sangre. Pues esa medalla su abuela la lleva de forma simbólica, porque más que ella no habría en el pueblo alguien merecedor de tenerla. Saludos!

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