Si yo fuera rico, yadi dadi dadi didu didu didu didu dum



Si yo fuera rico, decía la canción. Si yo fuera rico, me compraba un borrico; decían los que tradujeron y aclimataron la canción al territorio ibérico. La famosa pieza de la película musical “El violinista en el tejado”, de 1971 dirigida por Norman Jewison e interpretada por Topol (actor y cantante israelí). Si yo fuera rico, if I were a rich man, es una condicional con anhelo de ser presente perfecto. Desde que el hombre es hombre (gracias a la mujer, que es la alumbradora) se desea la propiedad, adquirir bienes y propiedades. La acumulación desmesurada de ellos/ellas y la posibilidad de seguir haciéndolo es lo que te hace rico. Y la riqueza, mire usted, atrae más riqueza… pero para el que ya es rico, no para el “si fuese”, mire usted.

Esta larga introducción me sirve para reflexionar sobre un hecho reciente: un español entra en el ranking de los más ricos del mundo. Se trata del gallego dedicado al textil, dueño de Inditex, Amancio Ortega. Se ha convertido este año en el 4º hombre más rico del mundo (cuando su país pasa por una de las más duras crisis económicas) y el 1º de Europa. Luego veo que Carlos Slim, el empresario mexicano, sigue líder en la clasificación mundial. Pienso, México, potencia muy emergente, con la cuestión de la desigualdad y la inseguridad social como “talón de Aquiles” todavía… España, potencia menguante, con la cuestión de defectos graves en su estructura empresarial, industrial y laboral… no sé por qué me traen a la mente estas comparaciones “malos pensamientos”…

La relación lógica entre país más rico del mundo y hombres más ricos del mundo no tiene por qué darse. En esa clasificación siempre están Bill Gates y Warren Buffett que son estadounidenses y que a duras penas mantienen su segundo y tercer puesto. Constantemente se ven “amenazados” por la irrupción de “nuevos ricos” provenientes de economías fuertes pero singulares. Chinos, rusos e hindúes son los que llegan a las puertas doradas del ranking de riqueza. Por eso llama la atención el paso firme y en progresión del español Ortega, que con sus 39.500 millones de dólares roza el tercer puesto del inversor Buffett, con algo más de 40.000 millones.

Las figuras de estos multimillonarios están ligadas al filantropismo. Así ocurre con el mexicano Slim (funda museos y dona cantidades millonarias) y con los norteamericanos Bill Gates y Warren Buffet, sobre todo este último que llegó a pedir a Obama que subiera los impuestos a los más ricos en el país del capitalismo puro y duro.

De Ortega su excesiva discreción en lo personal y público nos dificulta saber si realiza tareas de filántropo. Es posible que sí, pero no trasciende lo suficiente entre la sociedad española. Las razones éticas para ello parecen ser de la idea, “devolver a la sociedad parte de lo mucho que me ha dado”. A simple vista, sencillo.

La cuestión se complica cuando nos ponemos “realistas”. La economía globalizada hace millonarios sin sociedad a la que devolver lo mucho que les dio. Sus donaciones se quedan en “limosnas” para los más necesitados o en subvenciones culturales para prestigiarse. La verdadera devolución, en una economía global, se difumina, se reparte tanto y de forma limitada que no repercute de forma tangible en las sociedades donde viven esos multimillonarios. La deslocalización de sus empresas (llevarlas donde los costes laborales son más bajos) y la inversión de sus acciones y beneficios en mercados de garantía, serían muestra de ello.

El violinista en el tejado quería ser rico para dejar de trabajar, para aparentar riqueza y para ser considerado hombre de prestigio, más allá de sus actos. La letra de esta melodía es una joya de la condición humana. Su último párrafo da que pensar:

Si yo fuera rico

bidi bidi bidi rico.

Señor, Tú que creaste al león y al cordero.

Me sentenciaste a ser lo que soy.

¿Arruinaría algún plan eterno si fuera rico?

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